Pero Nemesia no llora

Por Héctor Arturo / 02-05-2017

El Indio Naborí describió su dolor en la hermosa y triste Elegía de los zapaticos blancos: aquella niña vio caer muerta a su madre, vio sangrando a sus hermanitos y vio agujereados los primeros zapatos que calzaba en la vida. Cinco décadas han pasado de aquel crimen yanqui, pero Nemesia no llora.

No llora Nemesia porque ya no le quedan lágrimas, tras cincuenta años de llorar a su madre masacrada por la aviación mercenaria. No llora, es cierto. Pero le tiembla la voz cuando vuelve a relatar loocurrido, que se grabó para siempre en sus pupilas entonces infantiles.

Ella cuenta: “No quise separarme de aquel camión destrozado hasta que me dejaran ver a mi madre. Mi padre la había tapado con una sábana ensangrentada, pero yo insistía en verla para creer que estaba muerta, y mi padre tuvo que acceder a lo que pedía.

“¡Y vi a mi madre por dentro, sí señor, la vi por dentro, porque tenía todo el vientre abierto de un lado a otro. Por ese hueco se le fue la vida en un segundo, cuando yo apenas tenía trece años de edad y la necesitaba mucho”.
Todo había comenzado de madrugada, como si fuera una pesadilla.

Abraham Maciques, que en aquel entonces dirigía planes constructivos en la zona, llegó a la humilde choza para orientar que todos debían abandonarla y trasladarse de inmediato hacia Jagüey Grande, porque había iniciado la invasión mercenaria.

De inmediato, Nemesia Rodríguez Montano y los suyos subieron a un camión que conducía su hermano mayor. Ella había recogido el primer par de zapatos visto en su vida, si es que antes de 1959 se le podía llamar vida, cuando las niñas y los niños andaban descalzos por entre las piedras y el fango.

Poco a poco, el pequeño y maltrecho caserío de Soplillar, donde nació el 19 de diciembre de 1947, fue quedando atrás, ya bajo el estruendo de las bombas, la artillería y las ráfagas.

Encima del camión alguien llevaba una sábana blanca, símbolo de paz respetado en las guerras del mundo; menos en las que hacen y dirigen los yanquis, quienes después de masacrar a pobladores civiles, los reportan como “daños colaterales”.

Aquello no fue la excepción. Pero, quizás Nemesia ignore que su nombre, de origen griego, significa justiciera. Y por eso, en miles de ocasiones, ha narrado lo ocurrido el 17 de abril de 1961:

“Un avión grandísimo, que después supe era un B-26, nos pasó por encima cerquita, y hasta vimos al piloto y le dijimos adiós, pensando que era de los nuestros.

“Se elevó, dio la vuelta y comenzó a bajar, y cuando estaba ahí mismitico, empezó a disparar ráfagas contra nosotros.
“Mamá gritaba y elevaba las manos al cielo, como implorando por los más chiquitos, mi hermanito de solo seis meses, dos primitos, una primita y yo; además de ella, papá, abuela y una cuñada.

“El camión no explotó de milagro, pero se fue hacia la maleza del borde del terraplén. De pronto, mamá no gritó más y quedó tendida allí mismo. Papá la bajó y tapó con la sábana, ya ensangrentada. Le vi lágrimas en los ojos, como si mirara con odio para arriba.

“El avión no regresó más. Ya había hecho lo suyo, masacrarnos a sangre fría, a pesar de que el piloto tuvo que haber visto bien que éramos civiles, mujeres y niños, porque si lo vimos perfectamente a él y hasta le dijimos adiós, cómo no iba a vernos. Eso fue un crimen, un verdadero asesinato.

“Mi madre, Julia Montano, una mujer llena de vida, alegre, trabajadora, servicial con todos, había sido asesinada por los aviones yanquis, que apoyaban a los mercenarios.

“Después que la pude ver por dentro, lo cual jamás me hubiera imaginado ni en el peor de los sueños, recogí mis zapaticos blancos, agujereados también por las balas calibre cincuenta, y los llevé conmigo hasta Jagüey Grande.

“Al día siguiente enterramos a mamá. Poco después conocí a ese buen hombre que fue el Indio Naborí. Andaba preguntando por mí, pues ya le habían contado algo de lo ocurrido. Conversé con Naborí y con mis pocas palabras y casi ninguna preparación le narré lo ocurrido. Me dijo que iba a denunciar este crimen yanqui.

“Después leí su poema y lo escuché por radio. Un día lo vi por televisión. Celia Sánchez me mandó a buscar para ofrecerme una beca junto a mis hermanos. Pero, además de cenaguera, soy medio cerrera y aguanté poco tiempo en la escuela, lejos de los míos.

“Dicen que la cabra siempre tira p’al monte. Yo tiré pa’ca, pa’lo mío, que es Soplillar, en el mismo medio de esta ciénaga que es mía, porque aquí nací, aquí perdí a mi madre, aquí tuve mis hijos, aquí conocí a Fidel, y aquí me voy a morir cuando me toque.

“Ahora mire: esta casita es nueva y desde hace mucho tiempo no sé lo que es un ranchito como aquel donde nací y me crié, descalza y sin juguetes, ni libros, lápices, escuelas, maestros, médicos, hospitales.

“Solo me falta terminar la meseta de la cocina, porque ya le hicimos una reparación, para que el tiempo no acabe con ella. Aquí soy feliz, a veces sola y a veces con mi hija Nery, que vive en Jagüey Grande con el marido y las hijas. De vez en cuando se voltea para saber cómo ando de la presión, que es mi única maleza, debe ser por vieja, porque ando ya caminando para los sesenta y cuatro años.

“Los zapaticos están en el museo, para que todo el mundo sepa lo que hicieron aquí los yanquis y los mercenarios. Y siempre digo que ya no tengo lágrimas para llorar, pero tampoco olvidaré aquel horror. Ojalá ningún cubano lo olvide jamás y los que están naciendo ahora lo sepan bien clarito, para que aprendan quiénes son esa gente, que no tienen otro nombre mejor que terroristas y asesinos”.

Referencia:

Revista Verde Olivo No.1 de 2011.

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