La forja del soldado (primera parte)

Por coronel (r) René González Barrios / 02-08-2017

El joven Fidel

“[...] nací guerrillero [...]”¹ expresaba en mayo de 1985 el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al teólogo brasileño Frei Betto, en reveladora e histórica entrevista recogida para la posteridad en el libro Fidel y la religión…. Tal afirmación la asociaba con el hecho de haber llegado al mundo a las dos de la madrugada, y teniendo en cuenta que la noche es una aliada perfecta e inseparable de la guerra irregular.

Aquel guerrillero en ciernes se convertiría con el tiempo, en uno de los exponentes más altos del pensamiento político militar contemporáneo y uno de los más grandes artistas del arte de la guerra en la historia de la humanidad. Los años iniciales de su vida –niñez, adolescencia y juventud–, fueron decisivos en la formación de este conductor victorioso de hombres y pueblos.

Las condiciones socioeconómicas del entorno donde nació y vivió sus primeros años, se combinaron para influir decisivamente en el carácter de aquel niño, futuro soldado, venido al mundo el 13 de agosto de 1926.

Los campos de su natal Birán le sirvieron para forjar su fortaleza física y su espíritu de aventura, independencia, audacia y temeridad. Allí, como los grandes guerreros de la historia universal, aprendió a dominar el brío impetuoso de un corcel, a nadar en ríos, arroyos y lagunas, a tirar certeramente con la variedad de armas de fuego que su padre poseía, a explorar y descubrir la riqueza inmensa y variada de nuestra tierra, a andar y desandar nuestra verde campiña descubriendo nuevos senderos, y a desafiar a la naturaleza como si esta pusiera a prueba su entereza y vigor con cada accidente de la geografía insular.

Ver una montaña era un reto quijotesco que cual retador molino, había que vencer, dominar y someter. La cima era el único consuelo concebible; como si desde la altura observara el desigual y complejo planeta por cuya felicidad y justicia estaba predestinado a luchar.

En Birán, aprendió además el valor inmenso de la convivencia social y a sentir como suyos los sufrimientos del pobre y del desvalido. Bajo la austera educación de un padre severo pero justo y bondadoso, dueño de aquellas tierras, el niño creció sin encontrar motivo para sentirse superior o diferente al campesino humilde y laborioso o al sufrido jornalero haitiano que en condiciones precarias trabajaba por la sobrevivencia. Con ellos compartió cuanto estuvo a su alcance: juegos y fantasías, sin escrúpulos raciales, y entre aquellos pobres compatriotas encontró amigos e inspiración. El impacto de aquel conjunto social, marcaría su vida.

Educado en su adolescencia bajo la égida de sacerdotes jesuitas, aprendió con ellos valores como la austeridad, la disciplina, la tenacidad, el sacrificio, la franqueza, la rectitud, la valentía, el amor al trabajo, a la autosuperación, el sentido del honor y la dignidad personal, atributos todos de un militar. Aprendió además a vivir sobriamente, como los apóstoles, y a tener una fe inquebrantable en la victoria.

Ellos estimulaban su tesonera resolución para el deporte, el alpinismo y la exploración, actividad esta última en la que fuera nombrado “general jefe de los exploradores”. Fue su primera “jerarquía militar”.

En las sagradas escrituras encontraría no el dogma que enajena, sino la riqueza espiritual de una historia moral de justicia, equidad, sacrificio y lucha, y sobre todo, las múltiples enseñanzas militares implícitas en la Biblia. “Siempre me interesó la historia sagrada por su fabuloso contenido”,² confesaba a Frei Betto. Sin proponérselos, los jesuitas contribuyeron de manera decisiva en la formación militar del joven Fidel. Su sed insaciable de conocimientos lo sumergió entre los más disímiles libros, en los que priorizaba el estudio de la historia universal y la geografía. Descubre a Martí, con quien se siente irremediablemente identificado por múltiples razones. Por coincidencia, ambos son hijos de militares españoles. Doña Leonor, la madre de Martí es canaria, y de Canarias desciende la pinareña Lina Ruz, su madre. Ambos son ascetas, humildes, desinteresados e incansables. Ambos son además profundamente humanistas y antimperialistas. Fidel lo asume, lo reencarna, y da continuidad a su obra apostólica y revolucionaria. Enriquece el pensamiento martiano con Marx, Engels, Lenin, y las propias experiencias de la historia patria. Como pocos, estudia nuestras guerras independentistas y saca de ellas profundas conclusiones en lo político y lo militar. Reflexiona en torno a la historia con visión de futuro.

En septiembre de 1945, con la cabeza repleta de ideas y proyectos sociopolíticos, llega Fidel al Alma Mater de La Habana para estudiar la carrera de leyes. Internacionalista como Bolívar y Martí, muy pronto asume la presidencia del Comité Prodemocracia Dominicana de la Universidad, se convierte en uno de los principales abanderados de la lucha contra el dictador Rafael Leónidas Trujillo y en activista por la independencia de Puerto Rico.

Dos episodios relevantes sellan por entonces la impronta internacionalista del joven Fidel: la expedición de cayo Confites, y su presencia en el bogotazo.

Referencias:

1Fidel Castro Ruz: Fidel y la religión, Conversaciones con Frei Betto, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1985, p. 97.

2- Ibídem, p. 151.

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