La letra de Martí

Por Dora Alonso, tomado de la Revista Verde Olivo No. 4, año 1961 / 30-01-2018

Ahora se prueba bien que un pueblo que haya podido contar entre sus hijos una figura de excepción, ya no es pueblo inerme ni pueblo sumiso ni pueblo desarmado.

Pasa el gran hombre y su obra y su memoria quedan como desmenuzadas y repartidas en todos los caminos; en el aire que se respire, en la imagen de la Patria, unificándola. Todo aquello que formara al hombre, se dilata, se expande en círculos concéntricos que nos tocan y encuentran, para mejor situamos contra debilidades o sometimiento.

En Cuba, cuando se habla de Martí, cuando se le ama y se le conoce, es un gran paso para ser mejores. Decimos José Martí, y ya estamos sintiendo su brazo generoso en torno a nuestro brazo y casi contemplando aquella su sonrisa detenida en los ojos graves, aquel bondadoso resplandor que, ascendiendo siempre, subía a la frente amplia y como curvada por el empuje tenaz de sus pensamientos. Se le siente y presiente cercano y afable, como a alguien compañero y amigo. Un hermano mayor tierno y solícito que nos atiende y nos socorre; que nos guía.

Pero cada 28 de enero, el Martí crecido en bondad y experiencias, se borra y se diluye poco a poco, en escamoteos de ternura. Ya entonces aparece solamente un recién nacido que rebulle sedoso e inerme. Una vida pequeñita que los brazos cuidadosos de Leonor Pérez protegen con el pecho, entregándole los hondos latidos de su corazón, que le adormecen confiados....

Se piensa que desde entonces, contenida y apretada en no se sabe cuáles sonrosadas penumbras indecibles, estaba la presencia del hombre que sería Martí, aguardando el crecimiento de aquella frente menuda y tibia para manifestarse.
Que también la luz de la bondad y del sacrificio amanecía en él, marcándole la débil carne delicada, en un misterio todavía cerrado.

Ya entonces la imaginación despierta no queda ahí, en su día de nacimiento, en el ir y venir de voces familiares y emocionadas, de miradas sobre el pequeñuelo que dormía entre humildes encajes tejidos en las veladas junto al quinqué hogareño, donde Leonor cosía la canastilla, rodeada del juego de los otros hijos.

Queremos seguir creciendo junto a él y contemplarlo más tiempo en niño. Y nada mejor para encontrarlo de nuevo que aquella carta escrita a la madre, en sus primeras vacaciones de muchacho pobre, desde la finca donde disfruta el mundo predilecto y puro de agua, de árbol y cielo, de campo abierto. Donde el estreno de la comunión con la naturaleza de su país se le infiltraba con toda la fuerza limpia en su sensibilidad y su emoción precoces.

Criatura de ciudad, de medio escaso, pesado y medido el regocijo del juguete y de la golosina, con un cielo mezquino encajado entre aleros y muros circundantes, extrañamente maduros los sentimientos bellos en la joven personalidad, cuando la mano paterna lo conduce a la entraña campesina de Cuba, le nacen alas al muchacho para levantar un vuelo delicado y patente por encima de un mundo real ceñido a estrecheces físicas hasta ese momento.

De aquella época de la letra redondita y alegre como transparentes esferillas que juegan a enlazarse sobre el papel, en avidez de recoger todo el sabor fresco del canto del gallo fino hincando la flor del alba; y la estampa del caballito caminador que lo conduce (el orgullo ingenuo más erguido que el cuerpo sobre la montura; más segura la mano al trazar las letras que al guiar las riendas) por la poderosa realidad de la naturaleza criolla que tanto habrá de amar después y para siempre.

En esa temporada que fue encuentro y desposorio con la belleza de su tierra, se nos antoja que surgió la veta rica, el agua clara, los arroyitos de agua clara, de muchos de sus versos sencillos o de su prosa descriptiva y llena de raíces y paisajes nativos. La inocencia poética y la melancólica o vibrante evocación en muchas de sus crónicas, de sus cartas, de sus discursos, debieron surgir de esa primera veta de la infancia.

Pero ahora Martí no las siente ni las expresa y describe con esferillas redondas y alegres. Sus nuevos signos son hijos de la lucha incesante: letra en tormenta, donde el trazo desigual es como un relámpago que brota de su vida en tempestad. Está usando, en cambio, las mismas pupilas deslumbradas para mirar los días lejanos en el tiempo y la angustia. Más se contempla y más y más, por dentro, cuando más alto sube la montaña y es fino el aire y la estrella más cercana...

Poesía de ciervo herido, de flor y agua, de árbol y abeja. Y de palomas. Y como jugando la rima humilde, suelta, niña. Como muchacho que se escapa descalzo, revuelto el cabello, los ojos brillantes, por un amanecer de la sabana.

Ahí está el acento de aquellos recuerdos reflejándose en esos rasgos encabritados de lucha y de realidades. Revuelto a la mejor presencia del espíritu juvenil por el camino de la lejana evocación.

Con los ojos en trance de ensueños, José Martí montaba de nuevo (ahora dominando las riendas y el bruto) el caballito criollo y caminador, junto a los palmares del suelo cubano...

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