Mi eterno quijote

Por coronel (r) René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba / 09-10-2018

Corría el año 1973. Apenas había cumplido 12 años de edad y concluía el sexto grado. La maestra, en un ejercicio de motivación del pensamiento y la imaginación, preguntó a cada alumno del aula, qué quería ser cuando fuesen grandes. Aparecieron los médicos, pilotos, deportistas, cosmonautas, bomberos, y cuantos sueños brotaron de las infantiles mentes. Y tú, René, ¿qué quieres ser cuando seas grande? No titubeé un instante en mi respuesta firme y segura:

—¡Guerrillero!

Por más que trató de convencerme de que ser guerrillero no era una profesión, no lo logró. Mi firme terquedad motivó la presencia de mi madre en la dirección de la escuela. Ni aun así, lograron persuadirme. Para mí, entonces, guerrillero era sinónimo de combatiente internacionalista, y el más fi el acercamiento a la fi gura del Che, y yo quería seguir su ejemplo.

Mi convicción tenía sus antecedentes. Mi padre, combatiente de la clandestinidad y del Ejército Rebelde en Pinar del Río, con apenas 19 años de edad concluyó la guerra como segundo jefe de la guerrilla del circuito norte, en la columna No. 2 Ciro Redondo, capitaneada por Rogelio Payret Silvera, Claudio.

A inicios de la Revolución, debido a su característica temeridad, tuvo una vida azarosa por las múltiples y riesgosas misiones encomendadas, entre ellas, jefe del batallón encargado de la protección del extremo occidental de la isla de Cuba, desde la base aérea de San Julián hasta el cabo de San Antonio.

Por entonces protagonizó, junto a nueve valiosos compañeros, la operación que puso fi n al bandidismo en esa provincia con la liquidación de la banda de Pedro Celestino Sánchez Figueredo. En aquella ocasión, se infiltró entre los bandidos como el comandante Jaime de la contrarrevolución, supuestamente arribado de los Estados Unidos, en una misión que no concluyó hasta el extermino de los alzados. Ello ocurrió en diciembre de 1963.

De esos años, son muy vagas, casi nulas, las ideas que tengo de él. Nací el primero de mayo de 1961, y por mamá supe después de las “locuras de mi papá”, convertido para mí en un mito.

En 1965 marchó a la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a estudiar Artillería. Desde el hermano país, en cada carta que me enviaba me hablaba del Che, de su ejemplo, de la necesidad de crecer como hombre con los valores del legendario guerrillero argentino, en el que poco a poco, fui identificando a mi desconocido padre.

Recuerdo con nitidez aquel día de octubre de 1967 cuando sentado en el piso de mi casa en la calle Gloria, de la Habana Vieja, escuché en el televisor la voz firme y triste de Fidel, en la que comunicaba a nuestro pueblo que la noticia de la muerte del Che era dolorosamente cierta. Aquella frase retumba en mí, todavía hoy, con la misma fuerza e impacto con que la escuché entonces. Mi reacción no se hizo esperar. Comencé a llorar, en una mezcla de tristeza, impotencia e indignación, exclamando repetidamente: ¡mataron a mi papá!, ¡mataron a mi papá!

Mi madre no pudo persuadirme de lo contrario. Terminé ante un sicólogo que me convenció, a mis escasos seis años, de que mi padre estaba vivo y estudiaba en una nación amiga de Cuba. Fue un consuelo quizás, pero no pudo borrar, en lo adelante, mi identificación permanente con el padre espiritual que me inculcó mi padre biológico, a quien miraba con extrañeza a su regreso de la URSS porque no tenía barba, ni se me parecía a la mítica fi gura inmortalizada por el lente de Korda.

Pero el Rubio de Mery, como sus compañeros de la guerra conocían a mi papá, no se detuvo en mi educación guevariana. Cuando cumplí diez años de edad, me regaló los dos tomos de las Obras Escogidas del Che Guevara, editada por Casa de las Américas, para que a partir de ellas comenzara a formar mi biblioteca de revolucionario.

Seis años de estudio en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, los Camilitos, me hicieron más radicalmente “guerrillero”. Mis sueños de adolescente tuvieron mucho del espíritu idealista y romántico que acompañó la vida ejemplar del Che Guevara. Nada del revolucionario argentino y de su sentimiento internacionalista y solidario, me era ajeno. Creció en mí una devoción insaciable por la lectura, y, en especial, las vinculadas a las guerras por nuestra independencia. En las páginas de La Revolución de Yara, del coronel del Ejército Libertador Fernando Figueredo Socarrás, cuando tenía dieciséis años, descubrí al puertorriqueño Juan Rius Rivera, al norteamericano Henry Reeve, al mexicano Gabriel González, al dominicano Modesto Díaz y, sobre todo, a Máximo Gómez, y comprendí que el internacionalismo del Che tenía raíces profundas en la historia de Cuba.

Concluí el bachillerato en 1979, el mismo año en que triunfaba la revolución Sandinista, uno de los escenarios de mis sueños guerrilleros. Decididamente, mi futuro estaría vinculado al internacionalismo. Como estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, en la que fui dirigente juvenil, estimulé la práctica del trabajo voluntario, una enseñanza del Che. Eran los años de la guerra de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra y la invasión yanqui a Granada. Cualquier agresión a los pueblos del tercer mundo acrecentaba mi espíritu solidario y el deseo de combatiral imperialismo.

En 1984 ingresé a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Tres años después, la vida me brindó la oportunidad de seguir los pasos del Che. El 1.º de mayo de 1987, día en que cumplía 26 años de edad, arribé a la República Popular de Angola donde permanecí por espacio de dos años. Allí, más maduro en mi ímpetu guerrillero, comprendí que yo no era una excepción en el amor al Che. Estaba rodeado de hijos suyos. Mis compañeros también veneraban a mi padre espiritual y emulaban por acercarse e imitar su vida ejemplar.

Durante la misión en Angola, llevé siempre en el bolsillo de mi camisa dos fotos: una de Máximo Gómez y otra del Che. Me acompañaron en todas las misiones. Ambos marcaban el magnetismo de mi norte ideológico. Estudiándolos, percibí la grandeza de aquellos gigantes que supieron identificarse a plenitud con Martí y Fidel, y serles eternamente leales.

El Che me enseñó a amar la historia; como poeta, amigo de poetas, y amante de la poesía, afianzó mi pasión por los versos, la literatura universal, la historia y la política. El Che leía de todo; se preocupaba por todo; y para tener una sensibilidad guevariana, debía extender mi horizonte cognitivo de revolucionario universal. Aprendí de él, además, la importancia del ejemplo, la fuerza irrebatible de la transparencia y el valor multiplicador de la autocrítica sincera.

Para el Che no hubo obstáculo ni frontera insalvable. Su vida fue un desafío constante a lo imposible; un soñar despierto en un mundo mejor; en un hombre mejor; en una Cuba próspera y desarrollada; en una América luminaria de libertad e independencia; un permanente batallar contra el imperialismo donde quiera que se encontrase.

Para mi padre espiritual —el Che Guevara— cuya muerte “dolorosamente cierta” lloré inconsolablemente aquella noche de octubre de 1967, la vida era un desafío quijotesco. Como fiel escudero, llevaré en alto, mientras viva, la adarga que nos legó sudorosa, ensangrentada y resplandeciente, en la escuelita de La Higuera, aquel 9 de octubre de 1967.

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