Cuando todavía no era el Che

Por Irene Izquierdo / 11-10-2018

Para ir en el sentido inverso, y llegara Ernesto Guevara de la Serna niño, hay que pasar necesariamente por el Che. Siempre será preciso partir de una anécdota, de una reflexión, de los muchos motivos que engrandecen su historia. Si no hubiera llegado a ser el hombre que entró con pasos de gigante en la inmortalidad, habría sido muy difícil hablar del pequeño argentino, que vino al mundo el jueves 14 de junio de 1928, como hijo de Ernesto y Celia.

Y, debido a que los hombres de esta talla no siempre fueron héroes, en torno a ellos siempre hay un quién, un dónde y un cómo a los que todos buscamos respuestas.

Calando sentimientos

El 15 de octubre de 2003 Granma publicó el relato inédito “La Piedra”, escrito por el Che en el Congo, a mediados de 1965, tras el fallecimiento de Celia. En él, el combatiente medita, reflexiona, recuerda que a la lucha llevó “el llavero con la piedra, de mi madre, muy barato este, ordinario; la piedra se despegó y la guardé en el bolsillo”.

Más adelante resulta sensible leer: “[…] solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: ‘mi viejo’, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese ‘Mi viejo’” […].

Mucho tiempo antes me lo había advertido Orlando Borrego:

“El Che tuvo el privilegio de una madre que se dedicaba a él de manera absoluta, por sus constantes crisis de asma. Era una mujer muy culta y excelente madre —¡extraordinaria!—; hay testimonios de la adoración de él por ella. Eso hizo que fuera desarrollando
una tremenda sensibilidad humana. Celia, no solo lo cuidó con una devoción extrema y le permitió actuar con independencia, sino que le impartió clases de la enseñanza primaria, y le enseñó idiomas. El Che hablaba muy bien el francés…”.

UNA AFECCIÓN PULMONAR QUE LO MARCÓ PARA SIEMPRE

Varias referencias bibliográficas destacan que, cuando Ernestito tenía apenas 45 días de nacido sufrió una afección pulmonar, que no pasó de ahí. Vivían entonces en la zona de Misiones, localidad situada en las cercanías de las enormes cataratas de Iguazú.

En el libro Mi hijo Ernesto, el padre, Ernesto Guevara Lynch, ofrece el testimonio acerca del primer ataque de asma, que apareció cuando el niño tenía dos años de edad. Agrega que una fría mañana del mes de mayo de 1930, su esposa se bañó con el pequeño en la playa del Club Náutico de San Isidro. Al regresar a su casa se percataron de que el niño no estaba bien y en horas de la noche comenzó a toser.

“Yo nunca había presenciado un ataque de asma —relata— y cuando lo noté con bronquitis y fatigado llamé a un viejo vecino nuestro, el doctor Pestaña, quien no dio demasiada importancia a la enfermedad y diagnosticó bronquitis asmática sin complicaciones, conectando este ataque con una vieja neumonía que Ernesto había contraído en la ciudad de Rosario, a los pocos días de nacer. Le recetó lo corriente en aquella época: calor, jarabes con adrenalina, cataplasma y otros paliativos.

“Ernesto mejoró, pero el asma, aunque aliviada, no desapareció. El doctor Pestaña comenzó a preocuparse por su persistencia. Por fi n mejoró bastante, pero en cuanto se le descuidaba en el abrigo, o por cualquier otro motivo, le volvían los ataques asmáticos”.

Gravitó la enfermedad sobre la familia, que hacía todo lo que en sus manos estuviera para ayudar al niño a sobrellevarla. Se mudaban frecuentemente, en busca de un clima más favorable que contribuyera a evitar las crisis de asma, cada vez más frecuentes. Ya vivían en Buenos Aires. Y tal vez a Ernestito lo ayudaban a sentir cierta tranquilidad —además de las inyecciones, por las que a veces suplicaba— los desvelos y mimos de sus padres: el amor brotaba a mares.

En 1932 la familia, tratando de encontrar un clima más seco, se mudó a la provincia de Córdoba, específicamente, a la ciudad de Alta Gracia. Allí conoció las primeras letras, a través de su madre. Después empezó a estudiaren la escuela José de San Martín de esa localidad, donde transcurrió gran parte de su infancia.

Por lo que se cuenta de él, es fácil imaginarlo preguntando más allá de lo que los profesores explicaban en clase; verlo intenso en el terreno de fútbol; en las distintas reuniones, con su carisma de líder natural; en las diferentes áreas, llamando la atención de las chicas con la visera de la gorra hacia atrás; en las piscinas, haciendo gala de su estilo mariposa o sacando la jeringuilla para frenar los ataques de asma. Para su sentido de independencia, de libertad, elasma estuvo ahí, pero no le impidió ser un niño muy independiente.

Amor a la libertad

El padre no sabía que su hijo se escapaba de casa para ir a nadar. Un día se enteró de que Ernestito estaba en la piscina del Sierras Hotel, hacia donde salió inmediatamente, para regañarlo como supuestamente correspondía. Pero se quedó sorprendido cuando vio que su hijo era el centro del espectáculo, y los amiguitos hasta le medían el tiempo en que nadaba de un lado al otro de la piscina.

Al respecto, escribiría en el libro testimonio: “Cuando vi aquello y oí a los chicos, se me cayó la venda de los ojos y comprendí cuán ridículo es, a veces, el cuidado excesivo de los hijos. Estaba desorientado y opté por hacerme el tonto. Y mientras Ernesto, continuaba su raid sonriente, yo haciéndome el desentendido, seguí el raid como si supiera que hacía mucho tiempo que mi hijo venía practicando estos entrenamientos”.

El niño amaba mucho a los animales y no toleraba que los maltrataran. En una oportunidad arriesgó su vida por salvar a un gorrión. En la parte alta de la casa se posó y cuando intentó emprender vuelo, una de las alitas se le trabó. Su intento por salir lo hacía cada vez más apresado. Ernestito corrió a socorrerlo. Papá trató de persuadirlo:

“[…] estábamos a unos siete metros de altura sobre el nivel del suelo —contó posteriormente el padre—. Fueron inútiles mis reflexiones; que el cano era muy alto y endeble, que no aguantaría su peso si trepaba por allí, que era mejor esperar ayuda. Yo, comprendiendo el peligro que corría, a horcajadas sobre el pequeño muro traté de apuntalar el cano lo más alto posible, y Ernesto, sin esperar más, subió como pudo, y segundos después el gorrión volaba libre”.

Tales anécdotas lo hacen un niño tan extraordinario, como el hombre que fue después, al ganar la inmortalidad, conocido en el universo como el Che.

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