Santiago de Cuba: el sueño cumplido en el Moncada

Por coronel Gustavo Robreño Díaz / 21-07-2017

Ante el tribunal que lo juzgó por su responsabilidad en el levantamiento revolucionario del 26 de julio de 1953, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz destacó el “valor, civismo y coraje” del pueblo de Santiago de Cuba. En su vibrante alegato de autodefensa el líder de la Revolución cubana fue categórico en afirmar: “[...] si el Moncada hubiera caído en nuestras manos ¡hasta las mujeres de Santiago de Cuba habrían empuñado las armas![...]”.

Y no era aquella una convicción fundada únicamente en la exaltación de la heroicidad colectiva y anónima, protagonizada ese día por tanta gente humilde, en cualquier esquina de sus empinadas calles. Tal aseveración tenía antecedentes muy hondos, desoídos –eso sí– como era usual entre los políticos y la prensa de entonces.

Ya dieciocho años antes de la heroica mañana de la Santa Ana, el destacado revolucionario y combatiente internacionalista, Pablo de la Torriente Brau, había augurado que aquella ciudad se preparaba “para exigir y luchar”.

Aunque había nacido en Puerto Rico, Pablo se sentía cubano y, particularmente santiaguero, pues a la indómita ciudad lo ataban remembranzas de la infancia. Fue hasta allí que se trasladó su familia desde la vecina Borinquen cuando él tenía ocho años. Junto al recuerdo de los Maceo, Crombet y Guillermón; tan cerca de Céspedes y Martí; aprendió a amar esta tierra como el que más.

Haciendo derroche de talento llega a ser un periodista que, estudiosos catalogan de “incesante, renovador y combativo”. Desde las páginas del diario Ahora, creado en enero de 1931 en plena lucha contra la dictadura de Gerardo Machado, sienta pautas de cronista comprometido con su tiempo e ideas de emancipación y justicia social.

Luego de la caída del tirano, desde enero de 1934 hasta febrero de 1935, publica en Ahora una serie de artículos magistrales, en los que de forma directa, llama cada cosa y a cada cual por su nombre, denuncia cuanto del machadato perduraba, tras aquella frustrada revolución que, al decir de Raúl Roa, “se fue a bolina”.

“[...] bella, sucia y pobre”

Es así que en dos partes, el 7 y 8 de febrero de 1935, publica Pablo la crónica: “Santiago de Cuba. La ciudad abandonada”, cuya primera acusación es el “estado de desidia oficial” en que se encontraba la urbe santiaguera, a la cual de modo magistral y en un lenguaje al más puro estilo lorquiano compara con una gitana de feria: “[...] bella, sucia y pobre”.

Y sentencia colérico: “¡Parece que toda la miseria de Cuba se ha refugiado en Santiago! [...] nada se construye [...] nada se hace hoy allí”.

Detalla, como quien enumera los percances de un ser amado, que las carreteras estaban destrozadas; las calles sin pavimento; el acueducto sin agua; la ciudad sin alcantarillado y los repartos parecían, ahora evocaba a Dante, “[...] construidos con los restos de algún enorme incendio o cataclismo [...]”.

Sobre el tema del deficiente abasto de agua asevera que, cuando se ha pensado en algún “buen negocio” se solicitaba y aprobaban créditos para nuevos acueductos “[...] que nunca se han terminado [...]”. Santiago de Cuba era, aseguraba, no ya la segunda población de la Isla por el número de sus habitantes, sino la segunda de toda Centroamérica y el Caribe “[...] y a pesar de ello no tiene agua suficiente ni buena [...]”.

Denuncia que igual situación tenía el sistema de alcantarillado. Ilustraba cómo, por el centro de las calles corrían “[...] arroyos de inmundicias [...]” y las cañadas insalubres recorrían varios kilómetros a través de los barrios pobres de la ciudad, antes de desaguar en la bahía.

Resume este abandono a que las clases pudientes de la época sometían a la hospitalaria ciudad, de forma cruda y sin rodeos: por falta de agua, por falta de alcantarillado, por falta de créditos suficientes para la limpieza, decía, Santiago de Cuba; su Santiago de Cuba era “[...] la ciudad más antihigiénica de Cuba, y como consecuencia lógica, la más enfermiza de la República [...]”.

