Con nombres de mujeres

Por Isaura Diez Millán / 19-07-2017

Un soldado ayuda a Haydée Santamaría en la estación de trenes. Ella le agradece por cargar sus maletas. El equipaje pesa, pero para el uniformado resulta muy agradable asistirla. No puede imaginar que en sus manos estén las armas del asalto.

Abel la mira atónito, sin saber las consecuencias. Camino a la granjita Siboney reprende la travesura. Mientras, en La Habana, Melba Hernández adquiere una caja de gladiolos para ocultar escopetas, su destino también era Santiago de Cuba. Las amigas, separadas, albergaban la angustia de quedar fuera de las acciones. A la hora cero, ambas tenían el derecho a participar.

En la noche del 25, muchos compañeros desconocen aún el objetivo. Las jóvenes limpian la casa y acomodan colchonetas por doquier. Verlas calma los nervios e incentiva la admiración.

Al día siguiente, Fidel les pide que esperen allí el desenlace de las acciones. Inconformes, manifiestan su deseo de formar parte de los sucesos: su involucración no se restringiría a los preparativos. El doctor Mario Muñoz intercede a favor de ellas, el jefe las autoriza y parten hacia el hospital civil Saturnino Lora, donde encontrarían a Abel y ayudarían con los heridos.

Ante la irrupción de los batistianos, se hacen pasar por madres acompañantes en una sala de niños. Una delación posibilita la captura. Hubiese sido mejor morir en la pelea, piensa Haydée. Las muchachas presencian el asesinato por la espalda del doctor Muñoz, herido anteriormente por un guardia.

En prisión les rodean sangre y tortura. No pueden reconocer a los compañeros salvajemente desfigurados. Esperan lo peor. Una ráfaga anuncia la muerte de Abel y el grito de Haydée la traslada a otra dimensión, más lúgubre, de mayor carácter.

Un sargento trae la mano ensangrentada, lleva un ojo humano. Amenaza a Haydée con sacarle el otro a su hermano si no delata a los compañeros. Amaba a Abel sobre todo, pero reconoce que si él no había delatado bajo esas condiciones, menos lo haría ella. Luego le enseñan los testículos de su novio, Boris Luis Santa Coloma, y la increpan de igual forma. Morir por la Patria es vivir, contesta. Los soldados pegan en sus brazos colillas de cigarros encendidas... La determinación es más fuerte.

Finalizada la Causa 37, las trasladan al Reclusorio Nacional para Mujeres. Liberadas meses después, se convierten en el enlace principal entre Fidel y los revolucionarios. En sus manos residían la edición, impresión y distribución de La historia me absolverá. Tras el triunfo de 1959, Melba y Haydée reconocerían los ojos de Abel en cada niño beneficiado con el proyecto social de la Revolución.

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