Dos tempranas experiencias político-militares

Por teniente coronel (r) Oliver Cepero Echemendía, Doctor en Ciencias Históricas / 29-11-2016

Una de las actividades militares en las que estuvo Fidel Castro y de la que extrajo no pocas experiencias para su futura lucha fue la frustrada expedición de cayo Confites organizada entre junio y septiembre de 1947, con el objetivo de derrocar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, en Santo Domingo.

El movimiento obrero y las fuerzas democráticas en la Isla, entre ellas el estudiantado revolucionario, en esta etapa, enarbolaban como banderas de lucha en el continente cuatro causas principales: el establecimiento de la democracia en Santo Domingo, el logro de la independencia de Puerto Rico, la devolución del canal de Panamá y la desaparición de las colonias que aún subsistían en América.

En la primera de las referidas naciones se encontraba Trujillo (1891- 1961), quien gobernaba con mano ensangrentada.

Durante el anunciado contexto se comenzó a fraguar el plan militar de cayo Confites. En tal sentido, un numeroso grupo de dominicanos, exiliados en Cuba y en otros países, congregados en la Junta Central Revolucionaria (JCR), radicada en el antiguo Hotel San Luis, sito en Belascoaín y San Lázaro, dirigida por Juan Rodríguez García, consideraron creadas las condiciones para poner fin a la tiranía de Trujillo. Con vistas a ello decidieron organizar un destacamento expedicionario denominado Ejército de Liberación de América.

Por otro lado, el Gobierno de Grau, en virtud de la política exterior formulada en su primera etapa, ofreció apoyo a la organización de la expedición de cayo Confites.

Debía salir el grupo rumbo a ese país desde el mencionado cayo, situado al norte de Cuba, en el archipiélago Sabana-Camagüey, 15 km al norte de la punta El Inglés, en cayo Romano, con un área de 0.25 km2, de forma larga y estrecha y escenario desfavorable en cuanto al terreno, vegetación y clima, lo que hacía de este un lugar muy vulnerable a los fenómenos naturales, la mar, el viento y la lluvia.

Desde mediados de julio de 1947, en diferentes puntos de la capital, se inició el reclutamiento de los futuros expedicionarios, quienes eran procesados por una comisión de admisión y trasladados posteriormente a centros de entrenamiento ubicados en Matanzas y Holguín.

Para fines del mes de julio, al conocer que se creaba un movimiento armado contra Trujillo, el entonces estudiante del tercer año de la carrera de Derecho, Fidel Castro Ruz, consideró su deber incorporarse como soldado.

Años más tarde, al referirse a los serios problemas existentes en el proyecto, señaló:

Fue una de las cosas peor organizadas que he visto en mi vida: recogieron mucha gente por las calles de La Habana, sin atender a las condiciones de cultura, a condiciones políticas, conocimientos, era organizar a toda velocidad un ejército artificial; reunieron más de 1 200 hombres. ¹

Este criterio revela aspectos del pensamiento de Fidel acerca de la situación para la correcta selección del personal que debe acometer una empresa revolucionaria y debió constituir una experiencia importante para la organización del contingente de los futuros asaltantes a los cuarteles de Santiago de Cuba y de Bayamo el 26 de julio de 1953.

Para armar la expedición se adquirió un cuantioso arsenal de guerra en el que figuraban diversidad de embarcaciones, aeronaves, armamento y municiones de variados tipos.

A fines de septiembre el Gobierno de Grau ordenó detener la expedición a Santo Domingo y confiscar el armamento.² El historiador Piero Gleijeses, resume así las causas del fracaso del hecho:

La discreción era una virtud que los exiliados y sus protectores cubanos habían despreciado; los preparativos para la invasión eran de dominio público y la complicidad cubana era flagrante. A medida que aumentaban las quejas de Trujillo, los Estados Unidos presionaron a Grau para que desistiera; lo mismo hicieron los políticos cubanos de la oposición y hasta algunos funcionarios gubernamentales, que incluían al jefe de Estado Mayor del Ejército. Grau capituló; a finales de septiembre, el Ejército cubano detuvo a toda la fuerza expedicionaria.³

Fidel, se negó a caer prisionero, y para impedirlo, se lanzó a la bahía de Nipe y nadó hasta cayo Saetía, en compañía de otros tres expedicionarios armados, entre ellos el patriota dominicano Ramón Mejías del Castillo, Pichirilo, futuro primer oficial de la tripulación del yate Granma, que después del triunfo del Primero de Enero cayó peleando por la libertad de su Patria.

La proyectada invasión a Santo Domingo en 1947 constituyó una valiosa experiencia para Fidel, quien participó activamente en sus preparativos y llegó a ocupar el cargo de jefe de compañía. A raíz de este acontecimiento, Fidel arribó a la conclusión de que la caída del dictador solo podría lograrse empleando el método de lucha irregular y no lanzando una fuerza inexperta y mal entrenada a un enfrentamiento regular contra el Ejército dominicano. En tal sentido, tenía concebido, al llegar a Santo Domingo, emprender el camino a las montañas e iniciar allí la lucha irregular.

