Fotógrafo de verde olivo

Por capitán Sonia Regla Pérez Sosa / 22-04-2019

Cuando Ramón García Martínez comenzó a hacer fotos, ya había formado parte de la lucha clandestina en la ciudad de Santa Clara, integraba la Policía militar y había disparado una “cuatro bocas” en la base aérea de San Antonio de los Baños, durante el ataque mercenario previo al desembarco por Playa Girón.

Él vivía a unos cincuenta metros del lugar donde el comandante Ernesto Guevara de la Serna, Che, descarriló el tren blindado, y no quería perderse las transformaciones que realizaba la Revolución. Verlas desde adentro lo motivó a incorporarse al cuerpo armado que cuidaba los puntos estratégicos de la nueva Cuba.

Integrar el Movimiento 26 de Julio en La Habana le permitió liberar algunas estaciones de Policía del Quinto Distrito en los primeros días de enero de 1959 y posteriormente ubicarse en la Base aérea de Ciudad Libertad.

“Allí trabajé en la protección y seguridad del enorme campamento hasta septiembre del propio año, cuando, junto a otros treinta y un compañeros fui trasladado hacia San Antonio de los Baños, donde había indicios de conspiraciones y sabotajes. Por ello, al llegar, desarmamos a gran parte de los miembros de la fuerza aérea que ocupaban el lugar”, aseguró Ramón.

Según cuenta, en esa zona conoció la posibilidad de una agresión norteamericana y no dudó en solicitar su inclusión en el curso de artillero que se impartía en la unidad, para conformar su Defensa Antiaérea. A partir de entonces fue designado jefe de pieza y responsable de cuatro compañeros.

Meses después, ni sus veinte años fueron impedimento para responder desde su “cuatro bocas” a aquellos que querían destruir las pocas naves aéreas con que contaba la nación. “Era la madrugada del 15 de abril de 1961 cuando vimos aviones volando bajo con la insignia cubana, y tras su descarga inesperada, nuestro ta-ta-ta-ta-ta de respuesta.

“Esos fueron días difíciles y tristes, pues durante el ataque mercenario observamos despegar a algunos compañeros que no regresaron nunca más. Sobre ellos realicé mi primer trabajo para la revista 17 de Abril de la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea Revolucionaria (Daafar). Sin ser redactor compilé sus datos y realicé sus biografías”, continuó.

Mas su cercanía a la sección política de la base le permitió no solo saberse responsable de cultura, sino aprender sobre fotografía aérea. “Allí había un experto piloto de aviones caza y de transporte llamado Juan Moreno, quien era diestro en este tipo de instantáneas y me convidó a incorporarme a un curso sobre esta temática.

“Entonces, comencé a estudiar en los altos de la jefatura, donde se encontraban los laboratorios que utilizaban los pilotos para revelar las imágenes captadas desde sus naves. Ahí nos enseñaron las partes y componentes de la cámara, su limpieza, la importancia de los ángulos, las luces, los telefotos… Es decir, aprendí los principios básicos de la Fotografía, pero me incliné más por la que se hace en tierra.

“Desde ese momento colaboré sistemáticamente con la revista de la Daafar y para ello conté con cámaras de 35 mm soviéticas, primero una Kiev, luego una Zenit y, por último, una Sport o Leningrado”, rememoró Ramón.

El primer gran trabajo lo realizó durante la Crisis de Octubre, cuando dejó su emplazamiento como jefe de sector de Artillería calibre 50, para recorrer todas las bases aéreas del país con el fin de publicar fotorreportajes que reflejaran la preparación de los cubanos durante esos días de gran tensión mundial.

“Cuando regresamos tuvimos que revelar en los laboratorios de Verde Olivo, y al ver mis instantáneas el director de esta revista, Luis Pavón, me ofreció trabajo. Por supuesto que no lo dudé, ese era uno de los medios más seguidos en Cuba”, recalcó.

Cuenta que comenzó en la publicación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) sin tener estudios académicos de Fotografía, pero poseía cierta práctica y habilidad para encontrar buenos ángulos, revelar los rollos, imprimir… y ante cualquier duda, se apoyaba en Sergio Canales y Perfecto Romero “que eran los mejores fotógrafos que había allí”, puntualizó emocionado.

¿Cómo conoció los trucos de la fotografía de prensa?

—Con la misma práctica. Así aprendí sobre la importancia de cambiar el rollo con rapidez y eficacia, sin perder la escena, ni el hilo de la acción. Eso debíamos realizarlo en los desfiles en la Plaza de la Revolución, en una comparecencia de Fidel, en los juegos deportivos…, es decir, en cualquier momento o lugar.

