Satrapía batistiana

Por coronel (r) René González Barrios / 22-07-2017

Alberto del Río Chaviano, por muchas razones gozó en Cuba de merecida y nauseabunda fama. La tenía antes del 26 de julio de 1953 cuando manchó sus manos con la ignominia y el crimen, al ordenar el asesinato de los asaltantes al cuartel Moncada, heridos o prisioneros, para saciar la sed de venganza del dictador Fulgencio Batista.

De capitán del ejército y jefe del escuadrón de la Guardia Rural de Palma Soriano, por sus vínculos familiares con el brigadier Francisco Tabernilla Dolz, el viejo Pancho, de quien era concuño, pasó a coronel el 10 de marzo de 1952.

Fulgencio premió su lealtad repitiendo la vieja táctica de pagar fidelidad con ascensos violatorios del escalafón y los reglamentos militares. Él mismo, había pasado súbitamente en septiembre de 1933 de sargento a coronel y a jefe del Estado Mayor del Ejército. Así hizo el día del golpe con sus acólitos.

El 10 de marzo de 1952, al conocer el golpe, Chaviano abandonó su puesto de jefe de destacamento de la Guardia Rural en Palma Soriano para asumir el mando del Regimiento Uno de esta en Santiago de Cuba, radicado en el cuartel Moncada. El todopoderoso militar, sobradamente conocido por sus desmanes y adicción a prostíbulos y bares, en especial los de Caimanera, comenzaría a dejar por doquier inescrupulosas huellas.

Chaviano se encontraba fuera del cuartel... y de su casa el 26 de julio. Se apareció después de las ocho de la mañana, cuando ya las acciones habían concluido. Justificó la ausencia con el argumento de que fuerzas revolucionarias –que solo existieron en su imaginación– tenían cercada su residencia en playa Ciudamar.

Por la tarde convocó a la prensa para acusar como principal responsable del asalto al expresidente Carlos Prío Socarrás, al dirigente ortodoxo Millo Ochoa y a Fidel Castro Ruz como autor material. En la intervención hizo prevalecer las mentiras, ofensas e injurias.

Comenzó entonces uno de los hechos más repudiables de nuestra historia, solo comparable con el masivo fusilamiento en 1873, en el propio Santiago de Cuba, de los expedicionarios del Virginius o con los crímenes allí cometidos por el tristemente célebre Arsenio Ortiz, durante el machadato. Chaviano, tan inescrupuloso como el general español Juan Nepomuceno Burriel, se ensañó con los prisioneros y generalizó la carnicería.

Tan pronto culminaron las acciones militares, incitado por el general Batista, comenzó el asesinato de heridos y prisioneros. No tuvo límites. Santiago se convirtió en un infierno. Encomendó la represalia al comandante Andrés Pérez Chaumont Altuzarra, jefe de Operaciones del regimiento, quien se presentó mucho después que Chaviano.

Durante el ataque a la fortaleza santiaguera cayeron en combate cinco jóvenes revolucionarios; el resto quedó prisionero o herido. En pequeños grupos los sacó Chaumont hacia las afueras de la ciudad para asesinarlos. A las pocas horas, cuarenta y cinco patriotas aparecieron como si hubieran caído en combate. Sus cuerpos mostraban las más aberrantes torturas: ojos sacados, prisioneros enterrados vivos... Solo la intervención de monseñor Enrique Pérez Serantes, arzobispo de Santiago, evitó una masacre mayor.

El mismo 26, Chaviano citó a la prensa al cuartel, para que fotografiaran los “muertos en combate”. Después de hacerlo, les obligó a entregar los rollos fotográficos bajo amenaza de drásticas represalias.

Aunque en la acción de Bayamo, durante el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, no hubo bajas entre los revolucionarios, horas después aparecieron los cadáveres de diez de los que resultaron prisioneros.

Al día siguiente de la acción, Batista habló al país desde Columbia, en La Habana, y dijo que los asaltantes habían tenido treinta y tres muertos. Al finalizar la semana, eran más de ochenta. Contra toda lógica, fueron combates donde inexplicablemente, no hubo heridos.

Batista viajó a Santiago el 2 de agosto de 1953. Visitó el hospital militar, e hizo política con el suceso. Con la Cruz de Honor condecoró la bandera del regimiento y otorgó a los soldados caídos, con carácter póstumo, la medalla del Mérito Militar con distintivo rojo, ascendiéndolos al grado inmediato. Habló a las tropas, en el patio del Moncada, sobre valores y Patria.

