La forja del soldado (tercera parte)

Por coronel (r) René González Barrios / 05-08-2017

El bogotazo

En abril de 1948 tendría lugar en Bogotá, Colombia, una cumbre de la Organización de Estados Americanos. El joven Fidel Castro concibe la idea de realizar, paralelamente, en la propia ciudad de Bogotá, un congreso latinoamericano de estudiantes para manifestarle a los Estados Unidos y los gobiernos lacayos del continente, algunas verdades de las que aquella organización con toda seguridad no hablaría, entre ellas, la democracia en Santo Do-mingo, la devolución del Canal de Panamá, la independencia de Puerto Rico, y la desaparición de las colonias que aún subsistían en América Latina.

Personalmente moviliza jóvenes dirigentes estudiantiles de Panamá, Venezuela y Colombia e invita a la reunión al resto de las organizaciones estudiantiles del continente. Ya en Bogotá, busca el respaldo del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, el político de izquierda más prestigioso de Colombia en aquel momento, con quien se entrevista el 7 de abril, logrando su identificación y apoyo para el congreso.

El 9 de abril tendría con Gaitán una nueva cita, pero ese día, mientras la OEA se reunía, la oligarquía proimperialista asesina al dirigente colombiano. De inmediato el caos. Bogotá se convierte en un infernal campo de batalla. Disparos por doquier. Gentes corriendo sin brújula hacia todos lados. Indisciplina social.

El reino de la anarquía.

Impactado por la noticia, se une a la airada multitud y en la idea de que una revolución popular había comenzado, se dirige como un patriota colombiano más, a tomar la División de la Policía. Participa en su ocupación y buscando un arma con qué combatir, se pertrecha con una escopeta de gases lacrimógenos y una canana con 20 o 30 de esos proyectiles. Forma en una escuadra de combate y un oficial rebelde le cambia el arma antimotines por un fusil con 14 municiones. Entre los improvisados combatientes no había disciplina ni organización.

En medio de una tremenda balacera marcha al cuartel de la sublevada Quinta División de la Policía. Su jefe organiza con cuatrocientos y quinientos hombres, la defensa de la instalación. Fidel no comprende la decisión. Se le acerca y le argumenta: “Toda la experiencia histórica demuestra que una fuerza que se acuartela está perdida”.¹ Estaba convencido que en aquel momento debían predominar las acciones ofensivas y que no se debía dar el más mínimo tiempo al enemigo. Para entonces, confiesa Fidel, “[...] tenía algunas ideas militares que surgían de todos los estudios que había hecho de la historia de situaciones revolucionarias, de los movimientos que se produjeron durante la Revolución Francesa, de la toma de la Bastilla y cuando los barrios se movían y atacaban; de la propia experiencia de Cuba [...]”²

Obedeciendo la orden defensiva que no compartía del jefe colombiano, decide correr la suerte de aquel pueblo hasta que, sofocada la sublevación y conveniada una amañada paz, entrega formalmente las armas y emprende la odisea del regreso a la patria. En Colombia, había luchado por la democracia y la justicia social, quizás sin pensar o meditar entonces que saldaba una deuda con los colombianos que en las guerras de independencia de Cuba, habían peleado al lado de nuestro pueblo, tres de los cuales, José Rogelio del Castillo, Avelino Rosas y Adolfo Peña, fueron generales mambises.

La experiencia teórica militar acumulada hasta entonces por el joven Fidel en tan intensa y fecunda vida, se enriquecía con la práctica que Cayo Confites y el bogotazo le ofrecieron. En lo adelante, su proyecto de revolución estaría más claramente definido, al igual que la idea de cómo llevarla a cabo.

Referencias:

1 Colectivo de autores: Antes del Moncada, Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1986, p.85.

2 Ibídem, p. 86

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