Medio siglo después

Por Héctor Arturo / 28-04-2017

Quien haya conocido la Ciénaga de Zapata antes de 1959, y la vea ahora, me dará la razón: ha cambiado, como de la noche a la mañana, especialmente a partir de aquellos días 17, 18 y 19 de abril de 1961, cuando la Brigada 2506, fue derrotada por el pueblo armado, que combatió en defensa del socialismo, proclamado horas antes por Fidel.

Del redimido pantano

Visitarla ahora es un agradable paseo, en especial para los que amamos la naturaleza. Allí confluyen todas las tonalidades del verde y el azul, del naranja y el amarillo, del carmelita y el violeta, como si el arco iris hubiera decidido acompañar eternamente aquel paisaje de historias y leyendas, trasmitidas de generación en generación, como si hubiesen sido escritas o inventadas hoy mismo.

Volvieron a sus posesiones de siempre los cateyes, cotorras, zunzuncitos, tocororos, bijiritas, flamencos rosados, cartacubas y perdices.

Endémicas y autóctonas, la gallinuela de Santo Tomás, la ferminia y el cabrerito de la ciénaga ya no necesitan buscar otro refugio para anidar y alimentarse.

Cocodrilos, tortugas, careyes y jicoteas, majaes de Santa María, jutías y puercos jíbaros retornaron cuando estaban en peligro de desaparecer como especies.

Los bosques han reaparecido. Ni voraces incendios ni destructores huracanes han podido vencer al medio ambiente. Mucho menos a los cenagueros.

Para ellos hay un antes y un después. Ninguno de sus casi ocho mil habitantes, vacila en afirmar que todo comenzó a ser como debía, a partir del primero de enero de 1959.

Si se quiere precisar, dirán con la exactitud de un almanaque parlante que fue a partir de febrero de 1959, con apenas un mes de Revolución victoriosa, cuando se decidió la creación del Parque Nacional Península de Zapata, conjuntamente con el de la Gran Piedra, en el oriente del país.

Las medidas iniciales precisaban comenzar de inmediato la repoblación forestal de ese territorio, actualmente el más extenso municipio de la nación, con cuatro mil trescientos veinte kilómetros cuadrados de superficie, a la vez que el más despoblado, con algo más de ocho mil setecientos habitantes,dos por cada kilómetro cuadrado.

Quienes conocieron por primera vez, lo que era devengar un salario por el trabajo, plantaron miles de casuarinas, eucaliptos, cedros, majaguas, caobas y pinos caribacas, entre otras especies maderables. Un año después crearon el primer vivero en la zona de San Blas, con el fin de evitar el traslado de las posturas desde zonas lejanas.

En menos de siete meses se construyó el terraplén, inaugurado el 5 de noviembre de 1959, que enlazaba hacia uno y otro lado con Jagüey Grande y Covadonga.

Como si se tratara de un cuento de hadas, también surgieron dos pistas de aterrizaje para aeronaves pequeñas; dieciocho escuelas, dos centros con el objetivo de alfabetizar a los iletrados, que eran la inmensa mayoría de los cenagueros; el hospital de Cayo Ramona, varias postas médicas con sus respectivas ambulancias; veintidós
cooperativas de carboneros, una de pescadores; tiendas del pueblo, plantas eléctricas y otras comodidades, como la edificación de asentamientos poblacionales para evitar la dispersión, a veces de decenas de kilómetros de distancia entre una y otra vivienda, si es así podía llamársele a aquellas chozas y vara en tierras de tablas de palma y guano, con piso de polvo o fango, según la época del año.

¿Antes? Cuatro “escuelitas” de tablas y guano, sin pupitres ni pizarras, casi siempre sin maestros, en Cayo Ramona, Soplillar, Bermeja y La Ceiba.

¿Hospitales? ¿Médicos? ¿Enfermeros? ¿Estomatólogos? ¿Ambulancias? ¿Salas de parto? Los cenagueros, para aquellos gobiernos desde 1902 hasta 1959, no necesitaban nada de esos “privilegios”, porque no eran considerados como seres humanos, sino como mano de obra de la más barata y explotada del país.

