Perseverar hasta la Muerte

Por Héctor Arturo / 11-07-2017

A pocos días del golpe militar de Fulgencio Batista, ya Fidel sabía que a la fuerza reaccionaria había que responder con la fuerza revolucionaria. Utilizó las llamadas vías políticas para enfrentar a la oprobiosa dictadura de sargentos convertidos en generales de la noche a la mañana; mas, las puertas se fueron cerrando. Solo quedaba una. Pero era necesario abrirla para rescatar la libertad mancillada, y dar inicio a la definitiva independencia de la Patria. Jamás cejó en su empeño. Siempre, aun en los instantes más difíciles, mantuvo incólume su fe en la victoria, su seguridad en que si el pueblo se sumaba a la lucha, todo sería posible.

Inició su tarea titánica de agrupar hombres puros, honrados, valientes, decididos, patriotas, fieles y martianos, que echarían a andar las ruedas de la historia, detenidas en el tiempo por corruptos, ladrones, malversadores, torturadores y asesinos con ansias de poder y de enriquecerse a costa de la miseria, las enfermedades, el hambre, el sudor y la sangre del pueblo.

Su voz vibrante tañía como la campana de la Demajagua. Y ya no se detuvo un solo segundo de su vida, consagrada por entero a la causa de la libertad.

Sin dinero, sin empleo, solo inspirado en las ideas del Apóstol y en su fe inquebrantable en que se podía cambiar todo lo que tenía que ser cambiado, comenzó los trajines organizativos, en medio de las más estrictas medidas de seguridad, de clandestinidad y compartimentación, conocedor de “en silencio ha tenido que ser [...] porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas [...]”.

Hablaba, atraía, sumaba, orientaba, entrenaba, ordenaba, escribía, organizaba, trazaba planes y convencía sobre las bases de los principios, confiado en que “una idea justa, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército”.
Logró el milagro de incorporar a más de mil doscientos jóvenes al movimiento encabezado por él. De ellos poco más de ciento cincuenta fueron los escogidos para la acción del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba y Bayamo.

No había armas para más. Las existentes, fueron adquiridas con los aportes voluntarios de muchos de aquellos muchachos quienes, al ponerse los uniformes del ejército en la granjita Siboney, se vestían de héroes eternos de la Patria.

Muchos y grandes fueron los sacrificios de todos. Horrendos, los crímenes de las bestias batistianas contra los patriotas que aquel amanecer desearon fuera otra vez el de Yara o el de Baire.

Fracasada la acción, no vaciló un solo instante en emprender el camino hacia las montañas, para continuar la lucha.
Extenuados él y otros dos revolucionarios que lo acompañaban, resultaron capturados por un militar de honor, el teniente Pedro Sarría, quien repetía a sus soldados sedientos de sangre: “Las ideas no se matan”.

Los intentos de doblegarlo tras las rejas se estrellaron contra una voluntad y principios más fuertes que los barrotes de todas las cárceles del planeta.

El juicio, para evitar se escucharan sus argumentos y prendieran en el pueblo, se le realizó en una pequeña sala de enfermeras de un hospital santiaguero, rodeada de soldados fuertemente armados y con bayonetas caladas.

Condenado, la prisión en la Isla de Pinos sirvió como tregua fecunda, para desde allí trazar nuevos planes de combate.
Liberado, gracias a la presión popular, la tierra de Benito Juárez supo de sus labores en la preparación de una expedición armada, para cumplir con la promesa hecha al pueblo: “En el 56 seremos libres o mártires”.

A bordo del yate Granma, una verdadera cáscara de nuez, en medio de una tormenta, zarpó hacia “el verde Caimán que tanto amas”, como “ardiente profeta de la aurora”, y ni siquiera las enormes olas pudieron ablandar la voluntad de acero.

Solo un motivo netamente humano puso en peligro el reinicio de la gesta: caída al mar de uno de sus compañeros, en plena noche. Ordenó de inmediato girar en redondo y encontrarlo. Desde ya, Fidel y la Revolución jamás dejarían desamparado a ninguno de sus hijos.

Tras el desembarco de los expedicionarios el 2 de diciembre de 1956, el desastre de Alegría de Pío diezmó a su bisoña tropa hambrienta, sedienta, con ropa y botas destrozadas, y rodeada por cientos de efectivos del ejército de la tiranía.

Nada lo detuvo. En Cinco Palmas, cuando logró reagrupar a los suyos con los de Raúl, expresó seguro: “¡Ahora sí ganamos la guerra [...]!” Contaban entonces con siete hombres y cinco fusiles.

Cinco años, cinco meses y cinco días después del asalto al Moncada, la dictadura se desmoronaba ante el empuje del Ejército Rebelde, convertido ya en el pueblo uniformado.

Años después, en la Plaza de la Revolución, manifestó una verdad tallada con sus manos y acciones: “Si ayer éramos un puñado de hombres, hoy somos un pueblo entero conquistando el porvenir”.

Y ese es el pueblo cubano. El pueblo de Fidel, del invencible e invicto Comandante en Jefe, quien ha inculcado en los once millones de compatriotas su fe inquebrantable en la victoria, su convicción de que un mundo mejor es posible y necesario, y para lograrlo debemos estar dispuestos siempre, como él, a perseverar hasta la muerte, esa que no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.

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