Para su reconstrucción se respetó el diseño original. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
Fidel está en el centro acompañado de sus hermanos Ángela y Ramón. Foto: Archivo de la Casa Editorial Verde Olivo. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
La escuelita conserva los pupitres originales. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
Habitación donde nació Fidel y otros de sus hermanos. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
De frente, en la cama de la izquierda dormía Ramón y en la derecha Fidel y Raúl. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
Debajo de la casa el carro que manejaba Lina en los años veinte. Ahí se protegían también los animales de la lluvia y el frío. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
A la entrada de la finca están los bohíos reconstruidos de los inmigrantes haitianos que visitaban mucho Fidel y Raúl. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
Ángel Castro murió el 21 de septiembre de 1956. Foto: Cortesía Conjunto Histórico de Birán. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
La familia reunida el 30 de abril de 1960 en la boda de Emma. De derecha a izquierda: Ángela, Fidel, Ramón, Agustina y Raúl; sentados: Emma con el velo de novia, Lina y Juana. Al fondo de la derecha Pedro Batista, considerado un hijo más. Foto: Cortesía Conjunto Histórico de Birán.
Fidel nunca vivió esta casa, montada en caguairán y con piso de mosaicos. Foto: primer teniente Boris E. González Abreut
Travesuras de un niño infinito

Por primer teniente Boris E. González Abreut / 28-11-2016

El 5 de febrero de 2009 se declaró Monumento Nacional al Conjunto Histórico de Birán, sitio donde nació y creció Fidel Castro Ruz. Este reportaje recoge etapas de su infancia y adolescencia.

Durante todo el año, a partir de las diez y cuarenta de la mañana la brisa se siente más fuerte en Birán. Son los vientos alisios los que alborotan la hierba y las ramas de los árboles en su recorrido de noreste al suroeste, como si desembarcaran por la bahía de Nipe y emprendieran una veloz carrera por el antiguo camino real que conducía hasta Santiago de Cuba.


Por este trillo, en tiempos pasados, otra fuerza doblaba las pequeñas plantas al pasar sobre ellas y hacía que los árboles bajaran sus brazos en señal de tristeza; era la de una ola de emigrantes haitianos, jamaicanos y barbadenses que arribaban en una goleta y comenzaban a andar sobre las huellas de otros pasos perdidos en busca de trabajo.

Desde el portal de la casa, un niño observaba a familias enteras desfilar, una vez concluida la zafra en tierras que estaban en mano de compañías norteamericanas, hacia los cafetales para la recogida del grano. En el mismo lugar, setenta años después, aquel infante convertido en leyenda diría:

“Recuerdo niños encima de las carretas con chorcitos ripiados, un sombrerito de yarey y el abdomen lleno de parásitos. ¿Vivirán esos niños? ¿Llegaron a ser hombres y mujeres? ¿Qué les habrá deparado el destino a aquellos niños que tenían muchos de ellos mi edad y venían de la desgracia para entrar a la otra? Eran familias nómadas que vivían así, de una zafra en otra”.

Muchos de esos desamparados hallaron protección en la antigua finca Manacas de don Ángel Castro Argiz, situada en el entonces barrio de Birán, perteneciente a la jurisdicción de Mayarí, en el centro norte del oriente del país. El propietario era un caballero extremadamente humano, refunfuñón como buen gallego, pero resolvía los problemas de quien se le acercaba. Su hijo, aquel que miraba pasar la miseria, no olvidaría esos gestos con los humildes.

DE RICO A POBRE

Durante la niñez fue audaz, temerario, lo exploraba y preguntaba todo. Cuando tenía un accidente no se dejaba curar, lo hacía solo. Le gustaba andar descalzo, al extremo de que la madre, Lina Ruz González, siempre le preguntaba si había perdido los zapatos. Los regalaba.

Dejó un sentimiento profundo en él la historia del padre, quien a los ocho años quedó huérfano de madre y lleno de miseria. A su vez, vio al progenitor labrar la riqueza familiar y su preocupación constante de que no quedara un trabajador suyo sin comer; cuando lo común resultaba que los terratenientes vivieran en la ciudad.

De igual manera, el ejemplo bondadoso de su mamá lo tendría presente en su constante proceder. Ella y sus familiares emigraron desde la occidental región de Pinar del Río hacia Oriente, en aras de mejorar la situación económica. Lina en Birán siempre estaba al tanto del enfermo, del dolor ajeno, que la maestra no faltara, que existiera la medicina en la farmacia...

Con apenas cuatro años va a la escuela pública cercana a la casa, la cual también sería su círculo infantil. Los primeros pupitres los ocupaban los oyentes que empezaban a adaptarse, estos no tenían donde apoyar las libretas, pero él se agenciaba de la memoria.

Aprendió a leer y garabatear viendo a los demás. De vez en cuando le daban un reglazo por las travesuras o le ponían unas pesitas en las manos extendidas y, a veces, unos granos de maíz debajo de las rodillas. Estos castigos no se los aplicaban frecuentemente, la intención era asustarlo.