“Asimismo supe, que una buena foto depende mucho del fotógrafo, quien debe adiestrarse y corregirse, para que sus imágenes muestren sentimientos, ambientes, épocas, sociedades, en fin, que convenzan y reflejen la realidad”.

Con nostalgia recuerda Ramón su tránsito por Verde Olivo. Una época donde utilizó fundamentalmente películas de 35 mm, para mostrar al país en imágenes en blanco y negro.

Por lo general, era de los primeros en llegar a cualquier evento o sitio tras la noticia. “Hacíamos un periodismo de acción, de aventura, que solo nos dejaba tiempo para, tras cada cobertura, revelar el rollo, escoger las mejores imágenes junto al redactor, imprimirlas y volver al terreno”.

¿Cómo llegó la necesidad de ser fotorreportero?

—Años después de haber comenzado en Verde Olivo, empecé a redactar textos que entregaba con las fotografías y así salieron mis primeros fotorreportajes.

“La experiencia me sirvió para que poco a poco me mandaran a cubrir actos sencillos en los que tomaba notas, redactaba; pero sobre todo, fue el resultado de la confianza que depositó la dirección de la revista en mí y en los demás fotógrafos.

“Cursé un curso de Periodismo en la escuela Ñico López. Corrían ya los últimos años de la década del sesenta. Ahí nos daban Taquigrafía, Redacción, Gramática, Filosofía, Economía…”.

Evoca Ramón que a partir de ahí tuvo una visión más centrada, objetiva y completa al tratar los temas. Comenzó a incursionar en una mayor cantidad de géneros periodísticos, sobre todo reportajes relacionados con la preparación combativa. “Dicen que las mejores fotografías se hacen en condiciones extremas y ahí debíamos estar…”, especificó.

“Traté de no tomar imágenes llanas, sino que busqué combatientes realizando tareas comunes: comiendo sin abandonar sus medios de combate, abrigados para dormir, haciendo guardias…. Siempre estuve junto a ellos, pues debe vivirse el reportaje en carne propia y buscar la vida latente. Por ello considero que el ABC del fotógrafo es vincularse con el objetivo a captar.

“Comencé a incursionar también en temas deportivos, tal vez para recordar mis días juveniles cuando fui pelotero y boxeador. A partir de entonces cubrí Espartaquiadas, Juegos Panamericanos, Centroamericanos, así como eventos nacionales y extranjeros, de las FAR o no. Por mi desempeño llegué a ser el jefe de la página deportiva de Verde Olivo, posteriormente, del periódico Bastión por cinco años”.

Al preguntarle si dejó alguna vez en este período de hacer fotos por sus responsabilidades, su respuesta fue directa: “Siempre tuve la cámara conmigo, en esos momentos ya utilizaba una Nikon y lo mismo de día que de noche, cubría los eventos”.

¿Cómo se puede captar una buena fotografía?

—Como dice Korda, eso es inesperado, porque debes atrapar tu intención en un momento preciso. A veces uno se pone a buscar el ángulo y la mejor expresión de la persona que estás retratando hasta que lo logras, pero no siempre contamos con ese tiempo.

“Por ello creo que depende de la oportunidad y de aprovechar el instante, porque en el segundo que se aprieta el disparador, puede cambiar el elemento llamativo”.

¿Cuál puede ser el mayor valor de una instantánea?

—Que exprese todo el contenido que tú quieres, que contenga un momento, dé el mensaje directo en cuanto se vea y permita hacer comprender, pensar, en fin, que valga más que mil palabras.

Por lo tanto, cada imagen guarda una historia, una época, un instante de la vida de alguien o el desarrollo de algo ¿Qué valor tiene poder archivar o resguardar estos documentos?

—Nosotros tuvimos siempre la costumbre de hacer unos sobres alargados y estrechos para proteger los negativos. Por delante le poníamos la fecha, el lugar, el fotógrafo, el tema y lo guardábamos. Lo mismo hacíamos con las fotografías. Esto tiene una trascendencia vital porque archivábamos la historia.

Hace ya veinte años Ramón dejó su cámara, mas confiesa que no ha dejado nunca de extrañarla, pues con su ayuda hacía arte. Al manipularla creativamente era capaz de captar y trasmitir ideas, conceptos, teniendo en cuenta un punto de vista estético, determinados ángulos, luces…

Manifiesta continuar creyendo en la eficacia del sistema fotográfico manual, el cual considera más íntimo y cercano a su creador, en su caso, cómplice de cada logro de la Revolución.

Enlaces directos