Los reemplazos de Trump: de la sartén a las llamas.

Por: José Ramón Rodríguez Ruiz / 17-04-2018

Irse de la Casa Blanca está de moda por estos días. Hay dos maneras de hacerlo: o usted renuncia y va a buscarse un puesto bien remunerado con el favor de los medios de comunicación; o el magnate Presidente lo despide, y casi seguro se enterará a través de las redes sociales o por el comentario de algún conocido que consulte esas plataformas, como dicen que le sucedió a Rex Tillerson.

Al parecer a Donald Trump no le agrada que sus lugartenientes tengan opiniones distintas a las suyas, por ínfimas que sean, y como declaró cuando anunció el “despido” de Tillerson, prefiere rodearse de personas que posean su mismo “proceso mental”, algo que se observa cada día más difícil.

Es evidente que la realidad que se dibuja en la Casa Blanca asume matices cada vez más extremos, coincidiendo con lo publicado en fecha reciente por el diario The New York Times, cuando parodió la llamada telefónica en la que Trump felicitó a Vladimir Putin por su victoria en las elecciones presidenciales de la Federación de Rusia.

Según el Times, Trump “ha causado una revolución en la legitimidad. Todo lo que anteriormente era confiable y de buena reputación ahora es desacreditado y no confiable, y viceversa. Promueve la teoría de la conspiración loca y transfiere la carga de la prueba a sus adversarios. Reemplaza la honestidad con la autenticidad y la política con el drama y la realidad con la realidad fabricada.”

Según los medios, haber llamado a Putin fue lo que puso la tapa del pomo de las desavenencias entre el magnate y su asesor de seguridad nacional, el General retirado Herbert Raymond MacMaster, pues este le aconsejó no hacerlo. Cierto o no, Trump anunció el 22 de marzo que reemplazaba a MacMaster por un individuo cuya reputación le precede y que hace ver al general retirado como un niño ingenuo en materia de aconsejar peligrosamente al dueño del maletín nuclear.

El elegido fue John Bolton, diplomático de carrera que ha servido a varias administraciones republicanas y que fungió como representante de EE.UU. ante la Organización de Naciones Unidas (ONU) entre agosto de 2005 y diciembre de 2006.

Días atrás, había elegido al director de la CIA, Mike Pompeo, para reemplazar al director ejecutivo de la pretrolera Exxon Movil, devenido Secretario de Estado, Rex Tillerson, en otra movida sorprendente y, al igual que la más reciente, ampliamente cuestionada por los medios.
Sin tratar los despidos y las renuncias anteriores, bastan estos dos ejemplos para saber que, en materia de recursos humanos, la situación en la Casa Blanca está “saliendo de Guatemala, para entrar en Guatepeor”. Pompeo y Bolton son dos cartas que llegan a la baraja del Presidente a ocupar, nada más y nada menos que dos de los puestos clave dentro del cerrado círculo de asesores en materia de política exterior, y por consiguiente sus posturas tendrán un impacto significativo en el proceso decisorio para la proyección global de la primera potencia militar del planeta.

De Pompeo, basta decir que ha criticado en reiteradas ocasiones la política exterior del anterior mandatario Barack Obama y sobre Cuba en particular, medios de izquierda han informado que fue uno de los artífices junto al senador republicano por el estado de la Florida, Marco Rubio, del caso de los “ataques acústicos” para revertir la política hacia la Isla, ahora bajo Trump.

El 19 de junio de 2017, a solicitud de Rubio, Pompeo recibió en la sede de la CIA a exmiembros de la Brigada mercenaria 2506, entre ellos, al asesino del Guerrillero Heroico, Ernesto Che Guevara, Félix Ismael Rodríguez.

Es sabido que es partidario de la intervención militar en Venezuela, lo cual fue acentuado cuando, a raíz de la amenaza contra la nación bolivariana por parte de Trump, el entonces director de la CIA declaró que “los cubanos, los rusos, Irán y Hezbolláh están en Venezuela” y aprobó en ese momento la intimidación del Presidente.

Bolton por su parte no se queda atrás. De su pérfida imaginación salió la acusación contra nuestro país sobre la presunta posesión y producción de armas biológicas, en interés de desprestigiar nuestro desarrollo científico, pero, más inicuo aun, como parte de un plan para construir pretextos en función de la agresión militar directa contra Cuba, que la sabiduría de nuestro Comandante en Jefe y la disposición de nuestro pueblo lograron desinflar en corto tiempo.

Los propios medios de comunicación de EE.UU. lo tildan de “errático y agresivo” y sus antecedentes en temas como el conflicto en la Península coreana; las relaciones EEUU – Irán y el propio tema Cuba lo vuelven, como señaló un editorial del medio Middle East Eye, un consejero “altamente peligroso, para un presidente aún más peligroso, en tiempos peligrosos”.

No se trata de exageraciones. Trump se está rodeando de gente que puede incinerar el mundo si ponen en práctica lo que hasta hoy han proyectado en cargos de menor jerarquía, una vez que puedan susurrar al oído del magnate presidente.
En un tiempo histórico donde varios de los conflictos latentes tienen entre sus derivaciones más terribles el desarrollo de una confrontación global, resulta alarmante que un líder impredecible esté poco a poco rodeándose de gente impredecible, capaz de proponer las más absurdas soluciones a los entes decisores.

Es apreciable que Trump haya escogido a estos acólitos para que no haya voces disonantes a su alrededor. Con ello conforma un coro terrible de individuos ultraconservadores, racistas, agresivos y comprometidos con las causas más viles y los lobbys más retrógrados de la política de Washington.

Ante este escenario, hasta Bush (el hijo) o Nixon, parecen también niños ingenuos. Esperemos que algún juicio se imponga y reine la cordura. Hay bufones en la corte coqueteando con el trono y la risa ha llegado a altura de ley. La tragicomedia de la política imperial se vuelve cada vez peligrosa. Los que observamos desde este lado del bloqueo, mantenemos la calma de siempre, especialmente en este momento en que, como dijera un amigo: al parecer en la Casa Blanca las ratas no abandonan el barco, se suben a él.

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