Por aqui paso Fidel

Por Atilio A. Borón, politólogo y sociólogo argentino / 30-11-2016

Escribir unas pocas líneas sobre Fidel es una invitación a la vez fascinante y peligrosa. Lo primero, porque se trata de una figura titánica que cubre la segunda mitad del siglo veinte y los primeros años del actual. Lo segundo, porque dadas las inexorables restricciones de espacio, se corre el riesgo de apenas balbucear unas pocas palabras incapaces de hacerle justicia a un personaje que Hegel sin duda lo caracterizaría como “histórico universal”. Cedo ante la tentación y me propongo escribir algo acerca del referido personaje con quien trabé inicialmente contacto hace algo más de treinta años, cuando tuve la fortuna de participar en uno de los cónclaves que él organizara en 1985 sobre el tema de la deuda externa. Pese a que era una convocatoria multitudinaria, a la cual acudieron gentes de toda América Latina y el Caribe, me las ingenié echando mano a mi férrea disciplina militante, para llegar con mucha anticipación a la Sala 1 del Palacio de Convenciones de La Habana, donde se realizó aquella reunión, y sentarme en las primeras filas del vasto auditorio.

Esa actitud fue ampliamente recompensada porque Fidel, que a lo largo de esa semana asistió todos los días con invariable puntualidad a las sesiones de la tarde, se hacía un tiempo durante los intervalos para hablar con los participantes, comentar las exposiciones que habíamos oído (que duraban siete minutos, ni uno más) y responder a las innumerables preguntas de quienes nos arremolinábamos en torno a su quijotesca figura. Tuve la enorme fortuna de, posteriormente, poderme ver en numerosas ocasiones con el Comandante en Jefe, a veces en pequeños grupos y en varias oportunidades en un diálogo cara a cara, sin testigos. Sería imposible resumir en pocas líneas todo lo que me enriquecieron los encuentros con él, tanto grupales como individuales, antes y después de su retiro de la gestión gubernamental.

Si bien esa fue la primera vez que pude estar en un tumultuoso diálogo colectivo con Fidel, no era la primera ocasión que lo veía en persona. Y de esto quisiera hablar, o más bien escribir, en esta oportunidad. A lo lejos lo había visto antes en Chile durante su histórica visita a ese país. En aquel tiempo, finales de 1971, yo residía allí, donde me desempeñaba como joven profesor de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, y traté de seguir su itinerario lo más de cerca posible, tarea irremediablemente condenada al fracaso porque el Comandante en Jefe no limitó sus actividades al área de Santiago, sino que recorrió Chile de norte a sur, desde Antofagasta hasta Punta Arenas. Me consolé asistiendo a sus apariciones públicas en Santiago apenas recobrado del impacto emocional que me produjo cuando el día de su llegada a la tierra de Violeta Parra, al atardecer del 10 de noviembre de 1971, yo era uno más de los miles y miles de santiaguinos que salimos a las calles para brindarle una conmovedora recepción. El clímax se produjo cuando al acercarse la caravana de automóviles por la avenida Costanera a la altura de las Torres de Tajamar, lo vimos pasar en un carro descapotado, de pie, enfundado en su uniforme verde olivo, su gorra y saludando a diestra y siniestra a la multitud agolpada a ambos lados de la calzada. Siendo de por sí un hombre de elevada estatura, parado en ese carro, que avanzaba lentamente, sus dimensiones adquirieron proporciones gigantescas para quienes permanecíamos allí vitoreándolo y sentíamos que nos recorría, como una corriente eléctrica, la sensación mística de que estábamos viendo pasar no a un hombre, no a un cubano, no a un jefe de Estado, sino a la personificación misma de América Latina y el Caribe, al héroe que en nombre de Nuestra América había puesto punto final a nuestra prehistoria. Si su sola figura nos magnetizaba, cuando pronunciaba un discurso —¡veinticinco en total durante su gira chilena, más una maratónica conferencia de prensa un día antes de su regreso a Cuba!—, sus formidables dotes de orador nos dejaban absolutamente deslumbrados.

Salvador Allende, su digno anfitrión, era un líder entrañable y un luminoso ejemplo para todos nosotros por su coherencia como marxista y por la valentía para enfrentar a la derecha vernácula y al imperialismo. Valentía que se puso de manifiesto por última vez en el desigual combate librado contra la banda de facinerosos reaccionarios que orquestó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Pero no era un orador de barricada; sus discursos parlamentarios eran excelentes, pero jamás podrían cautivar a una multitud. Los de Fidel, en cambio, eran como uno de esos fantásticos murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México: un torrente por el cual fluía toda la historia de Nuestra América. Su capacidad didáctica, su contenido profundo y su incomparable elocuencia fascinaron a quienes pudimos asistir a las concentraciones y, en mi caso, marcó para siempre mi conciencia política.

Termino anotando que el viaje de Fidel a Chile fue algo más que una visita diplomática. Parafraseando lo que decía el comandante Hugo Chávez, podríamos apuntar también que: “Por aquí pasó Fidel”. Y “aquí” fue ese sorprendente Chile adonde el Comandante en Jefe llegó para comprobar, con sus ojos, si había otro camino para hacer avanzar la revolución. Y, en aquella coyuntura latinoamericana, esta era una cuestión de excepcional importancia para el líder cubano, revolucionario integral y obsesionado por identificar, en los complejos entresijos de nuestras realidades nacionales, las semillas de la necesaria revolución. Esta motivación quedó explícitamente confirmada en el notable discurso que él pronunciara el 17 de noviembre de 1971 en la Universidad de Concepción. Fue precisamente eso lo que quiso ver Fidel en Chile, y la lectura de sus discursos y sus intervenciones en la prensa lo evidencian como un profundo estudioso de la realidad chilena, meticulosamente informado sobre lo que el país producía, a quién lo vendía en el mercado internacional, a qué precio y bajo cuáles condiciones. Y lo mismo valía para otros aspectos de la vida política y social de aquel país, que Fidel había estudiado hasta en sus menores detalles con anterioridad a su visita.

Una gira extensa e intensiva, donde no solo pronunció discursos sino que habló con miles de chilenos que le preguntaban de todo. Fue realmente un viaje de estudios, propio de quien concibe al marxismo no como un dogma sino como una guía para la acción —como lo exigía Lenin— y que se extendió desde el 10 de noviembre hasta el 4 de diciembre, en medio de la gritería insolente de la derecha que a poco llegar exigía el abandono de Fidel del suelo chileno. Pero Allende se mantuvo firme y brindó una cálida hospitalidad a su amigo cubano en cada rincón de la dilatada geografía del país andino.

Con su visita Fidel dejó una estela imborrable en aquel lejano rincón de Nuestra América, que por un par de años más todavía sería, como lo afirma la canción nacional de Chile: “Un asilo contra la opresión”. Poco después la nación se transformaría en el baluarte de la barbarie fascista, en asilo de contrarrevolucionarios y guarida de terroristas que, mediante el Plan Cóndor, asolarían a los países latinoamericanos.

La revolución que Fidel correctamente caracterizó cuando dijo que estaba transitando sus primeros pasos fue ahogada en sangre. Y en Chile quedaron definitivamente demostradas dos lecciones: primera, que en Nuestra América la osadía de los revolucionarios siempre se castigará con un atroz escarmiento. Segunda, que el único antídoto para evitar tan fatal desenlace es completar, sin pérdida de tiempo, las tareas fundamentales de la revolución.

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