Fidel: Convertir el revés en victoria

Por Marta Rojas / 01-12-2016

Una constante de Fidel como líder máximo de la Revolución es convertir el revés en victoria, aunque, obviamente, no el único gran mérito como revolucionario, ni lo fue como gobernante pero en momentos cruciales siempre fue capa de lograrlo.

La acción fallida de tomar el cuartel Moncada por sorpresa, considerado un fracaso táctico dado el eventual paso, por la acera de la posta Tres, de una inesperada “guardia cosaca” o de recorrido, cuando ya habían entrado en la segunda fortaleza militar de la tiranía los primeros combatientes en automóvil, el 26 de julio de 1953, se convirtió apenas transcurridos dos meses en una victoria estratégica colosal que, paso a paso –indetenible--conducirían al triunfo de la Revolución Cubana el día Primero de Enero de 1959.

Su primera gran victoria estratégica sería el juicio del Moncada, iniciado el 21 de septiembre del propio año donde él obligó, con las armas del Derecho, convertirse de acusado en acusador implacable y convincente a la vez que proyectaba un futuro impensable entonces.

Revertió así el aparente “triunfo” del Ejército: represión horrenda, decencia de tortura y crímenes horrendos.

El joven abogado Fidel, líder de la acción revolucionaria exigió al Tribunal (Fiscal y magistrados), obedientes al llamado entonces gobierno de facto, y que habían jurado los Estatutos Constitucionales dictado por Fulgencio Batista, tras el golpe de Estado del 10 de Marzo de 1952, que no se lo podían juzgar esposado, como fue conducido a la Sala del Pleno de la Audiencia de Oriente. El Tribunal, convencido de la elocuente y enérgica protesta tuvo que ordenar que le quitaran las esposas al principal encartado —el doctor Fidel Castro— e inmediatamente después, cumplida la premisa exigida para ser juzgado, Fidel solicitó asumir su propia defensa como abogado.

También aquel tribunal tuvo que aceptar la petición legal, de acuerdo con las leyes, pero determinó, que según el procedimiento judicial del Tribunal de Urgencia, primero fuera examinado en su condición de acusado y principal encartado en la Causa.

La primera victoria fue evidente

Abrió el canal jurídico y revolucionario por el cual pudo expresar el porqué del Moncada, así como los elementos fundamentales del programa revolucionario, pues el heroico asalto armado a la segunda fortaleza militar del país, fue concebida no solamente para derrocar al “gobierno de facto”, sino para iniciar una revolución verdadera. No se trataba de un cambio de mando sino de sistema.

Tanto las respuestas de Fidel en condición de acusado, como el interrogatorio que comenzó a realizar como abogado, vistiendo la tradicional toga de jurista, sentado en el estrado de los letrados en una sala inmensa colmada de público, en la cual había cientos de soldados armado, dentro, los pasillos de acceso y ardedores del edificio.

En la Sala, además, sus compañeros sobrevivientes –como él—acusados; dirigentes políticos de partidos tradicionales de la oposición; familiares, empleados de la Audiencia y periodistas –aunque se había establecido la censura. Eran suficientes personas para que su voz no pudiera ser acallada y la verdad del porqué del Moncada se hizo valer. En horas, después de ese primer día todo Santiago de Cuba comenzó a conocer, por traslación oral, persona a persona, todo lo que el joven abogado Fidel Castro Ruz exponía en el juicio.

La victoria de ese (primer segundo) día fue contundente y en la tercera sesión llegó la orden a los jueces de que “el principal encartado”, no fuera llevado más al juicio que continuaría para los demás acusados.

Se adujo que el doctor Fidel Castro estaba enfermo y no podía concurrir al proceso en los días sucesivos. Su voz no pudo escucharse de nuevo en la gran Sala del Pleno

Sin embargo su victoria se acrecentaría al mes siguiente, 16 de octubre del mismo año. Ya no sería en una sala inmensa. Habíamos pocos civiles en la sala de estudios de las enfermeras del Hospital Civil: Los jueces, el fiscal, el secretario, abogados, escribiente, dos acusados más; seis periodistas que hacíamos de público, pues se mantenía la censura de prensa y militares. Al igual que el 21 de septiembre el doctor Fidel Castro solicitó asumir su propia defensa. Se reprodujo el interrogatorio, mucho más breve porque se le temía a las respuestas, y a sus preguntas posibles como abogado.

