Portador de un ideal

Por capitán Sonia Regla Pérez Sosa / 27-11-2017

Sus muchas tareas y los azares de la vida escogieron el lugar y el momento adecuado para esta entrevista, pero eso lo supimos cuando la concluimos. Antes, replanificamos una y otra vez el encuentro hasta lograr vernos en la Plaza de la Revolución, el mismo sitio donde recibió la noticia de la muerte del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

“Aquella fue una madrugada de incertidumbres y tristezas en la cual, tras confirmar el fallecimiento del jefe, no pude contener las lágrimas. Sabía que sería el mejor y posiblemente el único momento para hacerlo”, aseguró el teniente coronel José Luis Peraza López, segundo jefe del departamento de Preparación de Infantería Física y Ceremonias, mientras viaja en el tiempo hasta el 25 de noviembre de 2016.

Después, vinieron jornadas en las cuales andaba cabizbajo, como todos, al tiempo que participaba en las reuniones de la Comisión Organizadora del Comité Central del Partido, el Estado y el Gobierno para las honras fúnebres y en la preparación de los integrantes de la Unidad de Ceremonias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

Él fue quien más veces tuvo entre sus manos el cofre incinerario del líder de la Revolución durante los nueve días de duelo, quien arreglaba cada noche o madrugada la Bandera de la Estrella Solitaria que lo cubría, ordenaba la ejecución de los procedimientos en los lugares donde pernoctaron sus cenizas y quien se las entregó a Raúl.

Esta no era la primera vez que vestía el uniforme de campaña o ceremonia acompañado de un brazalete negro en el brazo izquierdo como muestra de luto, sobre todo por la pérdida de una persona trascendental para la nación. Lo hizo cuando falleció la heroína Vilma Espín Guillois, el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, el general de cuerpo de ejército Julio Casas Regueiro, el amigo de Cuba Antonio Gades y al trasladar los restos del comandante Ernesto Che Guevara.

Por ello, en cuanto supo la responsabilidad que nuevamente tendría, pensó en el General de Ejército Raúl Castro Ruz y en el impacto de esta pérdida en él. “Me impresionó su entereza y fuerza de voluntad al dar la noticia a nuestro pueblo. Es un hombre con el corazón en el medio del pecho. Esto motivó mi alistamiento para la misión”, afirmó mientras miraba la imagen del Héroe Nacional en la Plaza.

Lograrlo requería del desempeño de otro cargador, dos ayudantes y el chofer del vehículo de ceremonia que remolcaría el armón, así como de quienes formarían parte del cortejo fúnebre que se trasladaría hasta Santiago de Cuba.

Revela Pedraza que lo acompañaron jóvenes sargentos profesionales con quienes comparte actividades hace algunos años, “y esto nos permitió a veces, con solo mirarnos, saber los movimientos a realizar, pues no hubo tiempo para practicar en los lugares donde descansaron las cenizas, y sobre la base de los procedimientos obligatorios en estas ceremonias, debíamos adaptarnos a las condiciones de las provincias”.

Entonces se impuso la profesionalidad, constancia y empatía de estos militares. No hubo dificultades en las maniobras, los traslados del cofre, ni al colocar sobre la mesa dispuesta en cada territorio la guardiana urna de cristal y los pasos se calcularon a golpe de vista.

Otro factor que influyó en el buen desempeño fue la confianza alcanzada, “esa que potenciamos al saludarnos y abrazarnos cuando terminamos o iniciamos cada ceremonia. En ese apretón de manos iba la frase o el pensamiento: ‘Todo por Fidel’. Así lo hicimos siempre, como parte de la rutina necesaria”.

Asegura que aunque se prepararon psicológicamente para el recorrido, nunca imaginaron tanta emoción del pueblo en la carretera, incluso, algunas veces les fue difícil mantener la postura cuando discretas lágrimas corrían por las mejillas.

Aún se percibe sobre ese yipi siempre igual: sentado, en firme y con vista al frente. Posición que mantuvo alrededor de unas cuarenta y nueve horas en cinco días, para las cuales requirió de una gran preparación física y la convicción de estar haciendo lo correcto. El sol constante en el rostro, el aire, los insectos, la lluvia, no pudieron vencerlo.