La maestra le hizo creer a los padres que era un alumno muy aplicado, despierto, con capacidades para el estudio y de lo conveniente que resultaba matricularlo en un colegio en Santiago de Cuba. Veinticuatro meses después va a vivir a esa ciudad junto a su hermana mayor Angelita. Entonces, a pesar de la mesada que enviaría el padre, serían pobres y sentirían los mordiscos del hambre en sus estómagos debido a las necesidades de la familia de aquella profesora y el estricto ahorro instaurado allí. Comían poco.

Transcurrido un año mejoró la situación porque sus progenitores supieron lo sucedido. Aun así, el régimen disciplinario lo incomodaba y ante las amenazas de que si se portaba mal lo internaban en la escuela, un día incumplió todas las órdenes de forma consciente para lograr ese objetivo. Su incipiente rebelión ocurrió en primer grado con ocho años de edad.

En el Colegio Hermanos La Salle se interesaría por el deporte, el mar, la naturaleza y el aprendizaje de las diversas asignaturas. Un hecho pondría en la cuerda floja la continuidad de los estudios. En quinto grado protestó ante el abuso del inspector del centro; por lo que cuando llegaron las vacaciones el director les informó a Lina y don Ángel que sus hijos eran los tres bandidos más grandes que habían pasado por la institución.

Para ese entonces Ramón, el mayor de ellos, tenía alma de santo; Raúl estaría en primer grado con seis años; y él se declaraba culpable. Deciden castigarlos y no enviarlos a ninguna escuela. El primero estaba feliz porque prefería montarse en los camiones y tractores; el segundo carecía de opinión por la corta edad; y él consideraba injusta la medida, además de sentirse agredido, humillado…

Dijo que no aceptaría quedarse sin estudiar, en un acto de rebeldía; al pasar los días y ver la ausencia de preparativos de viaje, amenazó con darle candela a la casa. Tenía once años. Aunque hubieran sido solo palabras, la manera de manifestarse conmovió a los padres y determinaron enviarlo de nuevo. Esta vez matricularía en el Colegio Dolores, donde también haría el bachillerato, así como en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba, el cual terminaría en el de Belén, en La Habana.

Don Ángel, en algún momento, pensó que Ramón sería su sustituto en la administración de la hacienda; Fidel, el abogado defensor de los intereses, y Raúl, el economista.

¿POR QUÉ EL NOMBRE DE FIDEL?

Fidel fue el tercero de siete hermanos. Nació el 13 de agosto de 1926 a las dos de la mañana y pesó doce libras y media. Los haitianos del batey busca- ron hojas de yagrumas y verbena para limpiarlo a esas horas, lo cual ayudaría a la tesura de la piel y a los buenos augurios.

Su bautismo demoraría. Este constituía una ceremonia muy importante porque en aquella época ocurrían fallecimientos por diversas enfermedades, principalmente en el campo, y cada familia campesina veía al padrino como el segundo padre del hijo ante cualquier situación. Por eso escogían a los amigos de mayor confianza.

Lina y don Ángel le pusieron ese nombre en consideración a quien debió bautizarlo: el millonario Fidel Pino Santos. Al parecer nunca surgió el momento adecuado para que coincidiera una visita del rico y un cura en Birán.

Al final, los recién casados Emerenciana Feliú Ruiz, la hermana de la profesora de la escuelita pública, y Luis Alcides Hibber, cónsul de Haití en Santiago de Cuba, asumieron tal responsabilidad el 19 de enero de 1935 en la Santa Iglesia de la Catedral de la citada ciudad.

Cada tres meses, aproximadamente, iría de vacaciones a Birán, lo que representaba para él la libertad. Los días festivos de fin de año eran sinónimo de golosinas, dulces, confituras, turrones… Se le notaba la alegría desde que tomaba el tren y después el caballo para llegar a su casa por aquellos caminos llenos de fango.

En este sitio, que hoy es un Conjunto Histórico, ubicado en el Consejo Popular homónimo del municipio de Cueto, provincia de Holguín, el hombre que lideró la Revolución Cubana y alcanzó el grado de Comandante en Jefe vivió aventuras en ríos y montañas, a caballo, con tirapiedras y demás diversiones junto a hijos de haitianos y jamaicanos pobres.

A partir de 1915, el batey de Ángel Castro, como lo llamaban los moradores creció a orillas del camino real con una comunidad que llegó a tener 26 instalaciones de zinc pintado de rojo y la madera de amarillo.

Además, la arquitectura de la casa de familia mantuvo la tradición de Galicia, de donde era oriundo don Ángel, allá construían las habitaciones sobre una base que permitiera alejarlas del suelo, y en ese espacio protegían a los animales del invierno. Se hizo encima de altos pilotes y copiando el estilo norteamericano balloon frame.

Al principio quedó cuadrada. Luego, cuando Lina y Ángel contrajeron matrimonio y nacieron los hijos, a la vivienda le hicieron otras habitaciones. El cuarto del matrimonio lo edificaron en una segunda planta, que los muchachos llamaban el gallinero o mirador. Ahí se acomodaban todos los hijos: Angelita, Ramón, Fidel, Raúl, Juana, Emma y Agustina en tiempo de ciclones o algún peligro.

