Cómplice de mil batallas

Por primer teniente Sonia Regla Pérez Sosa / 29-11-2016

Desde sus primeras entrevistas en la Sierra Maestra, al líder de los revolucionarios cubanos, Fidel Castro Ruz, se le reconoce por su traje de campaña.

El color verde olivo de la gorra, camisa y pantalón, se integraba al característico tono del paisaje montañoso, lo que favorecía al factor sorpresa, principio táctico de combate de los rebeldes. Así, en la organización del plan de ataque, la desventaja en cantidad de armas y hombres, era suplida con pericia, astucia y camuflaje.

Tras el triunfo de 1959, el Comandante en Jefe mantuvo este atuendo y lo vistió en casi todos los escenarios, unas veces porque eran constantes las agresiones a enfrentar; otras, por considerarlo un cómplice de mil batallas, ícono de los ideales defendidos por el pueblo cubano.

Dentro de las personas que más se preocuparon por el perfeccionamiento de dicho vestuario, estuvo la combatiente Celia Sánchez Manduley, para quien era primordial el empleo y la comodidad de cada pieza, incluyendo el calzado. Ella siempre veló por la utilización de la textura adecuada, la perfección de los bordados y las costuras, así como la individualización de las prendas.

Al fallecer la heroína, otros compañeros mantienen esta labor de cuidado y protección que perdura por más de cincuenta años, tiempo en el cual se perfeccionaron en la textilera Desembarco del Granma, de Santa Clara, el tono verde olivo aceituna y el tejido satinado de camisas, pantalones, gorras y chaquetas, capaces de aportar elegancia y marcialidad al líder rebelde.

Igualmente, el uniforme aumentó su atractivo cuando el sambrán de cinta trenzada se le ajustó al cuerpo y el bajo del pantalón ciñó el borde superior de las botas de 21 cm de alto, manufacturadas por Jorge Regueira, El Yoyo, en los talleres de calzado, Imperial y Cuba RDA, de La Habana.

Sobre los hombros, bordados en las galoneras de camisas y chaquetas, se portan los grados; estos, al inicio de la Revolución, mostraban una figura romboidal roja y negra, con la estrella blanca de 22 mm en el centro. En la década de los años ochenta, al crearse los emblemas de los generales, a la insignia del Comandante en Jefe se le incorporaron una rama de olivo y otra de laurel, con cinco hojas cada una de color amarillo, alrededor del rombo bicolor.

La sencillez de este uniforme, no obstante la grandeza de su portador, ha sido paradigma y referente del proceso revolucionario nacional durante más de medio siglo en la historia del mundo. Hoy, además de un traje, constituye un símbolo de Cuba.

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