En una parte del discurso dijo: “A los actores directos e inmediatos, a los que dirigían esos grupos facciosos les han ocupado voluminosas libretas de cheques, unas nacionales y otras extranjeras, y también cheques de viajeros, propagandas soviéticas y libros de Lenin...”.¹

Se refirió en aquella intervención pública al pundonoroso Chaviano y elogió sus virtudes. También las del comandante Chaumont y el teniente Lavastida, conocido por el apodo de Masacre. Sin embargo, el pueblo, sabio e indignado, bautizó a Chaviano con dos motes grotescos: hiena y chacal de Oriente. La mentira y la manipulación mediática fueron las armas de Batista en aquel discurso. Ni una palabra sobre el destino de los heridos y prisioneros.

Obsesionado con Fidel, Chaviano, por órdenes de Batista, lo mantuvo incomunicado y aislado del resto de los prisioneros y preparó contra él varios planes de asesinato. Ideó y publicitó, un supuesto plan de fuga con el objetivo de eliminarlo bajo el pretexto de evasión.

Pretendió, en su ofuscación, envenenarlo en la cárcel de Boniato, cuando se preparaba el juicio por los sucesos del Moncada. El oficial seleccionado para ejecutar el crimen, se negó a hacerlo. Con su actitud se ganó la admiración de los revolucionarios y el odio feroz de su jefe, quien lo hizo prisionero y expulsó del ejército, por lo cual se vio obligado al exilio.

Meses después, a la salida de los revolucionarios de la prisión de Isla de Pinos, Chaviano hizo pública una carta donde refería el supuesto peligro que constituía la libertad de los moncadistas. Fidel le respondió con un contundente artículo: ¡Mientes, Chaviano!

Como premio al impúdico sadismo, el 5 de diciembre de 1957 , Chaviano fue ascendido a general de brigada y el comandante Pérez Chaumont Altuzarra, ese propio mes, a teniente coronel, mientras desempeñaba en México el puesto de agregado militar. Al año siguiente, lo sería en Washington.

Después de los sangrientos sucesos, Alberto del Río Chaviano continuó siendo el mismo nefasto personaje de siempre. Su pretexto de inspeccionar las dependencias del Regimiento Uno, se trasladaba con frecuencia a Caimanera, Guantánamo y una vez allí, entre la lujuria del burdel más grande y espantoso del Caribe, se daba sus saltos a la Base Naval de Estados Unidos.

En aquella vida licenciosa y en la villa de nauseabundo placer, tuvo por rival a Rolando Masferrer, el famoso jefe de la organización paramilitar Los Tigres, igualmente adicto a los prostíbulos del empobrecido poblado. Quizás de aquella rivalidad generada por la corruptela, hayan surgido las acusaciones de Masferrer contra el “duro” Río Chaviano, de ser “blando” con los revolucionarios.

Nombrado jefe de operaciones del ejército de Cuba durante la Operación Verano, en 1957, trasladó su puesto de mando de Santiago de Cuba a la ciudad de Bayamo; mas, todo el tiempo evitó subir a la Sierra Maestra. Después se le encomendó la dirección de las operaciones desde Santiago hasta Maisí.

Hombre sin escrúpulos, famoso como rumbero y trasnochador, mientras era jefe del Regimiento Leoncio Vidal en Santa Clara, en noviembre de 1958 conspiró contra Batista, quien, apenas sin dar crédito a la deslealtad, el 29 de diciembre lo destituyó del cargo. No sabía el tirano que un día antes, sin consultarle, Río Chaviano, después de visitar con su concuño Tabernilla al embajador de EE. UU. en La Habana, seguro de la derrota y temeroso de la justicia revolucionaria, partió a República Dominicana bajo la protección del general Rafael Leónidas Trujillo y de su íntimo amigo, el gánster cubano Policarpio Soler Cruz, a través del cual, tiempo atrás, importaba de contrabando, fusiles San Cristóbal.

Llevaba consigo el dinero que le proporcionaban sus acciones en la Compañía Agrícola Arrocera Maceo S.A., y de sus fincas dedicadas al cultivo de ese cereal en Santa Cruz del Sur y en Florida, Camagüey. En la conciencia, el peso tormentoso y acusador de sus crímenes.

El teniente coronel José María Salas Cañizares, émulo en los nauseabundos méritos de Chaviano, y hermano del no menos sátrapa general Rafael Salas Cañizares, también huyó a Santo Domingo la víspera del triunfo revolucionario. Muy pronto visitó a su compañero de crímenes y, públicamente, le dio un par de bofetadas por su actuación en Santiago y la traición a Batista.

Bajo la protección de Trujillo, en 1960 Del Río Chaviano dirigía en República Dominicana y Haití, entrenamientos a grupos de contrarrevolucionarios cubanos para utilizarlos en agresiones contra la Isla. Al decir del coronel Orlando Piedra, furibundo batistiano, Chaviano murió en el exilio, olvidado por sus enemigos y odiado por sus amigos.

Referencia:

1 Castro Ruz, Fidel: La historia me absolverá, edición anotada, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1993, p. 140.

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