“Cuando las mujeres dirigen unidades, tienden a ser mucho más exigentes que los hombres, van al detalle y buscan las cosas buenas dentro de las malas”, refiere la alférez Leonela Cutiño Angulo, jefa de Cuadros de una unidad coheteril de costa. Foto: Pablo Pildaín
“Ser mujeres es una buena razón para estar siempre unidas, para darnos apoyo”, enfatiza la subteniente Yadira Meléndez García, primer oficial de aseguramiento ingeniero. Foto: Pablo Pildaín
La teniente de corbeta Yadira Baldoquín Campos, ingeniera Radioelectrónica en Servicios Radiotécnicos, confiesa que prepararse contra reloj para mandar a once oficiales con más experiencia y dispuestos a hacer valer su condición de hombres, fue lo más difícil cuando arribó a la unidad. Foto: Pablo Pildaín
“Un médico, siempre debe tener un poco de Psicología para tratar las diferentes aristas de las dificultades de oficiales y soldados”, plantea la teniente Yurima Sánchez Gálvez, jefa de Servicios Médicos de un regimiento de Artillería. Foto: Pablo Pildaín
Refiere la trabajadora civil Nuris Arrue Ramos, que lo más engorroso es “estar movilizada lejos de casa sin que el esposo comprenda tu responsabilidad, ni por qué laboras hasta tarde cuando los hijos están en casa”. Foto: Pablo Pildaín
“Creo que pocas mujeres dirigen unidades porque las que estudian carreras militares lo hacen en especialidades que, aparentemente, no necesitan esfuerzo físico”, explica la subteniente Yaneli Hernández Crespo. Foto: Pablo Pildaín
La trabajadora civil, Dionisia Regla Fernández Arteaga, instructora B de Cultura del club de sargentos y soldados de un regimiento de artillería, considera que se debe lograr un equilibrio en las nuevas generaciones, para que desde las casas las jóvenes se encaminen hacia carreras militares. Foto: Pablo Pildaín
Rosa de acero

Por capitán Sonia Regla Pérez Sosa / 16-09-2019

Rosa es militar. Y el día a día no ha podido quitarle a sus ojos el brillo multicolor de los sueños iniciales y la sonrisa optimista por las tareas pendientes. A estas alturas de la vida, los problemas inteligentemente ladeados no lo lograrán.

A pesar del tiempo dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, todavía no tiene la receta exacta para recomendarlas y mucho menos para medirse dentro de la institución. Eso sí, Rosa ha formulado varias veces su vida y aún mantiene en sangre la paciencia y el sacrificio. Familia y puesto laboral a veces antagonizan, pero el empeño para evitarlo sobrepasa límites y lo logra, “inversamente a lo que se crea”.

Mirar los espejos amigos, la ha conducido en su “línea” de vida y la muestra como reflejo. De Rubí, una amiga radiotécnica, aprendió con no pocas lágrimas la extensión de las 24 horas más allá del tiempo real y los horizontes claro-oscuros; de la fuerza brindada por una promesa paternal y del valor del respeto.

Vivió junto a la teniente de corbeta Yadira, la emoción de entregar a su mamá los estudios militares anhelados por ambas -en distintas etapas- y negados por el incomprensible machismo del abuelo. A eso sumó descubrir la importancia de sentirse “marinera sin mar” cuando graduada de la Academia Naval, la ubicaron en una unidad terrestre.

Rosa espera ver algún día un monumento a las militares donde se refleje cómo sobrepasan el límite de las probabilidades concedidas por los hombres, para que su trabajo no sea en vano. Comparte su ilusión con una subteniente técnico mecánica en máquinas ingenieras, “única terrestre de su promoción en una unidad coheteril de costa” y con una alférez, también marinera de tierra, especialista en armamento naval y jefa de Cuadros.

Ya lo tienen diseñado, “está aquí en mente, solo faltan los interesados, el lugar, los materiales, el artista, el apoyo, es decir… casi nada”.
Ayudan los muchos argumentos positivos sobre las mujeres militares, sus éxitos laborales, personales, sentimentales, morales, ganados con sudor. “Tras cada gota varonil hay dos o tres nuestras, y no precisamente por ser el sexo débil”, sentencia, mientras se incorpora en el asiento y pierde la mirada en los recuerdos.

Sobre Rosa caen problemas similares a los de otras mujeres. Tiene palabras inseparables en el vocabulario reformado, como ella, con el Período Especial. Tiempo y quehaceres bautizados “inversamente proporcionales”. Actitudes audaces ante medidas contrarias a lo que reglamentos y disposiciones esperan de las ejecutantes.

Desde su puesto, muestra la tolerancia como una gran virtud. Sus sentimientos defienden una sociedad inaugurada bajo el precepto de la igualdad: entre jefe y subordinado, entre el intelectual mayor y el soldado más modesto.

Diariamente aprieta la faja y traga en seco como hija legítima de Cuba. Coincide con lo que una y otra vez repite su amiga Nuris: “a veces nos vamos, regresamos de noche y la vida social tenemos que relegarla un poco, pero esto no implica restarle interés o intensidad”. Como nadie, esta militar recarga las pilas en casa, lugar responsable del ánimo constante celebrado por todos.

Confiesa su vecina Dionisia que su unidad “debe estar muy orgullosa de tenerla, porque si no le faltaría al hombre esa revolución pequeña dentro de la Revolución grande”.

En el barrio, es amiga y ejemplo. Hombres y mujeres añoran que los hijos compartan junto a ella su pasión verde olivo. Ese que la compromete a privilegiar la organización, la estabilidad familiar y laboral y a estar siempre arreglada y presentable, sin importar los sacrificios y condiciones de la especialidad.

Rosa hace honor a su nombre y muestra un inusual calor en la mirada. Aunque no puede vivir sin el azul, viste casi siempre el verde, “de mujer triunfadora, sacrificada, capaz, retadora, esforzada”, como dice la subteniente Yaneli. Tampoco oculta las arrugas discretas de las preocupaciones y los años. Por ello, asegura, no necesita la cáscara del maquillaje artificial.

Muestra a los hijos: “a imagen y semejanza”, bajo la mirada amorosa y la alegría segura de su protección. “Son buenos, aunque un poco malditos: pues de vez en cuando se desordenan”.

“Conmigo nada es fácil, me conozco bien,” confiesa mientras brinda café. Su fogón, cómplice de los malabares para hacer mucho, casi de la nada, sin provocar errores lamentables al paladar, convierte recetas culinarias de inventiva colectiva en sello innovador.

Desde que hacía vida unidad, sus puertas son íntimas amigas de sagradas jabas de nailon: para llevar y traer, para ganar y perder, para compartir.

El apego a la sinceridad, han afianzado la confianza y la razón de sus terquedades certeras. Estremecimiento y satisfacción indescriptible siente cuando, por razones de oficio, comparte auditorio con cada vez más féminas.

Como la médica militar Yurima, armoniza su pálpito en lo más profundo y centra el sentimiento en descubrir el sentido de la superación. Sentirse necesitada ha servido para ampliar y perfeccionar conocimientos. “Y esto, sin feminismos, te hace sentir bien, con los mismos derechos. A pesar de la especialización que pidamos, nunca debe considerarse suficiente”.

A veces se agobia por los sueños postergados, pero no se deja vencer. Cada mañana y tarde, en casa o trabajo, recorre lo que faltó y reta al día siguiente. Es orgullosa y sonríe. Eso es suficiente. Rosa es militar… y para ella eso es casi todo.

Enlaces directos