Había dos camas en la estancia de los varones, en una dormían Fidel y Raúl, y Ramón en la otra. Raúl, al ser el más pequeño de ellos, tenía un catre que lo colocaba a su conveniencia, en el recinto de los padres o de los hermanos, cuando lo hacía en el último amanecía al lado de Fidel, lo cual se convirtió en costumbre.

Otro espacio conserva una mesa donde muchos gallegos jugaban al dominó. Estaban divididos en republicanos y franquistas, por lo tanto, discutían de manera constante acerca de los acontecimientos de la Guerra Civil Española. Indudablemente, estos debates despertaron en el niño el interés por el tema e influyeron en su formación.

Aquí don Ángel cenaba solo porque llegaba tarde del ajetreo diario, aunque disfrutaba comer con la familia en fechas señaladas y los fines de semana. En una mesa de mayor dimensión se sentaban en las sillas cabeceras el padre y Fidel.

LA FE EN LA VICTORIA

Menos la escuelita y el correo telégrafo, las demás instalaciones del sitio eran propiedad de los Castro Ruz: cine, caballeriza, fonda, farmacia, lechería, carnicería, panadería dulcería, planta eléctrica, taller de mecánica, hotel, valla de gallos que los muchachos empleaban como ring de boxeo, entre otros establecimientos que dotaban al lugar de lo necesario para las familias de allí, muchas tenían una parcela de tierra dada por Castro para su autoconsumo.

En unos bohíos de hojas de palmas y piso de tierra vivían los inmigrantes haitianos. Fidel los visitaba y comía junto con ellos el ajiaco criollo que ha- cían, carnes, mazorcas de maíz…

Entre la tierra propia y la arrendada, la familia tenía no menos de once mil hectáreas. Cerca de la casa había un naranjal grande y árboles frutales: plátano, frutabomba, coco, guanábana, anón, y hasta tres colmenares con más de cuarenta colmenas.

Fidel recorría aquel naranjal con los ojos cerrados. Sabía donde estaba cada variedad de cítrico, que pelaba a mano. Nadie degustaba de esa fruta más que él.

Desde los doce años se iba lejos, a los campamentos forestales o a la casa del abuelo don Pancho, a unos cuatro kilómetros. Tanto sus familiares como los empleados de la finca respetaban su independencia.

La fe en la victoria lo definió desde muy joven. En los juegos de pelota no permitía ser sustituido como lanzador. Le hacían 20 carreras y Ramón le decía: “Oye mi hermano, tengo un pitcher bueno que contraté por diez pesos y un plato de comida”, entonces Fidel le contestaba: “Siéntate tranquilo que este juego lo vamos a ganar”. Estaba perdiendo veinte a cero en el octavo inning y no claudicaba.

IDEALES POR ENCIMA DEL DINERO

El tabaco constituía el símbolo de don Ángel. En el día fumaba varios. El 4 de septiembre de 1954 dejó uno pren­dido en el cuarto de la planta alta y en menos de una hora se quemó la casa.

Pasarían a vivir a una construida para el joven Fidel en 1947. Pensaban los padres que el futuro doctor en leyes se instalaría en la finca por el resto de los años, pero no, decidió cambiar la comodidad de hacendado y luchar por los ideales de su nación.

Cuando triunfó la Revolución Cuba­na en 1959, don Ángel ya había falleci­do y Lina pudo presenciar nada más los primeros años de cambio en el país por­que murió el 6 de agosto de 1963. Ella aceptó la Reforma Agraria y de las ex­tensiones de tierra que poseía la familia solo quedaron 30 caballerías, el resto se convirtió en granjas para beneficio del pueblo.

Las edificaciones del batey empe­zaron a deteriorarse y la luchadora del llano y la Sierra Celia Sánchez Mandu­ley comenzó a rescatar lo que quedaba, así como a reconstruir la casa principal.

En 1966 iniciaron los estudios de la obra, y entre 1970 y 1977 lo funda­mental quedó en pie. Continuarían res­tableciendo otras instalaciones hasta llegar a once, que son las que aproxi­madamente un millón de visitantes han observado desde el 2 de noviembre de 2002 que abrió sus puertas como Con­junto Histórico de Birán.

Durante su juventud, Fidel volvería a pisar el suelo de Birán, pero un día regresaría para llevarse a Raúl y jun­tos, como en la cama que compartían el sueño, construirían las historias que usted, querido lector, hallará en las si­guientes páginas.

Fuentes consultadas:

Antonio López Herrera, investigador e historiador del Conjunto Histórico de Birán.

Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel. Conversa­ciones con Ignacio Ramonet, tercera edición, Ofi­cina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, p. 796.

Frei Betto: Fidel y la Religión. Conversaciones con Frei Betto, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1985, p. 370.

Katiuska Blanco: Todo el tiempo de los cedros: Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz, Casa Editora Abril, 2003, p. 575.

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