La mirada sagaz I parte

Por capitán Boris E. González Abreut / 04-07-2019

Su verdadera vocación era la Medicina —pensaba ella—, y dentro de esta la Cirugía, porque siempre le llamó la atención saber qué tenemos por dentro; eso lo descubrió más tarde y no precisamente con un bisturí en la mano sino, mediante las palabras. Palabras que aprendió a leer sola a los tres o cuatro años. Los padres recibían la prensa en la casa. Recuerda un periódico llamado Mundial. Ellos le preguntaban, ¿qué letra es esta?, y la niña respondía m, u, n… como notas musicales que crean compases, hasta formar la palabra. Después leería libros de Anatomía por placer.

Pero esa carrera resultaba larga y Marta era muy impaciente —su comportamiento indicaría que todavía lo es.

En la radio escuchó que en La Habana había una escuela de Periodismo, Manuel Márquez Sterling. Allá fue con solo el primer año de bachillerato vencido. Hizo un examen, como una de las vías para ingresar, y aprobó.

La impaciencia, unida a su firme temperamento, la volvería a empujar a la toma de una decisión que le marcaría la vida. “¡Entonces hagamos el reportaje de los tiros!”, le dijo a Panchito Cano aquel amanecer del domingo 26 de julio de 1953. Ante la curiosidad salió a averiguar qué sucedía con el experimentado fotógrafo, quien le había propuesto cincuenta pesos por escribir una crónica sobre los carnavales santiagueros para la revista Bohemia. Ella confundió esos disparos con los fuegos artificiales propios de la fiesta. Algunas personas les dirían que los guardias de la tiranía de Fulgencio Batista se estaban enfrentando entre ellos. Luego sabrían que la segunda fortaleza militar de Cuba había sido asaltada por jóvenes revolucionarios vestidos con el uniforme de los batistianos para confundirlos.

Testigo excepcional

Sentados en la escalera del tercer piso de un edificio del Vedado, un periodista y una fotógrafa esperan a Marta Rojas. Tocaron a la puerta de su apartamento y se abrió la de la vecina más cercana. Les informó que no estaba. Aunque vive en la ciudad se levanta temprano como las personas del campo con el primer canto del gallo, en su caso, con el sonido del claxon de un automóvil o el carraspeo del motor.

Escribe hasta las ocho, antes que empiece a sonar el teléfono, y continúa en cualquier otro horario. Ese día, 9 de enero de 2016, ventiló un asunto en una oficina de Etecsa* debido a la rotura de su aparato; otro en el diario Granma, donde trabaja desde la fundación en 1965, al desintegrarse el periódico Revolución, del cual formó plantilla. Cerca de las once de la mañana, el elevador se detuvo y, cuando el reportero fue a ver quién se bajaba, Marta casi cerraba la puerta de la casa.

—Buenos días. Somos… de Verde Olivo.

Por menos de un segundo su expresión les hizo pensar que la visita la había tomado por sorpresa. Pero aún es ágil con los pies y la mente.

—¡Ah! Sí. Pasen. Ustedes saben como es la vida del periodista.

Pocos profesionales de la prensa tienen la suerte de vivir, recién graduados, un suceso que constituya la gran experiencia y le permita escribir la obra jamás imaginada. Marta Rojas fue testigo excepcional del juicio realizado a los asaltantes de los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes y, como diría Alejo Carpentier en el prólogo de una de las ediciones del libro publicado sobre el hecho, también su cronista.

Desde pequeña, lo observa todo. Gracias a su mirada sagaz, según la calificaría el propio Carpentier, se recogió para las páginas de la historia de Cuba lo sucedido, el 21 de septiembre de 1953 hasta el 16 de octubre de ese año, con la precisión que hubiera empleado en un salón de operaciones si hubiese sido cirujana:

“A todos los condujeron esposados a la Sala de Justicia. El ruido metálico que sobresaltó al público había sido producido
por las cadenas cromadas que aprisionaban cien muñecas.

Fidel hizo un alto para tratar de hablarle al tribunal, y los guardias, en actitud de zafarrancho de combate, rastrillaron sus armas. Había 200 de ellos dentro de la Sala…”.

—La primera vez que entré al cuartel y vi el crimen cometido con aquellos jóvenes me solidaricé con su causa. Panchito me mandó para La Habana a ver a Miguel Ángel Quevedo, director y propietario de la revista Bohemia, con la intención de publicar un artículo y las fotos tomadas por él. Al final salieron las imágenes con una nota oficial del ejército.

“Vuelvo para Santiago de Cuba. Entrevisto a quienes serían el fiscal y el presidente del tribunal del juicio con el objetivo de conocer como se haría.Ellos, que habían jurado los estatutos constitucionales, me dieron datos técnicos, cantidad de abogados, implicados, pruebas, las cuales escribiría en un trabajo para Bohemia”. Uno de los magistrados le preguntó si quería presenciar el proceso penal y, como le dijeron que sería el más importante de la historia del país, respondió afirmativamente. Pusieron su nombre, y entre paréntesis el de la revista, al final de la lista de un aproximado de veinticinco reporteros. De manera oficial, Marta no pertenecía a ningún medio.

—Asistí al juicio con el ánimo de hacer un buen reportaje.

Al existir censura el resto de los periodistas apenas tomaban notas. Cogía las hojas y las doblaba de forma que pudiera esconderlas en el sostén en caso de que los guardias recogieran las libretas… Cuando llegaba a la casa me sentaba a redactar lo presenciado como si fuera a publicarlo el siguiente día.

A ella no le basta con decirlo. Se levanta del sillón y va hacia el cuarto de estudio. El periodista y la fotógrafa la siguen. Allí les muestra más de doscientas hojas amarillas con los bordes raídos. Las primeras poseen tachaduras hechas por un censor. Son las originales del libro El juicio del Moncada —en las primeras ediciones salió con otros títulos— que una vez terminado el suceso las llevó a la citada revista. La censura existente y extensión de las mismas impidieron su divulgación.

En la habitación están colgados en una pared los únicos diplomas que ella muestra: uno firmado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, el 17 de mayo de 2013, felicitándola por sus 85 años; y el otro con la rúbrica del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, reconociéndola como Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba.

Nota:

* Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.

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