La forja del soldado (parte final)

Por coronel (r) René González Barrios / 07-08-2017

La historia

En los momentos iniciales de su vida, nutrió Fidel su acervo militar. La historia, como inagotable manantial de enseñanzas, le mostró el camino de la victoria. La analizaba minuciosamente, hasta en sus más mínimos detalles, para interpretarla con profundidad y convertirla en una inigualable arma de combate. Devorador de cuanto libro de la epopeya cubana del siglo XIX cayó en sus manos, supo sacar de ellos lecciones útiles para emprender el camino victorioso de la Revolución socialista que organizó y dirigió triunfal. De su análisis y materialización, surgió un pensamiento militar creador, dialéctico y flexible que ha revolucionado y adecuado los conceptos del arte militar a las condiciones concretas de nuestro país.

Por caprichos o simples coincidencias de la historia, muchas de las acciones de su vida de combatiente lo asemejan a los próceres de nuestra independencia.

Como Céspedes al inicio de la guerra quedó con doce hombres, y como él, optimista, sentenció que ahora sí ganaba la guerra.

José Martí creó el Partido Revolucionario Cubano como fuerza unitaria para la organización y conducción de la guerra. Fidel, con similar propósito, fundó un movimiento incluyente para la dirección de la guerra: el Movimiento 26 de Julio.

Los próceres de la independencia concluyeron que la guerra se ganaba invadiendo el occidente del país y al igual que ellos, Fidel organiza y ordena la campaña invasora.

La historia combativa de nuestra patria refleja que los jefes siempre han sido los primeros ante el peligro y ejemplo de valor y temeridad, de ahí su ascendencia sobre las multitudes. Fue la enseñanza de Céspedes, de Agramonte, de los Maceo, de Serafín, de Martí, y de muchos otros caídos en acciones de guerra, y de Gómez, de Calixto, de Vicente García y otros jefes independentistas a quienes la suerte respetó su osadía y arrojo.

De aquellos próceres aprendió Fidel el ejemplo del valor, del que ha hecho culto a lo largo de su vida combatiendo en el Moncada, desembarcando del yate Granma , peleando en las arenas de Playa Girón o en las montañas del Escambray; desafiando tempestades ya sean enviadas por la naturaleza o fomentadas por el imperialismo. Su inmediata presencia el 4 de agosto de 1994 ante los disturbios antisociales en el malecón habanero, es el más vivo ejemplo de resolución.

Como José Martí, que empeñó su palabra de comenzar la guerra en 1895, tras el fracaso de la expedición de Fernandina y marchar ese año a Cuba, “en una cáscara o un leviatán”, Fidel había empeñado la suya al afirmar que “[...] en 1956 seremos libres o seremos mártires”. Ambos cumplieron.

La odisea del yate Granma es comparable por su significación histórica y los avatares de su organización y travesía con los gloriosos desembarcos de Martí y Gómez en Playitas de Cajobabo y de Flor y Maceo en Duaba.

En su carta póstuma al mexicano Manuel Mercado, José Martí expresaba con meridiana claridad que cuanto había hecho y haría en lo adelante era para impedir el expansionismo de los Estados Unidos sobre nuestras tierras de América. En 1958, en carta a Celia Sánchez, Fidel reconoce que cuando termine la guerra de liberación, empezaría una más larga y grande contra el imperialismo yanqui.

Innumerables serían los ejemplos para citar y las coincidencias de la historia. Todos nos llevarían a la conclusión del propio Fidel de que estamos en presencia de una misma obra revolucionaria, que desde el 10 de octubre de 1868 continúa prolongándose en el tiempo, ahora bajo la conducción y el ejemplo personal de aquel niño que al abrir por vez primera sus ojos en una oscura noche de Birán, se percató, hace 80 años, de que su glorioso destino era ser guerrillero.

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