“Por ello, tras colocar el cofre de cedro en el Memorial del Che en Santa Clara, en el salón Jimaguayú en Camagüey y en el parque-museo Ñico López de Bayamo, incluso, en el escaso tiempo destinado para dormir, realizábamos algunos ejercicios de la gimnasia terapéutica de la Escuela de Wu Su. Así acondicionábamos el cuerpo para las exigencias de la próxima jornada”, en la cual, la presencia compacta del pueblo les aplazaba el momento del relevo.

“Mas era tanta la energía recibida de las cenizas del Comandante que no nos sentíamos el cansancio. A pesar del inevitable dolor reflejado en el rostro, siempre prevaleció el orgullo de estar cerca de él. Al salir del antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, por ejemplo, la alfombra se deslizó cuando puse el tacón. Caí en el escalón de abajo, me recuperé y seguí con los procedimientos.

“El cofre nunca se movió. Sus cenizas siempre fueron horizontales, llevadas con la marcialidad, precisión y dedicación que él merecía. No podía ser diferente”.

Dentro de los momentos más impactantes enunció sin titubear la entrada de la caravana en la Plaza de la Revolución, “donde había un silencio sepulcral entre los asistentes y una señora gritó con voz entrecortada: ‘Fidel llegaste victorioso a La Habana y hoy te vas a Santiago con tus sueños cumplidos, ¡buen viaje, Fidel!’ ”. Esta es una frase aún difícil de soportar para él.

“Otro instante relevante resultó el encuentro con los familiares del Comandante al sacar la urna incineraría del cofre y entregarla, primero, a sus hijos y después al General de Ejército. En esos minutos me sentí el pecho muy apretado”.

Afirma que este homenaje ha sido su ceremonia más importante, “porque nunca nos preparamos para realizarla, pues los cubanos lo soñamos eterno. Mas todos actuamos con la mayor disposición. Eso lo logró Fidel, hizo tanto en vida, que en la muerte removió lo mejor de nosotros”.

— ¿Qué sucedió en el poblado de La Vallita que los hizo entrar en posición de firme y saludando?

Allí llovía mucho. La tarde se puso muy oscura, el cofre no se veía y había muchos pioneros a la orilla de la carretera. Se debía tomar una decisión: o se veía el cofre del Comandante, o nos parábamos para marcarlo, o gritábamos: ¡Viene aquí! Entonces di la orden de ponernos de pie y saludar militarmente, pues el vehículo con el armón tenía que distinguirse. Las personas allí reunidas al instante exclamaron: “¡Ahí viene Fidel!, ¡ahí viene Fidel!”. Ellas no merecían estar de pie tanto tiempo, bajo el aguacero, y no observar las cenizas cuando pasaran.

Por momentos aparecen algunas irregularidades en su voz hasta que logró articular: “Participar en este homenaje me ha hecho sentir una mejor persona, padre y esposo, pues es gratificante el orgullo que experimentan mis familiares y amigos.

“Al mismo tiempo, me considero más humano y seguro, como la consigna que gritaban todos casi encima de nosotros: ¡Yo soy Fidel! A mí me daban ganas de gritar: ¡Yo también!, pero no podía. Estas muestras de cariño me fortalecían y ese es el sentimiento que albergo ahora: la satisfacción de haber cumplido y la insatisfacción de no poder hacer más”.

El teniente coronel se honra de cumplir años el mismo día que el Comandante y, por esta coincidencia ha vivido todos sus aniversarios con el placer de celebrar también el de él. Por ello representó un compromiso rendirle honores en su camino hacia el lugar donde hoy reposan sus cenizas”.

—En ocasiones le vimos hablar a Fidel…

—Asumí que lo llevábamos vivo. Por eso, cada noche, en el lugar donde lo coloqué, ceñí la bandera al cofre y luego palpaba con ambas manos el cedro que lo protegía, así como lo deseaba el pueblo de Cuba. Para sentirlo presente.

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