No hay peor sordo…

Por: José Ramón Rodríguez Ruiz / 11-10-2017

“A las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, una explosión hundió al acorazado Maine fondeado en la bahía de La Habana”.

Ecured

Cuando desde los medios de prensa de EE.UU. comenzaron a tejerse las tramas de esta ya extensa historia de supuestos “ataques” contra personal diplomático de ese país en Cuba, una señal de alarma se encendió de inmediato en la mente de quienes, acostumbrados a observar el comportamiento histórico de nuestro vecino continental, hemos constatado que es usual la práctica de valerse de pretextos para el logro de objetivos políticos.

Al retirarse Barack Obama de la Casa Blanca, dejando en su silla a un controvertido e inusual relevo, las relaciones entre Cuba y los EE.UU. atravesaban por su mejor momento en años.

No hablamos de amistad, como es lógico, pero muchos sinsentidos que por décadas habían signado los vínculos entre ambas naciones comenzaban poco a poco a desvanecerse, y cada parte se presentaba ante el tablero del ajedrez bilateral, con sus propios retos y objetivos, pero con mutuos beneficios.

El número de visitantes estadounidenses crecía exponencialmente; los vuelos aumentaban; los cruceros elevaban sus visitas y se abrían nuevas rutas; la agresividad del discurso y la retórica retrocedían ante el empuje de una paz en superficie, que bajo las aguas contenía –y contiene– todos los elementos de una cruenta guerra ideológica, simbólica y cultural, por solo citar tres elementos.

Donald Trump dio tempranos pasos para cambiar todo eso. Desde sus primeras acciones podía preverse tal intención: su ofensa a Fidel en ocasión de su partida física; sus reuniones en Miami con los despojos de la brigada mercenaria 2506; sus cenas con Marco Rubio; y otros, fueron movimientos que de inmediato apuntaron a un posible cambio en el rumbo de las relaciones bilaterales.

Pero Trump y sus asesores no deben haber tenido fácil la imposición de una agenda de retroceso en el llamado “deshielo”. Existen en EE.UU. fuertes defensores y promotores del “método Obama”, por considerarlo más beneficioso para los intereses de EE.UU. y porque a todas luces, si lo permitimos, pudiera resultar más efectivo para la destrucción de la Revolución Cubana.

Por ello el camino a elegir para el retroceso en las relaciones bilaterales tendría que evadir las sólidas piezas plantadas por su antecesor, muchas de las cuales poseen un impacto directo en los ciudadanos estadounidenses y sus intereses. Sería mucho más fácil si Cuba hiciera algo que justificara el retroceso. Si la Isla no fuera un lugar seguro; si “nos portáramos mal”; entonces EE.UU. actuaría en represalia y contaría con el apoyo de la opinión pública, eficientemente asesorada por la maquinaria mediática que ha puesto en escena la obra de ficción llamada “ataques acústicos en La Habana”.

Con lo anterior he transmitido mi punto de vista. Puedo estar equivocado. Pero como dijera una sabia colega en días recientes ante las muchas preguntas que este escenario genera, “solo hay palabras difíciles de digerir y una epidemia de sordera colectiva” en los predios de las autoridades estadounidenses, que no fue ocasionada por ataques sónicos, sino por su propia intención de hacer de víctimas, para justificar sus ulteriores acciones contra el presunto victimario.

¿Pues adivinen qué? En este juego peligrosísimo parece que nosotros sostuvimos el arma sonora que afectó a los diplomáticos y espías estadounidenses en Cuba. Es increíble como el absurdo juego de mentiras no ha reparado en evitar confesar lo que todos sabemos: que la embajada yanqui es un puesto de mando del espionaje y la subversión contra Cuba.

¿Cómo acabará? Difícil saber. Solo los promotores saben a dónde quieren llegar con este nuevo capítulo. Lo inmediato parece ser que todo lo logrado por el presidente Obama –que no era mucho, pero era útil– comienza a escaparse por el agujero que este episodio ha abierto en el espacio político que separa a ambas naciones.

Hay que aguardar y alistarse. Estar claros de que nos asiste la razón en la defensa de una convivencia pacífica y mutuamente ventajosa. Trump pasará como pasaron otros 11 antes que él, si es que no arrastra al mundo a una debacle definitiva en sus peligrosos jugueteos nucleares con la República Popular Democrática de Corea o con Rusia.

Cuando pase y su sucesor defina su política hacia Cuba, nosotros estaremos listos para seguir avanzando y los sordos de hoy tendrán que empezar a escuchar como triunfan, por sobre la soberbia y las ambiciones, la justicia y la verdad de un pueblo decidido a ser libre a su manera, y a insistir en el camino elegido por su Revolución socialista, que cien conspiraciones como esta de los “ataques”, no han podido interrumpir.

Por lo pronto parece que la estrategia de los aliados del retroceso está teniendo éxito y diplomáticos de aquí y de allá hacen sus maletas y vuelven a sus hogares. Luego el pretexto no importará, el daño estará hecho. ¡Alerta cubanos! El Maine acaba de estallar nuevamente ante nuestros ojos, y apenas hemos tenido tiempo para darnos cuenta.

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