El yate Granma en eterna disposición combativa

Por Bega / 30-11-2018

Momentos donde se pone a prueba el ingenio de los hombres están presentes en el Museo de la Revolución. Uno de ellos lo refleja la sala exterior Memorial Granma.

Luego de recibir una reparación el yate Granma, surge la necesidad de buscar dónde colocarlo. Inicialmente se pensó en una muestra transitoria; pero resultó más complejo de lo esperado porque lo supuestamente efímero se determinó convertirlo en una sala de exposición permanente.

Entonces el ministro de las FAR general de ejército Raúl Castro Ruz, hoy primer secretario del Partido Comunista de Cuba convocó un concurso, en el que obtuvo el premio la propuesta del arquitecto Eduardo Lozada. Donde estaba el denominado parque Zayas germinó una sala llena de simbolismos.

Entre la vegetación una estructura, conformada por columnas y cubierta de metal –simulan palmas cubanas y estas al hombre–, protege el yate el cual se convirtió en una bandera de combate de la Revolución.

Los hexágonos del techo están divididos en su parte superior en triángulos, donde colocaron piezas de hormigón. Su crecimiento orgánico posibilita ver desde afuera los elementos de adentro.

Para situarlo en una eterna disposición combativa, pusieron la línea de flotación a ras con un falso piso como si estuviera sumergido en el mar. Desde una pasarela el público aprecia el reducido espacio para ochenta y dos expedicionarios.

Dentro de una urna climatizada perdura. Lograr este recipiente de gran tamaño fue un desafío. Era necesario una solución cerrada, pero que a la vez permitiera la visibilidad de su interior. En una revista extranjera el arquitecto halló la respuesta.

Los cristales que facilitaban percibir desde cualquier ángulo sin soportes intermedios, existían en tres países: Estados Unidos, Inglaterra y Japón. Los dos primeros se descartaron al instante, quedaban los japoneses, quienes nunca habían hecho una urna de esa magnitud.

De una estructura metálica están suspendidos los cristales, no apoyan en el suelo, porque por su propio peso podrían explotar, idea de los japoneses.

La estructura se calculó milímetro a milímetro, el cristal no podía deformarse más de tres milímetros. El ingeniero Rafael González colaboró inmensamente en este sentido. Todo fue pensado, hasta los árboles contribuyen a la protección.

Trasladar el yate resultó un acontecimiento. Colocarlo debía hacerse con maestría, solo en ambos extremos de la urna quedaba una separación de quince centímetros. Al timón de la rastra especial estaban dos jóvenes que trasladaban lanchas torpederas. Se escogieron estos muchachos por la cercana similitud de las embarcaciones.

Bien difícil sería la maniobra, el vehículo debía entrar de marcha atrás y situarlo en el mismo centro. Mientras ocurría, una concentración de pueblo miraba en silencio el suceso. Fue apoteósico, increíble, había miles de personas. Usaron técnicas, ubicaron un punto en el edificio y emplearon una mira telescópica, si el punto se salía del centro, frenaban y corregían el error.

Ocurrió en 1976. Se inauguró al conmemorarse el aniversario XX del desembarco del Granma. Esta pieza constituye la más importante del museo por cuanto significa. Tiene una con-servación permanente para las futuras generaciones.

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