En añadidura, ahonda en el tema de la salud pública, la entonces capital de Oriente no tenía un hospital municipal, ni de maternidad, ni infantil, ni sanatorio para tuberculosos, ni clínica de cancerosos “[...] ¡ni nada! [...]”. Solo el viejo hospital provincial que Pablo calcula construido “en el tiempo de Polavieja”, es decir, de la época colonial, y tenía como plantilla “[...] solo cinco médicos con sueldo, incluyendo al director [...]”.

Tocante a las condiciones de la enseñanza pública, Pablo denuncia cómo los dos mil quinientos alumnos del Instituto de Oriente se agrupan en un edificio con capacidad solo para cuatrocientos y en donde cualquier aguacero obliga a suspender las clases dadas “[...] en el patio, al sol, por falta de aulas [...]”. Alerta, además, que dicho edificio –un viejo hospital militar español– Vaticinó el Moncada: Santiago de Cuba busca un remedio; lo ha de encontrar [...] ¡y pronto! tan deteriorado por los terremotos y el abandono que “[...] el día menos pensado se cae y aplasta a centenares de estudiantes [...]”.

Referente al mal estado de la red vial, se lamenta de que la ciudad solo contara con un acceso en relativo buen estado, a través de la Carretera Central, y el resto de las carreteras estuvieran “[...] destrozadas y cada día más inútiles para el tránsito [...]”. Ejemplifica cómo para llegar a lugares de interés histórico, entre ellos la Loma de San Juan, el Fuerte El Viso o el Árbol de la Paz –vinculados todos con el fin de la dominación colonial española y la ocupación norteamericana de la Isla–; se necesitaba “[...] ser tan heroico como los propios soldados de Vara del Rey [...]”

Va a luchar... ¡y a cumplir!

Ahora bien, más allá de todo ello, la tensión vivida en esa ciudad tampoco le es ajena; Santiago de Cuba “está bajo el terror”, dice. Narra cómo circulaban por las calles patrullas del ejército conminando a retirarse a sus casas a los peatones y cómo “[...] de vez en cuando estalla alguna bomba”.

Y he aquí que, como preludio de cuanto sucedería el 26 de julio de 1953, Pablo vaticina que esa ciudad, cuna de Antonio Maceo y losa de José Martí “[...] busca un remedio; lo ha de encontrar [...] ¡y pronto! [...]”.

Santiago de Cuba, advierte: “[...] está cansada de aguantar y se prepara a exigir y a luchar [...] y lo va a conseguir de la única manera que hoy se consiguen las cosas [...]” y anuncia sin asomo de la más mínima duda que, en aquella tierra, escenario de la viril Protesta de Baraguá, esa promesa “[...] será cumplida [...]”.

Pero no solo eso vislumbra. Pablo vaticina, predice y presiente la acción heroica de la generación del centenario y su trascendencia en la historia Patria. Qué y no otra cosa intuye cuando asegura: “[...] si se deja tomar cuerpo a este movimiento [...]¡nadie sabe hasta cuántas cosas inolvidables veremos en Santiago de Cuba! si ahora, como antes, lanza su reto de rebelión y los incontables pueblos abandonados de la Isla imitan su ejemplo [...]”.

Tampoco en ello erró su prédica. El grito de rebelión santiaguero, aquel 26 de julio, fue escuchado más allá de sus empinadas calles e indoblegables montañas. Esos “incontables pueblos abandonados de la Isla” escucharon su grito, imitaron su ejemplo y se inició el camino conducente a la Revolución. Esa, a la que el propio Pablo llamó, “Mi esperanza”.

Aunque lo predijo, no pudo ver cumplido su augurio de rebeldía santiaguera en el Moncada, ni hecho verdad, en 1959, su sueño de revolución. Cuando la juventud del centenario liderada por Fidel fue al Moncada para cumplir “el sueño de mármol de Martí”, hacía 14 baños que Pablo había caído combatiendo al fascismo en las afueras de Madrid, “con el sol español en la cara y el de Cuba en los huesos”.

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