Verdadera causa de la derrota

Por: coronel Gustavo Robreño Díaz / 18-04-2018

Resulta recurrente como, incluso después de cincuenta años, se le endilga al actuar del entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, la máxima responsabilidad por la derrota de la invasión mercenaria por Playa Girón. Se critica el “uso limitado” que dio a la aviación y la marina de guerra norteamericanas.

Tal afirmación, coreada con fuerza en Miami por estos días -sobre todo entre proclamados “veteranos” y “excombatientes” (dígase mercenarios)- solo persigue ocultar su ineptitud de entonces y negar que la causa fundamental del estrepitoso revés fue el heroísmo de nuestros soldados y la acertada conducción de las acciones militares por parte de los jefes cubanos, encabezados por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Desclasificados ya buena parte de los documentos secretos, ha quedado demostrado que antes de aprobar el plan de invasión a Cuba, del cual tuvo conocimiento a inicios de 1961, el recién estrenado mandatario dejó claro que no autorizaría la participación directa y masiva de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en apoyo al asalto inicial.

Es por ello que la denominada Operación Pluto –al amparo de la cual se reclutó, armó y entrenó la fuerza mercenaria –, fue gestada por mentores de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono, teniendo en cuenta la exigencia presidencial.

Esa propia información, ahora pública, detalla cómo, en ningún caso, el presidente Kennedy improvisó a la hora de tomar decisiones, ni mucho menos actuó en detrimento del éxito de la operación. Cumplió rigurosamente cuanto a él correspondía según el plan general de la invasión y se excedió al permitir que los cazas del portaaviones CVS-9 Essex, sin insignias, exploraran el campo de batalla y dieran cobertura a los aviones de la brigada mercenaria.

La misión

La Brigada de Asalto 2506, –denominada así a partir de septiembre de 1960 por ser ese el número de inscripción de uno de sus miembros muerto en un accidente durante los entrenamientos en Guatemala–, tenía como misión concreta llevar a cabo un desembarco anfibio y aéreo para establecer, ampliar y consolidar una “cabeza de playa” al sur de la entonces provincia de Las Villas. Los sitios escogidos para el asalto anfibio fueron Playa Larga (Playa Roja) y Playa Girón (Playa Azul).

Para ello, en un plazo no superior a seis horas a partir de la fijada para el desembarco (hora H), un batallón de paracaidistas sería lanzado sobre varios puntos más al norte, donde termina el terreno pantanoso de la Ciénaga de Zapata, con la misión de “cortar” los accesos por tierra firme al área del desembarco.

Entre las 15:00 h y las 17:00 h del propio día D, dos B-26 arribarían al aeropuerto ya ocupado (en Playa Girón), desde donde comenzarían a proporcionar apoyo aéreo a la fuerza desembarcada. Posteriormente, desde el D+1, efectuarían vuelos a lo largo de las vías que enlazaban la zona del desembarco con los poblados y ciudades más cercanas. Así, impedirían el avance de las fuerzas revolucionarias que tratarían de desalojarlos.

Una vez consolidada la plaza, debían constituir entre los días D+3 y D+5 un “gobierno provisional” que solicitaría de Washington –y algunos gobiernos latinoamericanos consultados de antemano– reconocimiento oficial y ayuda militar, a tenor de la cual se produciría la intervención militar directa de Estados Unidos.

Arsenal suficiente

Al hacer una descripción de la técnica y el armamento, salta a la vista cómo la brigada mercenaria estaba perfectamente equipada para la misión que debía cumplir.

Contaba con cinco tanques M-42 walters; once camiones de 2,5 toneladas con ametralladoras de 12.7 mm; treinta morteros de 81 y 106.7 mm, respectivamente; dieciocho cañones sin retroceso de 57 y cuatro de 75 mm; cincuenta bazucas; nueve lanzallamas; 46 ametralladoras calibre 50 y 30; tres mil fusiles y subametralladoras M-1 y M-3, Garand, fusiles automáticos Browning y carabinas M-1 y M-2.

Además, ocho toneladas de explosivos; 1,5 toneladas de fósforo blanco; treinta mil galones de combustible para vehículos y diecisiete mil para aviación; ciento cincuenta toneladas de municiones; setecientos cohetes aire-tierra; quinientas bombas de fragmentación; trescientos galones de aceite para aviación; diez yipis; un camión cisterna de cinco toneladas; un tractor; una grúa; trece remolques; equipos de comunicaciones, entre los cuales se incluían teléfonos y pizarras de campaña; así como veinticuatro mil libras de alimentos y agua potable. Además, cada efectivo desembarcó con su módulo individual de combate, que incluía ciento sesenta proyectiles.

Según narra el escritor e investigador cubano, Juan Carlos Rodríguez, en su libro Girón, la batalla inevitable, para dirigir la preparación de la agrupación mercenaria se designó al coronel de
la Infantería de Marina, Jack Hawkins, un veterano de Corea, quien, el 13 de abril, envió desde Nicaragua –país desde donde zarparon los buques y operó la aviación mercenaria durante el desembarco– el mensaje con “la verdad conveniente” que necesitaban los halcones de la CIA y el Pentágono fuera escuchada por el presidente Kennedy:

“[...] La Brigada está bien organizada, su armamento es más pesado y sus equipos superan en algunos aspectos a los de las unidades de Infantería de Estados Unidos. Los hombres han recibido un entrenamiento intensivo, que abarca una experiencia en el tiro superior a la que normalmente adquieren las tropas estadounidenses [...] el escuadrón de B-26 iguala al mejor escuadrón de la Fuerza Aérea de Estados Unidos...”.

