El niño que fue

Por Irene Izquierdo / 17-10-2018

Este 2018 cumpliría 86 años, y pienso que sería igualmente jovial, bondadoso, discreto y patriota como lo fue de pequeño, porque esos valores no nacieron por azar: se inculcaron en un seno familiar humilde y honrado. Luego, las vivencias de su tiempo, junto con las experiencias de la lucha revolucionaria, al lado de Fidel, el Che, Raúl y muchos otros combatientes, fueron la simiente del Héroe conquistador del Olimpo.

El sábado 6 de febrero de 1932, cuando el tercer bebé de Emilia Gorriarán Zaballa y Ramón Cienfuegos y Flores dio la primera señal de vida con su llanto, parecía transmitir un mensaje: “Voy a amar al prójimo, a ser feliz y nada ni nadie marchitará jamás mi sonrisa de cubano”.

Pero, en el momento de nacer Camilo, la situación en Cuba era extremadamente compleja. La familia vivía entonces en la calle Pocito no. 71, en Lawton, perteneciente a la barriada de Jesús del Monte, en La Habana. Desde 1929 la incidencia de la crisis económica internacional y el deterioro interno de la Isla, hacían que las protestas y huelgas crecieran, y con ellas, las atrocidades de la dictadura del “Asno con garras”, como definiera Rubén Martínez Villena al presidente Gerardo Machado, durante un enfrentamiento verbal.

De los años de su segundo mandato presidencial —el cual no terminó, porque en agosto de 1933 tuvo que huir—, fue precisamente 1932 el más complejo. Se redujo considerablemente el precio de la zafra —del azúcar producido en su conjunto—; creció el desempleo y los salarios, ínfimos tradicionalmente, bajaron a menos de la mitad. Fue un período de la historia de Cuba que muchos consideraban de ruina total.

En su libro Camilo, Señor de la Vanguardia, el general de brigada William Gálvez expresa:

“Camilo […] pertenecía a una familia humilde y conoció las vicisitudes de la escasez propia de la época. Por ejemplo, tenían que mudarse muy a menudo, por no contar con dinero para pagar el alquiler de la vivienda. Sus padres, españoles de ideas progresistas, trabajadores sencillos, le inculcaron desde niño el espíritu patriótico, el amor al trabajo y al estudio, el respeto a los demás, la honestidad y la inconformidad ante cualquier injusticia”.1

Un niño muy activo

Los abuelos de antes siempre decían que los momentos difíciles unen a la familia. Y la familia de Camilo era muy unida. Con el ejemplo de los padres, que los criaron con rigor, sus hermanos y él aprendieron qué era respetar a los demás, pero también, el valor de amarlos, de ser solidarios. Por eso, Camilo salía con Emilia y Ramón a hacer colectas para enviar a los participantes en la guerra de España. Al propio tiempo, ahorraba los pocos centavos que le podía dar su papá para luego donarlos y contribuir con el Hogar del Niño Español, donde acogían a un grupo de pequeños que habían perdido a sus padres en la confrontación bélica en su país.

Pese a la dura realidad que lo rodeaba, siempre estaba alegre y hacía sus travesuras, como la contada por la propia madre relacionadas con la vez que los demandaron por no pagar el alquiler en la casa donde vivían en la calle O´Reilly, La Habana Vieja y volvieron para Lawton, pero en una nueva dirección. Otra fue la noche que desapareció y puso en tensión a todos por un buen tiempo, hasta que abrieron la pequeña puerta en una esquina de la casa, y allí estaba riéndose mucho por el susto que había hecho pasar a la familia.

Siempre se distinguió por la buena comunicación con los padres, la disciplina en los estudios y el respeto a los demás, aunque trascendió como un gran bromista, pero, sobre todo, discreto—desde muy pequeño—, buen lector y excelente bailador, algo que aprendió de su mamá.

Un testimonio ofrecido por Ramón al periodista ya fallecido, Guillermo Cabrera para el libro Camilo Cienfuegos, el hombre de las mil anécdotas, destaca: “Reconozco que alguna vez fui injusto. Por ejemplo, el día que me comunicaron que Camilo había mordido a una conserje de kindergarten. Lo llamé, le expliqué lo que pasaba. Él no dijo ni esta boca es mía. Un mes lo tuve de penitencia. Después supe, accidentalmente, que no había sido él sino un compañero al que quería mucho. Pero aguantó el castigo: yo, que sentía lástima, cuando hizo dos o tres trastadas, le decía que se las perdonaba a cuenta del castigo que cumplió sin haberlo merecido”.

Otra anécdota, también contada por el padre, se produjo en ocasión de afectar a Cuba el ciclón de 1944. Él estaba loco por “matar” la curiosidad al ignorar cuántos daños son capaces de ocasionar. La ansiedad no le permitía escuchar a quienes le alertaban acerca de lo peligrosos que resultan.“Les tumban las casas a las personas y causan grandes afectaciones”, le decía el papá, pero no pudo convencerlo. Así que no durmió en toda la noche. Al amanecer, cuando vio derrumbada la casa de un amiguito a quien quería mucho, se entristeció tanto, que prometió no volver a alegrarse por la llegada de un meteoro .

Como los de su edad

Amaba los deportes, en especial, la pelota —logró ser uno de los mejores del equipo de su escuela—, la natación y montar bicicleta. Como muchos de sus amiguitos era humilde…, pero sobresalía por un valor a toda prueba. Lo heredó del padre que siempre lo instaba a no correr cuando viera un problema, por aquello de que quien no la debe, no la teme. Ese valor lo hizo pagar las culpas por actos de los cuales no fue responsable, pero no delataba a sus amiguitos.

José Antonio Rabaza Vázquez, Tato, el amigo entrañable, también ha dado diversos testimonios: “Yo recuerdo siempre una anécdota muy interesante de Camilo: Yo sabía nadar algo, nada más. Él y yo estábamos en el río e hicimos una competencia; queríamos ver quién se sostenía más tiempo debajo del agua. Los dos nos hundimos y yo salí y me escondí detrás de una mata. Cuando después de aguantar todo lo que podía, salió, por supuesto que no me vio, ni me vio a los minutos siguientes. Entonces armó un gran escándalo, llamándome: ¡Tato, Tato! Pensaba que me había ahogado y me había perdido. En realidad aquello me conmovió un poco. Me dio tristeza haber hecho semejante broma. […]”.2

Su esencia

Al ocurrir la trágica desaparición del joven del sombrero alón, en una comparencia televisiva, Fidel dijo: “Camilo era un hombre humilde, hijo de una familia humilde, de un trabajador humilde, y era a su vez, un trabajador: era sastre. […]”.

La situación familiar lo llevó a laborar para ayudar a la familia. Atrás quedó la niñez; ya enfrentaba responsabilidades de adultos. La mente infantil puede ser pródiga en fantasías, por más adversas que resulten las circunstancias. Camilo debe haber tenido miles, pero su historia las rebasó. Porque lo hizo llegar más allá de lo que alguien puede soñar.

Como él mismo dijera en una entrevista, comenzó el bachillerato, estudió un poco de pintura, pero no se graduó de nada. Sin embargo, su historia y su vida fueron las encargadas de graduarlo con el más alto título al que hombre alguno puede aspirar: el de eterno Héroe de la Patria.

Referencias:

1 Gálvez, William. Camilo, Señor de la Vanguardia, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1979, p, 98.

2 Ídem., p. 103.

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