Pero, cualquiera que hoy repase su histórico alegato de ese día, que trascendido a la posteridad como La Historia me Absolverá, (reconstruido por él en el presidio de Isla de Pinos y publicado clandestinamente, mediante una labor heroica de Haydée Santamaría y Melba Hernández –por disposición de Fidel– podrá leer unas breves palabras en el contexto del folleto donde Fidel dice: “Veo que tengo por único público, en la sala y los pasillos, cerca de cien soldados y oficiales ¡Gracias por la seria y amable atención que me están prestando!¡ Ojalá tuviera delante de mi todo el Ejército!”. Esas palabras del joven abogado Fidel Castro son contundentes para evaluar el “daño” que sus ideas podían hacerle al régimen. Justamente, luego de la segunda sesión del Palacio de Justicia, cuando los médicos habían ido a su celda para certificar que él estaba enfermo le dijeron lo que ocurría: Chaviano (el coronel Alberto del Río Chaviano) les había dicho que Fidel “le estaba haciendo en el juicio un daño terrible al gobierno”. Uno de los médicos el doctor Juan Martorell García, (1) le preguntó Fidel qué hacía, a lo cual él le respondió: “Actúe según su conciencia”. Este médico en particular, aunque el propio Fidel reconoce que los dos se portaron caballerosamente, sabía que de no certificar una enfermedad inexistente para sacarlo del juicio en la Sala del Pleno se aplicarían a Fidel la llamada Ley de Fuga. Más la entereza del líder revolucionario, dejó la decisión al galeno que sin duda quería salvarle la vida y certificó su inexistente enfermedad que le impedía concurrir a las sesiones de la Audiencia de Oriente.

Sobran los ejemplos sobre el revés convertido en victoria: “Fidel le estaba haciendo un daño terrible al régimen”, como acusado.

Una y otra vez desde aquella gesta del Moncada, a lo largo de toda la labor revolucionaria del doctor Fidel Castro, como dirigente y del mismo modo como Comandante en Jefe y Gobernante convierte el revés en victoria.

Son tantos los ejemplos –en cualquier campo– que no cabrían una nota cuyo tema escogí, pues la historia revolucionaria de Fidel no se puede enmarcar en un artículo.

Recuerdo entre muchas oportunidades, algunas excepcionales, que he tenido como periodista, en sus recorridos por la Isla y en América Latina, hemos sido testigo de ese axioma.

Un ejemplo de los muchos: En los días del terrible Ciclón Flora (1963) uno de los fenómenos naturales más impresionantes y devastadores ocurridos en Cuba, por el cual además de los cultivos se perdieron decenas o quizás centenares de miles cabezas de ganado de todo tipo solo en la provincia de Oriente, a causa de las inundaciones y deslaves Fidel decidió el programa de la conciencia hidráulica.

Proclamó que Cuba tenía que iniciar de inmediato un complejo de presas en todo el país. De ahí que el sistema de presas fue la respuesta victoriosa a la debacle del Ciclón Flora.

Sería el propio Comandante en Jefe Fidel Castro quien anunciaría a la nación que el impresionante esfuerzo económico por la zafra de los 10 millones no se lograría. Lo dijo en un acto público multitudinario y exhortó a ¡Convertir el revés en victoria! Su posición ante la adversidad que siempre ha sido su modo de alcanzar un peldaño más alto ante cualquier contingencia negativa se hizo no solo una consigna, sino un modo de alcanzar un escalón más alto y positivo por parte del país y el pueblo. Y esa sigue siendo la divisa de la Revolución.

Volviendo a su histórico alegato en el juicio del Moncada, cuando parecía un quimera, ante lo difícil de su situación, Fidel proclamó e hizo valer la necesidad de una Revolución, cuyo preceptos estaban contenidos en su programa, que esta haría intransferible e inembargable la propiedad de la tierra a los aparceros, arrendatarios y otras figuras económicas agrícolas entonces empobrecidas por el latifundio. Y hasta proclamó en su alegato una ley que otorgara a los obreros y empleados el derecho a participar en utilidades de empresas mercantiles e industriales entre otras prerrogativas, al igual que la confiscación de todos los bienes de los malversadores de todos los gobiernos y a sus causahabientes y herederos. Declaraba que la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente. Además, muy puntualmente la amplia Reforma Agraria, la reforma integral de la Enseñanza, la importancia insoslayable de la salud para todos, las nacionalizaciones como el trust eléctrico y trust telefónico.

Hacía énfasis ante el Tribunal que lo juzgaba que el turismo podía ser una enorme fuente de riquezas para el país.

Ningún revés había sido más tremendo que aquel de la acción del 26 de julio de 1953 y a la vez ninguna victoria estratégica mayor que su actuación en el juicio como acusado y acusador conjuntamente con un programa sin duda rotundo y vigente contenido en su alegato y enriquecido en su proyección a lo largo de los años. Tanto sus declaraciones como acusado y acusador y el contenido de su (alegato aún) hoy, desbrozan caminos revolucionarios que favorecen convertir cualquier revés en victoria en muchos campos.

Enlaces directos