Rompecabezas para sus enemigos

Por Jorge E. Autié González / 01-12-2016

“[…] me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios”.

Fragmento de la carta de despedida del Che a Fidel, 1965

Si los enemigos de Cuba enfrentaron una tarea difícil durante más de sesenta años, esa fue la de tratar de “descifrar” la esencia del pensamiento y las acciones del líder histórico de la Revolución Cubana. Hacerlo probó ser una misión imposible. Resulta una ironía que para algunos fuese tan complejo lo que para un pueblo entero ha sido evidente.

Desde muy joven nuestro Fidel tuvo la capacidad de desafiar y de sortear cada obstáculo que le anteponían sus adversarios, que de repente se veían enfrentados a una situación más en-gorrosa y totalmente inesperada. Así lo demuestran documentos y la propia historia.

El interés del Gobierno de Estados Unidos por conocer quién era y qué representaba, comenzó antes de enero de 1959. Entonces, marcado por los rígidos cánones de la Guerra Fría, todas las preocupaciones sobre el jefe rebelde giraban en torno a su posible afiliación a las organizaciones comunistas tradicionales. Ignoraban la esencia martiana de su pensamiento e ideales de justicia social.

En los primeros meses de 1958, EE. UU. comenzó a “mover las fichas”, para persuadir a Batista, amigablemente, de la conveniencia de ceder el poder a alguna figura de la burguesía local afín a los intereses yanquis. A cambio, le ofrecían un cómodo retiro en la Florida. Consideraban que luego de quince meses de lucha en la Sierra Maestra, una jugada de ese tipo socavaría el apoyo del pueblo a Fidel.

Earl Smith, en la función de embajador estadounidense en La Habana, estaba directamente involucrado en estos manejos, y aunque dudaba que los rebeldes llegaran a tomar el poder, pero alertaba al Departamento de Estado de que cualquier nuevo gobierno que intentaran imponer en Cuba “estaría enfrentado a un problema serio controlando a Fidel Castro”. Era el 14 de marzo de 1958.

Tal aseveración debe haber despertado la atención de los analistas de ese Departamento, quienes inmediatamente se lanzaron a tratar de dilucidar la pregunta de rigor en aquel momento ¿será comunista? La respuesta a la interrogante se consideraba vital para determinar cómo bregar con aquel hombre.

A inicios de abril de ese mismo año, el Departamento de Estado no aseveraba que lo fuese. Sin embargo, aquellos señores se sentían tan dueños de la Isla, que miraban a los cubanos y sus líderes como el severo maestro que cuida a sus pupilos intranquilos durante el receso. Cuestionaban la madurez y responsabilidad de Fidel. ¡Qué caro les saldría el error!

Con 31 años de edad aquel joven desafió a la muerte en el Moncada y desarmó de argumentos al tribunal que lo juzgaba. También, transformó el presidio de Isla de Pinos en fecunda escuela de la cual salieron los heroicos expedicionarios del Granma. Se sobrepuso al revés de Alegría de Pío y seguro de la victoria convirtió a ocho hombres y siete fusiles en un ejército de pueblo.

Para los últimos días de noviembre de 1958, la Junta de Inteligencia de Estados Unidos elaboró el Estimado de Inteligencia Nacional Especial (SNIE 85-58), dedicado a la situación en Cuba. Los redactores del importante documento consideraban “improbable” que el comandante guerrillero y el Ejército Rebelde pudieran derrocar a la tiranía batistiana “en los próximos meses”. Además, pronosticaban que de lograr el triunfo los nuevos líderes no podrían controlar la situación y se iniciaría “un período de grandes y prolongados desórdenes”.

La explosión de júbilo popular que provocó la caída del tirano y la firme voz de ¡Revolución sí! ¡Golpe militar no! con la que Fidel convocó al pueblo para que esta vez no le escamotearan la victoria en aquella primera jornada de 1959, debe haber sacudido los huesos de los autores de aquel informe.

Ante tamaña metedura de pata una nueva versión del documento, elaborado dos semanas después, expresaba parcamente que aunque esos desórdenes todavía eran posibles, “no parecían estarse produciendo”. Solo después del triunfo empezaron a tener una noción de las cualidades morales del hombre al que se enfrentaban.

Los meses siguientes ayudaron a esclarecer algunas ideas. Una evaluación del Departamento de Estado circulada en 1959 indicaba: “Sería un grave error subestimar a este hombre. […] está claro que tiene una fuerte personalidad y es un líder nato de valor y de fuertes convicciones”. Admitían, al fin, el liderazgo de Fidel ante su pueblo, y el respeto que aquel le mostraba.

Luego, cuando firmó la Ley de Reforma Agraria y la palabra Revolución comenzó a traducirse en hechos, la reacción del Imperio no se hizo esperar.

Pensaron entonces que había llegado el momento de poner fin a lo que dos años antes habían calificado de “inmadurez e irresponsabilidad”, que no era otra cosa que la voluntad de recuperar la independencia y soberanía por la que Carlos Manuel de Céspedes había cambiado sus riquezas y al igual que otros muchos cubanos la vida. El 17 de marzo de 1960, el presidente Eisenhower auto-rizó a la CIA a poner en marcha un plan de Guerra No Convencional para dar término a tanta “indisciplina” del joven gobierno. Además, el Imperio, por serlo, no podía tolerar el desafío a su autoridad, mucho menos en la vecindad de sus narices. Temían que otros siguieran el ejemplo.

