Añoranzas por un vuelo de salvamento

Texto y fotos: Sonia Regla Pérez Sosa / 03-12-2018

Antes de que olvide los detalles, escribiré sobre el reencuentro en una sala de la Casa Victor Hugo, en la Habana Vieja, de los tripulantes de helicópteros que en 1963 desafiaron las fuerzas del ciclón Flora.

Lo hago algunos días después de haberse cumplido cincuenta y cinco años de aquella catástrofe, no en su conmemoración, sino porque fue la fecha escogida por estos héroes para evocar los días en que sus medios fueron utilizados para salvarle la vida a miles de personas en la entonces provincia de Oriente, pues en estos territorios inundados, el agua achocolatada que lo cubría todo hacía pensar que el Mar Caribe se había unido al océano Atlántico.

Aquí describiré lo aprendido en este recinto, a partir de los sentimientos que afloraron cuando se encontraron pilotos, copilotos, mecánicos, técnicos de vuelo…, y narraron sus vivencias acerca de lo acontecido en esos momentos, en dependencia de las misiones y el área que le asignaron recorrer.

En esta ocasión, no hubo formación en escuadrillas, sino un panel desde donde el general de brigada (r) Vicente Gómez, Toto; los coroneles (r) Roberto Letucé y Orlando Calvo, y los tenientes coroneles (r) Francisco Pita y Pedro A. Hernández, contaron algunas experiencias, completadas con los recuerdos compartidos desde el auditorio.

Así aparecieron en la sala los nubarrones y aguaceros que obligaron a los jóvenes pilotos a volar por instrumento desde San Antonio de los Baños hasta Cienfuegos, Santa Clara y posteriormente Bayamo, pues el mal tiempo eliminaba toda visibilidad. Tras sus descripciones sobre la llegada a los territorios, nosotros también dudabamos si se transitaba por mar o tierra, pues todo era agua.

Entonces, junto a ellos recibimos las órdenes de no dejar a nadie abandonado y nos desplazamos por la cuenca que se extiende desde el nacimiento del río Contramaestre hasta la desembocadura del Cauto y sentimos incertidumbre al acercarnos en sus naves a aquellas endebles copas de los árboles o casas, desde donde las familias pedían auxilio.

Así, los relatos hicieron aparecer imágenes desoladas de madres que antepusieron la vida de sus hijos a las suyas y los resguardaron en lugares inimaginables, de rostros que nunca olvidarán, de pérdidas de familias enteras, y sobre todo, de los cambios de semblante ante la aparición de: “la gente de Fidel”.

En ese momento no tuve el valor para interrumpirlos, pero hoy que rememoro este encuentro, pido la palabra para reconocer el trabajo de esos seres insólitos, capaces de rasgar las tinieblas de un manotazo.

Insisto en resaltar su voluntad insurgente por rescatar a quienes la esperanza se les perdía en esas aguas turbulentas que les llevaron lo poco material que poseían y por si fuera poco, les quitaba a sus seres queridos.

Ellos, que durante muchas horas enfrentaron las fuerzas de la Naturaleza y velaron por salvar vidas al rescatarlas inmediatamente o entregarles suministros. Así apostaban por las causas más justas.

Desearía recordarles, sobre todo, la emoción de las personas de esa región de Cuba ante su llegada y el regocijo por rescatarlos. Tal vez por ello frente a cada recuerdo organizaban sus pensamientos, verificaban cifras, evocaban amigos, pues ningún comentario o sugerencia pasaban inadvertidos. Ellos fueron formados por la visión previsora de la Revolución.

En aquellos días no hubo descanso, ni para los motores, ni para los hombres. Desde las cinco de la madrugada hasta que la noche impedía la visibilidad. Los helicópteros descendían bajo la inclemencia del tiempo en busca de combustible y los técnicos los alimentaban sin dejar de escuchar el ruido motriz, que sonaba en el oído como aliento de vida. Después, una revisión y ¡a socorrer!

Desde el 7 de octubre de 1963, aceptaron sin dudar el reto de ayudar, bajo las órdenes del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, ese que estuvo siempre a su lado.

Ellos fueron soplos buenos del Ejército Rebelde, desconocedores hasta hacía un tiempo relativamente corto, de las complicaciones, ventajas y sorpresas que guarda la difícil ciencia de la Aeronáutica, más con su trabajo titánico, mostraron un formidable dominio y pericia técnica, al ser capaces de sobresalir por sus arrestos y al mismo tiempo, brindar cordialidad.

Desde entonces, la Fuerza Aérea Revolucionaria los pone como ejemplo a los nuevos integrantes, y las personas que redacta versos con la mejor caligrafía del alma, los inserta en sus trabajos.

¡Disfruto tanto comentarles la dicha que tuvimos al conocerlos, nosotros, los asistentes al intercambio! Así sabrán que en la sala no paraba de abrirse y cerrarse la puerta porque todos queríamos identificarlos, pues las horas de vuelo y la cantidad de acciones realizadas, no se comparan con la felicidad de oírlos y aprenderlos.

No sé, “daafareños”, cómo mantienen la confianza con la que despegaron aquel octubre. Tal vez por su seguridad ante lo indeterminado o la preocupación constante por la vida de los pobladores de aquellas zonas, que eran las de algunos de ustedes también. Y busco entre los ascendientes de mis amistades a estos damnificados, esos que seguían el sonido de sus aparatos y sus indicaciones al aterrizar en pantanos, techos y estrechos islotes.

En ustedes había conocimientos de academias militares y de vida, que se compartieron con sus compañeros de escuadrilla mediante los medios de comunicación; o a viva voz, con la tripulación que se acompañaba siempre, sintiéndose comprendidos y comprometidos.

¡Qué manera de aprender, enseñar y salvar tanto en tan poco tiempo!, de asegurar siempre la mano al apretar las palancas de vuelo y extenderla para ayudar a subir a su aeronave, de hacer enormes piruetas con el fin de alcanzar a algún necesitado o ejecutar vuelos estáticos increíblemente bajos, para que todos alcanzaran el tren de aterrizaje o la barriga de la máquina auxiliadora.

En cada recorrido conocían la grandeza del proceso revolucionario que había triunfado hacía poco más de cuatro años y hacía realidad la prédica del Maestro: “Con todos y para el bien de todos”. Cuba era amenazada y ustedes luchaban junto a ella.

Algún día se los diré personalmente, pero ahora recordaré las lágrimas emocionadas de esos héroes anónimos que les devolvieron la vida y las ilusiones a miles de campesinos, cuando estas se alejaban flotando junto a los cuerpos de sus seres queridos. Por su humildad y valentía, les agradezco.

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