¡Todos somos Fidel!

Yirenia Ferrer Ysern / 28-11-2017

La primera ocasión que logré comprender estas palabras, estaba recuperándome de una operación del corazón realizada en el Cardiocentro Pediátrico William Soler. Dormitaba y de pronto escuché“¡Es Fidel, es Fidel!”. Y allí estaba él, con su traje verde olivo, conversaba con las enfermeras, preguntaba cuestiones médicas... mas yo solo veía su sonrisa, su barba, su grandeza…

En algún momento le pregunté a mi mamá si ese era el hombre que veía en los cuadros de la oficina de papá, de las historias contadas por él, el Fidel de la televisión…Se acercaba y conversaba con los niños hospitalizados, con sus familiares, verdaderamente interesado. Cuando llegó mi turno fue solo un instante, era mucha gente, todos querían tocarlo, tener un pedacito de él, pero jamás olvidaré esa tarde de noviembre en la cual yo vi por primera vez al Comandante en Jefe.

Dialogué reiteradamente con mis padres, familiares y amigos sobre el sentimiento transmitido por Fidel hacia las personas ese día. Si bien había orden y organización alrededor de él, jamás percibí altanería o aires de superioridad. Su preocupación me resultó pura y legítima, como cuando mi progenitor me dijo, antes de entrar al salón de operaciones: “Todo saldrá bien”.

Años más tarde tuve la suerte de tenerlo frente a frente; sucedió en el teatro Carlos Marx, un encuentro con estudiantes universitarios que tendrían la oportunidad de entregar, casa por casa, el nuevo aumento de chequera a los pensionados. Al principio, no fui una de las escogidas, pero luché por asistir, pues yo necesitaba vivir nuevamente esa agradable sensación de tenerlo cerca, era como beber la savia de la historia de Cuba a través de su presencia.

Debido al entusiasmo, olvidé avisarles a mis padres, quienes me vieron salir ese día, a las siete de la mañana, como de costumbre, rumbo a la universidad, y regresé al siguiente alrededor de las dos de la madrugada.

Jamás olvidaré la casa abierta, incluso con algunos vecinos preocupados, y mi frase fue tajante, tal vez esperando aminorar el regaño: “Yo estaba con Fidel, sentada en la segunda fila del bloque del medio. Ese hombre tiene una facilidad divina para movilizar a las masas. Fue bien largo el discurso, pero me sentía feliz de estar allí”.

Tal vez parezcan insignificantes mis dos evocaciones de la experiencia vivida en torno al Comandante. Todos tenemos, de una manera u otra, algo de Fidel. Sin embargo, sí me arrepiento de no haber tenido más encuentros para atesorar. Lo veía eterno. Lo sentía inmortal…

Aquella noche del 25 de noviembre de 2016 el cielo se volvió gris y triste. Al amanecer, papá escuchaba Radio Reloj, como cada mañana, pero era muy sospechoso el silencio de la casa. Continué con la rutina diaria hasta que mi madre, se acercó para contarme: “Fidel falleció”. Recuerdo que estaba peinando a mi hija y solo atiné a no creerle ¡No deseaba confiar en su palabra!

Miles de veces intenté imaginarme cómo sería ese momento en que nuestro Comandante en Jefe nos dijera adiós. Esa sensación de saber que pasará algún día, porque es ley de la vida, e intentas estar preparada, aunque sabes que no se trata de saberse lista, sino resignada. Esa mañana no hubo lágrimas en mis ojos, mi incredulidad no me permitía llorar.

Por inercia encendí el televisor. Volví a la realidad al escuchar la alocución de Raúl ante las cámaras de la Televisión Cubana. Llegaron jornadas de intenso dolor, el cual gracias a la solidaridad internacional resultó hermosamente compartido. Desde los más recónditos lugares arribaban las condolencias, porque había fallecido un gran hombre, los días se sentían lúgubres, como la misma muerte.

El tiempo siguió su curso. Muchos pensaron encontrarse con una Cuba poco motivada, sin sueños por cumplir, llena de incertidumbres. Hasta hablaban de un antes y un después de la muerte del Comandante en Jefe.

Cuando el presidente de Nicaragua Daniel Ortega en el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución, en La Habana, inquirió, durante el homenaje al líder de la Revolución Cubana, ¿Dónde está Fidel? Y el pueblo, con genuina emoción, al unísono, contestó: ¡Yo soy Fidel¡ ¡Yo soy Fidel! ¡Yo soy Fidel! ¿Acaso creyeron los enemigos de la Patria que era simplemente la consigna del momento?

Fidel vive tanto en la sonrisa de los niños, como en las acciones cotidianas de la juventud cubana, la cual muestra el coraje, responsabilidad y decoro aprehendidos de nuestro Comandante. Fidel coexiste en el obrero, el intelectual, el ama de casa, el deportista…

Ahora soy yo quien le cuento a mi hija esos relatos quijotescos acontecidos en la historia Patria. Le hablo de nuestros auténticos héroes. Ella ya no podrá ver físicamente al Comandante en Jefe, pero, sin dudas, tendrá la ventura de disfrutar su obra, la obra de la Revolución. Y cuando me pregunte: Mamá, ¿quién es Fidel? Mi respuesta será siempre la misma: tú, yo, él… ¡Todos somos Fidel!

Enlaces directos