En conversaciones con Ignacio Ramonet, expresó al respecto:

[…] en julio de 1947 me incorporé a la expedición de cayo Confites, para participar en la lucha contra Trujillo, ya que me habían designado desde el primer año presidente del Comité Pro Democracia Dominicana de la FEU. También me nombraron presidente del Comité Pro Independencia de Puerto Rico. Había tomado muy en serio esas responsabilidades. Estamos hablando del año 1947, y ya desde entonces albergaba la idea de la lucha irregular. Tenía la convicción, a partir de las experiencias cubanas, de las guerras de independencia y otros análisis, de que se podía luchar contra un ejército convencional moderno utilizando métodos de guerra irregular. Pensaba en la posibilidad de una lucha guerrillera en las montañas de Santo Domingo, en vez de lanzar una fuerza mal entrenada e inexperta contra el Ejército regular de Trujillo.

Viendo el caos y la desorganización reinantes en la expedición de cayo Confites, yo tenía planeado irme para las montañas con mi compañía cuando arribáramos a República Dominicana, ya que en esa historia ter- miné como jefe de una compañía. Esto ocurre en 1947, y lo del asalto al Mon- cada fue en 1953, apenas seis años después. Yo tenía ya la idea de aquel tipo de lucha, que se materializa en la Sierra Maestra. Creía en la guerra irregular por instinto, porque nací en el campo, porque conocía las montañas y porque me daba cuenta de que aquella expedición era un desastre. Se reafirmaba mi convicción de que no se podía pelear frontalmente contra un ejército en Cuba o en República Dominicana, porque ese ejército disponía de marina, de aviación, lo tenía todo, era tonto ignorarlo.⁴

UN COMBATIENTE MÁS

En 1948, simultáneamente con las reuniones de la IX Conferencia Panamericana Constitutiva de la OEA, efectuada en Colombia, Fidel promovió la idea de llevar a cabo en este territorio un Congreso Latinoamericano de Estudiantes como contrapartida de la reunión auspiciada por Estados Unidos.

Con vistas a organizarlo, acudió a varios países latinoamericanos, entre ellos, Venezuela, Panamá y por último, Colombia, en los que llevó a cabo con- tactos con los dirigentes estudiantiles y logró su compromiso de enviar representaciones al evento.

Estaba Fidel en Colombia cuando, el 7 de abril, logró una entrevista con el líder liberar revolucionario Jorge Eliécer Gaitán, quien acogió con entusiasmo la idea del congreso y prometió su ayuda, incluido el discurso de clausura del cónclave juvenil.

Tuvo lugar en este contexto, el acontecimiento conocido como El Bogotazo, en el cual se involucró Fidel, como un combatiente más al servicio de la justa causa del pueblo colombiano.

El gran levantamiento popular ocurrido en la ciudad colombiana de Santa Fe de Bogotá, tuvo como motivo el asesinato el 9 de abril de ese año, del destacado líder Gaitán, ultimado a balazos por el fanático y enfermo mental Juan Roa Sierra, quien fue capturado más tarde y ajusticiado por las masas. El Bogotazo tuvo las características de una gran explosión popular espontánea, carente de dirección política. Las masas enardecidas salieron a las calles exigiendo justicia, profiriendo críticas al gobierno y reclamando transformaciones sociales.

Sin embargo, las fuerzas reaccionarias internas y el imperialismo norteamericano propalaron enseguida la falsa noticia de que el levantamiento de masas era obra de los comunistas colombianos e, incluso, pretendieron involucrar al Partido Comunista de Cuba en ese acontecimiento. Pero, en realidad, se trató de un multitudinario estallido de repulsa por el asesinato de uno de los más prominentes líderes populares.

En la ciudad se produjeron numerosas escenas violentas, tales como incendios, saqueos de tiendas y comercios, robos y trueques de productos, destrucción de edificios, quemas de autos y ómnibus públicos, tomas de emisoras radiales, ocupaciones de oficinas, requisas de armas, ajusticiamientos, fugas de presos y actos de venganza. Incluso, varias unidades de la Policía se pusieron al lado de la insurrección popular y ofrecieron sus armas.

La ola revolucionaria que estremeció la capital colombiana arrastró a muchos estudiantes extranjeros que preparaban el congreso y entre los cubanos figuraba, Fidel, quien con 21 años se unió a las masas, penetró en la 3.a División de la Policía de Bogotá y se armó con un fusil Máuser.

