¿Tiene usted acciones de mecanismos belgas?

Por Sonia Regla Pérez Sosa / 12-12-2016

Como parte de esa peregrinación sagrada que realiza cada año a Cuba, Antonio del Conde Pontones, El Cuate, se encuentra en La Habana. Esta vez, durante su visita a la Mayor de las Antillas hizo suya la Casa del Alba Cultural. Asistió a la institución convocado por los integrantes de la revista Verde Olivo, pues fue el invitado de honor durante la presentación de la edición N.5.

Este número especial, tiene como particularidad estar dedicado al 60 aniversario del desembarco de los expedicionarios del yate Granma y día de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Además, se puede encontrar en las páginas de la sección Precursores, una entrevista -inédita hasta la fecha-, realizada por el coronel (r) René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba, a este mexicano que tuvo siempre la confianza de Fidel.

Tras la exposición de los contenidos, El Cuate intercambió con el público asistente algunas impresiones y anécdotas suyas con el Comandante en Jefe de la Revolución. Consideró esta, una manera de revivirlo todo de nuevo.

Comenzó relatando que a solo quince días de la salida de su Granma, Fidel le comunicó que no vendría en la expedición. Entonces sus palabras se detuvieron. Tal vez buscó en las reacciones de los presentes, algunas de las suyas en aquel momento.

Al retomar la narración se refirió a la responsabilidad que le imponía aquella decisión, pues debía asegurar, a unas cuantas millas de distancia, el buen desempeño de la nave. Asimismo, hizo referencia a que la orden recibida pudo provocarle algunas lágrimas, mas en ese minuto solo atinó a montarse en su automóvil y alejarse.

No pasó mucho tiempo lejos. Al regresar, puso todo su empeño en instruir a quienes lo rodeaban para lograr una buena travesía. Sabía la importancia de esas últimas dos semanas, pues debían precisar el combustible, el agua, la comida, buscar todos los permisos de navegación, aun cuando el puerto estuviese cerrado.

En este lapso comprendió y halló algunas repuestas que Fidel no le dijo: “Yo no tenía la preparación política, revolucionaria, ni fidelista de los expedicionarios. No conocía la verdadera causa por la cual luchaban, aunque estaba al tanto de lo que pasaba en Cuba. No poseía la convicción de ellos, la decisión de salvar a su patria. Incluso, pude haber sido soldado, pues fui militar en México y manejaba armas, pero su disposición era muy especial”.

Poco a poco sus ojos fueron mostrando la emoción que entonaba la voz, sobre todo al recordar los ideales y preparación del Comandante. “Él sabía que necesitaba un contingente de personas porque muchas se quedarían en el camino, pero por encima de todo, conocía la necesidad de venir a Cuba con gente realmente revolucionaria y convencida.

“De todas maneras, Fidel dijo que si El Cuate no fallaba, salían, y si salían llegaban, porque yo le di la confianza de que el barco era muy marinero y era cierto, pues lo probé bastante en las escolleras, donde al unirse el río con el mar, las olas pasaban por encima de la embarcación. Él decía también que si llegaban aquí y pasaban 72 horas, triunfaban. El Cuate no falló, Fidel no falló. Desgraciadamente Fidel ya no está”.

Su voz se cortó y los cristales de los espejuelos vieron enrojecer sus ojos. Tras una brevísima pausa retomó su intercambio: “Yo estoy aquí por él. Desde hace años supe que no tenía remedio y abracé a la Revolución, me integré a su lado, pues como se dice allá: me compró. Fidel ya no está, pero estoy comprometido con su causa y la historia.

“Es muy difícil pensar y sentir su ausencia, pero está Raúl, quien es una bellísima persona y muy amigo. Por ejemplo, ahora en Santiago, cuando terminó de hablar, me le acerqué y al llamarlo e identificarme, paró su paso, regresó y me abrazó. No le pude decir nada, ¿qué le iba a decir?, entonces manifestó que debía irse, me volvió a abrazar y continuó su marcha.

“Él carga el peso y el sentimiento de los doce millones de cubanos. Yo lo admiro, porque siempre estuvo unido a su hermano, desde chiquito. Eso lo contacté cuando anduve con Fidel, pues muchas veces encontré a Raúl admirándolo, aunque fuese con la mirada. Él necesita el apoyo de todos”.

Ante la interrogante de cómo conoció al Comandante en Jefe, confesó a la audiencia que nos lo iba a contar porque a diferencia de muchos otros colaboradores, él no necesitó una noche entera escuchándolo para convencerse de su dimensión, solo requirió una pregunta y una intención. Expresó entonces:

“Conocí en mi negocio a Fidel Castro, porque llegó perfectamente vestido. Tenía entonces unos treinta años, como yo. Vino a pedirme partes movibles de fusiles, las cuales estaban en la vitrina y él me preguntó: ‘¿Tiene usted acciones de mecanismos belgas?’.

“Yo pensé: ¿Cómo esta persona se interesa por una sección del arma? No es posible, ¡me tiene que decir algo más! Le pedí que me repitiera la pregunta y lo hizo exactamente igual: ‘¿Tiene usted acciones de mecanismos belgas?’. Pero su pedido estaba ahí a la vista! Yo pude haberle dicho: Sí señor aquí están, valen tanto, pero no.

“Entonces lo conduje a mi privado que estaba cerca y pienso en la manera en la cual pudiera ampliarme la información y le hubiese dicho si le convenían o no las partes por diversas razones, pues tenía diferentes: chicas, grandes, con disímiles variaciones en la cuerda, sin embargo le digo una vez más: Señor, repítame su pregunta. Y él insistió: ‘¿Tiene usted acciones de mecanismos belgas?’.

“Y le dije sí y valen tanto, porque no hacían falta más especificaciones, era Fidel Castro, yo sabía que era Fidel Castro. Le manifesté: Mire usted señor, si usted quiere lo ayudo”.

Seguramente el recuerdo de esta afirmación lo puso tras aquella vitrina transparente y mexicana de hace más de sesenta años. Tal vez por eso su mirada siempre buscó más allá de las paredes del recinto donde se encontraba. Quizás nunca más le preguntó algo tan insistentemente al amigo hasta hoy, cuando no lo puede visitar más.

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