Creyeron que con el desembarco mercenario el pueblo se lanzaría a recibir a los pretendidos salvadores pagados por el amo yanqui. Calcularon que Fidel se quedaría solo.

Y así fue, Fidel quedó solo, pero solo con el pueblo que lo acompañó a Playa Girón a defender la Revolución. La historia de lo que pasó en las 72 horas siguientes es bien conocida: puro bochorno de nuestros enemigos.

Cuánto pesar en las palabras del funesto director de la CIA, el mismo que había promovido aquel plan contra la Isla, cuando informó a los colaboradores del presidente Kennedy que lo que tanto habían temido finalmente era un hecho: ¡Tenían una Revolución Socialista en Cuba!

Dos semanas después del fracaso de Playa Girón, el senador Mansfield, líder de la mayoría demócrata en el Senado, envió un memorando al presidente Kennedy que ilustra una situación la cual se prolongó en el tiempo.

La derrota (de la invasión mercenaria) mostró que “Castro estaba sólidamente atrincherado y esto no fue anticipado. Castro reaccionó con mesura a esa situación, y esto tampoco fue anticipado. Ello sugiere que nuestra sensibilidad hacia esta personalidad y hacia el pueblo cubano no es la que debiera ser […]” concluyó Mansfield.

Lamentablemente, sus palabras encontraron oídos sordos, y la soberbia pudo más que la razón. La administración Kennedy puso en marcha un plan más abarcador y diabólico aún, la Operación Mangosta un clásico de la Guerra No Convencional que incluía desde acciones sicológicas para socavar la autoridad del líder de la Revolución, hasta sabotajes y autoatentados para justificar una agresión militar directa contra la Isla.

Aquella situación condujo a los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre. De poco sirvió la amenaza de borrar a nuestro pequeño país del mapa. Los cinco puntos1 enunciados por Fidel esclarecieron al mundo y a los líderes estadounidenses que los cubanos no éramos súbditos de nadie.

En la década de los setenta, se equivocaron una vez más. Olvidadizos, como de costumbre, los representantes del Imperio propusieron a la dirección de la Revolución mejorar las relaciones con el país a cambio de cesar la ayuda solidaria a otros pueblos. Miles de cubanos marcharon hacia África a defender a Angola del oprobioso apartheid. No era iniciativa de la URSS, como entonces pensaba la Casa Blanca, eran Cuba, y las ideas de Fidel.

En los años ochenta una nueva administración llegó a la Casa Blanca y amenazó con “ir a la fuente”, que no era otra cosa que eliminar la Revolución Cubana.

Para infundir el temor, incrementó la presencia militar en áreas cercanas a Cuba y puso en marcha aparatosos juegos de guerra, además de reiniciar los sobrevuelos del territorio nacional por aviones de exploración. Pensaron que, con la amenaza militar directa, podrían intimidar al hombre que tantas pesadillas les causaba.

El tiro les salió por la culata. Lejos de amedrentarse, Fidel llamó al pueblo a fortalecer su defensa, el país adoptó la concepción de la Guerra de Todo el Pueblo, se formaron las Milicias de Tropas Territoriales, las Brigadas de Producción y Defensa y se iniciaron los ejercicios Bastión. Ahora el imperialismo tendría que pensarlo mil veces antes de poner un pie en Cuba.

Ahí no quedó todo. En 1992, cuando el campo socialista y la Unión Soviética pasaron a ser nombrados en pretérito, muchos en el mundo se apresuraron a vaticinar el fin de la Revolución y de su invencible Comandante. Apreciaban que la enormidad de las dificultades sería insuperable para la Revolución y su líder histórico. Daban el fin por seguro y solo se debatía el cómo y el cuándo.

Para averiguarlo, el Pentágono encargó a su renombrada Rand Corporation, una institución académica que realiza investigaciones de interés para las fuerzas armadas. Aquel estudio se publicó cuando ya nuestro pueblo comenzaba a sentir los rigores del período especial, y en medio de los diabólicos escenarios que dibujaba para Cuba, reconocía que Fidel mantenía su autoridad como auténtico héroe nacional y la figura que personificaba a la Revolución y sus ideales más duraderos.

En 2006, cuando una grave enfermedad puso en peligro su vida, otra vez sus enemigos pensaron que había llegado el momento en que la inexorable naturaleza premiaría a los que planificaron más de seiscientos atentados contra su vida, pero una vez más se equivocaron: el Caguairán se levantó, y siguió aportando sus ideas a los revolucionarios de ahora y de siempre.

Frustradas sus esperanzas y repleto de visceral odio, el entonces jefe del Imperio exclamó contrariado: “Algún día el buen Dios se encargaría de la infausta tarea”. El aludido, en una lección de cubanísimo humor le respondió con una elegante estocada: “El buen Dios me protegió”.

Referencias:

1 Las condiciones que expuso Fidel para la retirada de las armas nucleares soviéticas emplazadas en Cuba en 1962 incluían, en esencia, el cese de los planes subversivos contra la Isla; el cese de los ataques piratas; el cese de todas las violaciones del espacio aéreo y naval; la devolución del territorio ocupado por la base naval de Guantánamo, y el cese del bloqueo económico. Algunos de estos puntos se mantienen como posiciones de principio de Cuba para considerar normalizadas las relaciones con EE. UU.

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