Entre los días 9 y 11 de abril, Fidel participó activamente en el levantamiento popular hasta la tarde del último día, cuando entregó su fusil, al cesar las hostilidades a causa de un acuerdo alcanzado entre el gobierno y la oposición.

Al valorar la influencia de este hecho histórico en su pensamiento revolucionario y en sus concepciones de lucha, Fidel ha destacado lo que representó en su ideal internacionalista; su lealtad a la causa del pueblo, a los principios, la moral, el honor y la disciplina.

Durante una entrevista concedida al historiador colombiano Arturo Alape, acerca de los acontecimientos de 1948, expresó:

El 9 de abril yo creo que forma parte del conjunto de la experiencia que yo tenía ya cuando la lucha revolucionaria en Cuba [...] Reaccioné con la misma indignación de un colombiano frente a la muerte de Gaitán, reaccioné con el mismo espíritu de un colombiano frente a la situación de in- justicia y de opresión que había en el país, reaccioné con mucha decisión y mucho desinterés y altruismo [...] Fui leal hasta el último momento, cuando me dijeron el día 10 por la tarde que la División estaba siendo atacada y estaban desertando los policías, yo fui para la división con mi patrulla [...] Yo sabía que en el ataque iba a morir todo el mundo allí, porque aquello era una ratonera. A pesar de estar en desacuerdo completo con las disposiciones, en desacuerdo completo desde el punto de vista militar, con lo que estaban haciendo, me quedé allí. Iba a morir anónimamente allí y sin embargo me quedé. Yo personalmente estoy orgulloso de eso, porque actué consecuentemente, actué con principios, actué con una moral correcta, actué con dignidad, actué con honor, actué con disciplina.⁵

Del mismo modo, señaló la profunda impresión que le había causado la explosión popular, a pesar de que no se contaba con una conciencia política de las masas ni con la organización y dirección del movimiento, así como la experiencia de orientar y educar a las masas revolucionarias en contra de la anarquía, saqueos y venganzas personales. En tal sentido, opinó:

[...] me impresionó el fenómeno de cómo puede estallar un pueblo oprimido [...] Aunque junto a esto, junto al extraordinario heroísmo del pueblo colombiano, te puedo decir que no había organización, que no había educación política; había espíritu de rebeldía, pero no educación política y había falta de dirección [...] Yo diría que la influencia más grande fue, en la estrategia revolucionaria de Cuba, la idea de educar al pueblo durante nuestra lucha, para que no se produjera anarquía al triunfo de la Revolución, para que no se produjeran saqueos al triunfo de la Revolución, para que no se produjeran vindictas populares al triunfo de la Revolución.6

Por último, Fidel destacó la profunda huella que El Bogotazo dejó en él:

Creo que influyó notablemente en mí desde el punto de vista de mis sentimientos revolucionarios. Porque me quedé con el dolor de la muerte de Gaitán, me quedé con el dolor del pueblo explotado, me quedé con el dolor del pueblo ensangrentado, me quedé con el dolor del pueblo derrotado, y me quedé con la impresión de lo que puede hacer el imperialismo, de lo que puede hacer la oligarquía, de lo que pueden hacer las clases reaccionarias y, sobre todo, me quedé con el dolor de la traición [...] Porque yo pienso que la dirección del Partido Liberal traicionó al pueblo, sencilla- mente eso, lo traicionó. Fue incapaz de dirigir al pueblo, fue incapaz de ocupar el lugar de Gaitán y fue incapaz de ser leal con el pueblo. Hicieron un acuerdo sin principios por temor a la revolución.7

Después del retorno de Colombia, Fidel reanudó sus estudios universitarios, sin cejar en la lucha contra los gobiernos corruptos de Grau y Prío y otros males existentes; era ya un destacado representante de la pujante juventud del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), fundado en 1947 por Eduardo Chibás. Su nombre, su palabra y su acción se reflejaban con frecuencia por la prensa en diversos acontecimientos de la época, como el repudio al ultraje de la estatua de José Martí en el Parque Central, la lucha contra la corrupción y el gangsterismo, las reivindicaciones estudiantiles y la defensa de diversas causas justas ya en su condición de abogado.

Referencias:

1 Discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Granma, 4 de septiembre de 1995, p. 4.

2 Parte de estas armas fueron enviadas posterior- mente a Guatemala, a pedido del presidente Arévalo, cuyo Gobierno se constituyó en baluarte de los cambios democráticos en la región a través de la denominada Legión del Caribe.

3 Piero Gleijeses: La Esperanza Destrozada. La Revolución Guatemalteca y los Estados Unidos, 1944-1954, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 104.

4 Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet, tercera edición, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, 3.a edición, p. 104.

5 Arturo Alape: El Bogotazo: Memoria del olvido, Casa de las Américas, La Habana, 1983, p. 583. 6 Ibídem, p. 585. 7 Ibídem, pp. 586 y 588.

Enlaces directos