Condenados a muerte prematura desde que caían en manos de la comadrona, el primer llanto se tornaba eterno, y duró largos siglos, en los cuales las lágrimas humedecían más al terrible pantano.

La electricidad y el teléfono no llegaban siquiera a ser una quimera, porque no podían soñar más que con su hambre, sus callos, sus espaldas rotas por el sol y las espinas del monte, las picadas de mosquitos y jejenes, y con enfermedades seculares, todas curables, y con su fango, con su sempiterno fango.

El 24 de diciembre de 1959 la alegría se apoderó de todos. Un puñado de barbudos, vestidos de verde olivo, llegaron al redimido pantano para cenar en esa fiesta de Navidad. En la Plaza de la Revolución había una cena gigante, presidida por importantes personalidades de la vida política y social del país. Los cenagueros, por supuesto, no sabían nada de ello.Solo recuerdan que aquella primera nochebuena después del triunfo de la Revolución, en uno de los más humildes bohíos de la zona de Soplillar, varios de ellos cenaron, brindaron y cantaron, a la luz de chismosas y candiles, con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Celia Sánchez y otros dirigentes revolucionarios.

Eso no se olvida, aseguran ellos, sobre todo los más viejos, que conservan intactas sus memorias, y hasta se saben las décimas entonadas aquella inolvidable noche, por cenagueros descendientes de canarios, como muchos, que nacieron con esa estrofa nacional en la sangre, y cada vez que tienen tiempo, organizan de ahora para luego un guateque de los buenos, al son del laúd y el tres, y con repentistas que ahora sí saben leer y escribir.

Después llegaron la Casa de Cultura, los cines móviles, la escuela vocacional de arte, las salas de video, la enorme antena de Etecsa, la emisora radial La voz de la Victoria y el Conjunto Artístico Comunitario Korimakao.

En el segundo semestre de 1988, se decidió iniciar allí el Plan Turquino Manatí, que abarca al municipio y a sus aledaños Jagüey Grande, Calimete y Unión de Reyes, y contempla cuatro tareas principales: forestal, pesca, apicultura y turismo, así como la preservación de las riquezas naturales, compatibilizadas con la defensa del país.

La Unesco la proclamó como Reserva de la Biosfera e incluyó en la lista de Humedales de Importancia Internacional de la Convención Ramsar.

El plan para 2011 prevé una sustancial disminución de la extracción de madera en bolos y potenciar la conservación y protección de los bosques cenagueros, con miras al desarrollo del ecoturismo.

Ya en 1951, millonarios estadounidenses y acaudalados criollos frecuentaban la Laguna del Tesoro, para practicar la pesca de la trucha. Dos años después, estos magnates construyeron las primeras casas de recreo, que en 1956 sumaban nueve. Todo quedó en aquella minucia.

Pero en julio de 1961, el Comandante en Jefe, acompañado por el primer cosmonauta, el soviético Yuri Gagarin, inauguró las villas turísticas de Playa Larga y Playa Girón. En enero de 1962 abrió sus puertas el taller de cerámica Guamá La Boca y en julio de ese año comenzó a funcionar la Villa Turística Guamá, con la aldea taína y sus esculturas de aborígenes a tamaño naturales, creadas por Rita Longa.

Cada cenaguero, pues, es un guía turístico en potencia, porque sabe dónde anidan las aves, desovan los quelonios, se conservan las especies como el manjuarí y el manatí. También dónde radica el criadero de cocodrilos, están los museos y dónde pernoctar e ingerir alimentos.

La contemplación de aves, la fotografía, el buceo en sus fondos marinos y en las cavernas subacuáticas, es decir, los llamados Turismo de Naturaleza y de Salud tienen en ese lugar estancias privilegiadas.

Así, que a nadie le quepa la menor duda: los estrategas yanquis se equivocaron, una vez más, cuando decidieron que el desembarco de sus mercenarios en abril de 1961 fuera por la Bahía de Cochinos. ¡La Ciénaga de Zapata ya era en esos instantes un bastión inexpugnable de la Revolución, y los cenagueros todos eran los cubanos más fidelistas!

Referencia: Revista Verde Olivo No.2 de 2011

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