Pretendida superioridad

El componente aéreo de la brigada mercenaria lo integraban sesenta y un pilotos; además de navegantes, operadores de radio y personal de mantenimiento; liderado por un escuadrón de dieciséis bombarderos de ataque B-26 Invader, en perfecto estado técnico y con buen aseguramiento en piezas de repuesto.

Según el periodista y escritor estadounidense, Peter Wyden, en su libro Bahía de Cochinos: la historia no contada, ante el derribo por la artillería antiaérea y la aviación revolucionaria de diez bombarderos, en tan solo cuarenta y ocho horas, a la CIA se le asignaron otros ocho B-26, para un total de veinticuatro aeronaves de ese tipo.

También, completaba la fuerza aérea mercenaria un escuadrón de aviones de transporte con seis C-54 Skymaster y seis C-46 Commando; dos aviones anfibios de rescate naval PBY-5A Catalina; y cuatro cazas F-51 Mustang, para los que –se dice– no consiguieron pilotos. Wyden refiere que “a última hora” se adicionaron cuatro T-33 Shooting Star (cazas a reacción de entrenamiento avanzado), los cuales no pudieron ser utilizados, pues para el D+3 la invasión ya estaba derrotada.

En cualquier caso, era ostensible la superioridad con respecto a la pequeña Fuerza Aérea Revolucionaria, que no obstante ser numéricamente inferior (la proporción de pilotos era de seis a uno) y
tener un bajo coeficiente técnico, escribió una página heroica y cumplió un rol determinante en la aplastante derrota.

Corsarios de nueva laya

El dispositivo naval de la brigada mercenaria estaba compuesto por cinco buques mercantes artillados (Atlantic Caribe, Lake Charles, Río Escondido, Houston) en estos se trasladarían hasta las costas de Cuba la mayoría de los 1 543 efectivos y treinta y seis lanchas de dieciocho pies con motor fuera de borda, para la aproximación buque-costa; y otros dos mercantes (La Playa y Oratava) quedarían como reserva.

Asimismo, dos barcazas de desembarco de infantería (LCI), artilladas con once ametralladoras calibre 50 y dos cañones sin retroceso, que cumplían la misión de buques escoltas (Blagary Bárbara J); tres barcazas de desembarco para usos múltiples (LCU); y cuatro barcazas de desembarco de vehículos y personal (LCVP), también artilladas.

Aunque el informe del inspector general de la CIA, Lyman Kirkpatrick, califica la flota mercenaria de “vieja”, nada dice sobre el hecho cierto de que, desde varios meses antes de la invasión, navegaba por el Caribe sin ningún obstáculo, enmascarada con banderas “inocentes” que cambiaban con frecuencia y a conveniencia para impedir su identificación, y gozaba de la impunidad suficiente como para no rendir cuentas a ningún gobierno del área.

Apoyo que no faltó

En su traslado hasta las cercanías de la costa sur de la Ciénaga de Zapata, la flota mercenaria fue escoltada por la entonces denominada Fuerza de Tarea de Portaaviones Alfa, de la Marina de Guerra de Estados Unidos, integrada por un portaaviones, siete destructores y dos submarinos.

Como parte del apoyo directo estadounidense, se unió a la agrupación naval mercenaria el buque dique LSD-25, San Marcos, que trasladó hasta el sur de la Ciénaga de Zapata las barcazas de desembarco.

Para acudir “de inmediato” al llamado del espurio "gobierno provisional", que con José Miró Cardona como marioneta principal, aguardaba incomunicado y cautivo de la CIA en una base militar de Florida, la Marina de Guerra de Estados Unidos mantendría al sur de la zona del desembarco el portahelicópteros de asalto anfibio LPH-4, Boxer, con un b214atallón de la 2da división de Infantería de Marina; el portaaviones CVS-9 Essexcon cuarenta aviones de combate; los destructores DD-507 Conway; DD-756 Murray; DD-701 Eatony el portaaviones CVA Shangai La, con setenta aviones.

Aunque vociferen lo contrario quienes no pudieron retrotraernos a un pasado de oprobio, la fuerza mercenaria estaba bien armada y debidamente entrenada para el cumplimiento de su misión. El plan general de la invasión estuvo bien concebido militarmente y contaron para ello con el apoyo de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

Lo que no dicen es que la “flamante” Brigada de Asalto perdió la voluntad de combatir, incluso, antes de quedarse sin municiones y apoyo logístico; le faltó valor, denuedo y el espíritu de victoria que solo dan la razón y justeza de la causa librada. En tres días de combate, ante la férrea oposición de quienes defendían –al llamado de Fidel– esta revolución “de los humildes, por los humildes y para los humildes”, no pudieron avanzar más allá de las propias playas donde habían desembarcado.

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