Nuestros, vivos, perdurables

Por Omar González y Sonia Regla Pérez Sosa / 22-10-2016

Cuando surgen, se tornan esenciales para sintetizar y expresar un concepto, un ideal o un sentimiento, como sería el caso de libertad, paz, guerra, amor, odio, patria, belleza, vida, muerte… Su capacidad para identificar, encarnar y significar, les permite ser diversos y, por lo general, estar cargados de historia, aunque sean de reciente aparición. Así son los símbolos, y no existe un pensamiento, hecho o estado de ánimo que no procuremos representárnoslo mediante su alegoría o con la fuerza del propio nombre.

Decir Martí, Fidel, Comandante en Jefe, Revolución Cubana, Santiago de Cuba, cuartel Moncada, yate Granma , Chávez, Bolívar, Che, Mandela, Cuito Cuanavale, Yara, Bayamo, Zanjón, águila, lobo, víbora, paloma blanca… y entender su magnitud, lo evidencia. Refieren, en definitiva, el acto poético, la condición adánica, con que los pueblos expresan sus sentimientos, memorias y costumbres.
Reconocerlos implica un consenso subjetivo en el que intervienen la ética, la conciencia, la moral, pues para que una población o persona los hagan suyos, deben asumirlos sin tener dudas de su significado. Ellos, como portadores de una carga cultural, social, de experiencias afectivas y, a veces, hasta de perversidad y odio, pueden encontrarse en todos los espacios de la vida.

Nuestra historia no es tan antigua como la de otras naciones y sociedades del mundo; en cambio, resulta pródiga en símbolos, los cuales tienen connotaciones de rebeldía, resistencia, abnegación, solidaridad, sacrificio, entre otras.

Muchos nacieron en el contexto de las guerras de independencia, y desde entonces nos acompañan, como es el caso del Himno Nacional, surgido en vísperas del 10 de octubre de 1868; el escudo nacional, que emerge como un encargo patriótico; y la bandera, asumida por los mambises después de la de Carlos Manuel de Céspedes, posee la misma correspondencia libertaria e independentista.

Cargados de gloria y aprecios inobjetablemente, ratificamos estos como nuestros tres grandes símbolos patrios, pues constituyen sostén y origen de otros muchos: los gestan, contienen y, al formar parte del aprendizaje y crecimiento de las diferentes generaciones, las resumen y cultivan. Porque los símbolos, si bien indelebles, no se paralizan en el tiempo, sino que evolucionan y se enriquecen o degradan, como las propias sociedades que los portan y generan. Ello se advierte particularmente en esta época, cuando las marcas —que ya representan no solo bienes materiales y mercados, sino personas y antivalores— arrasan brutalmente con las identidades, tanto nacionales como individuales, hasta convertir al ser humano en una máquina desarraigada e insensible ante el dolor ajeno e, incluso, propio.

Hoy, además del ave, la flor, el poeta, el héroe, el árbol, el baile y el deporte nacional, existen personalidades, productos, lugares y objetos que también nos simbolizan, como Antonio Maceo, Mariana Grajales, Vilma Espín, Celia Sánchez, Haydée Santamaría, el malecón habanero, el pico Turquino y, por supuesto, el son, la rumba, la Nueva Trova y, por qué no, el ron Habana Club y el Hotel Nacional. Ellos contienen una vigorosa carga humanista, emotiva, cultural y patriótica; y la suma de todos significa nosotros, los cubanos.

Sucede que los símbolos, registrados o no en la Constitución o en otras normas jurídicas, comportan siempre una dimensión subjetiva, pues no existen solo formalmente, sino como representación colectiva o específica de un sujeto determinado. Además, no se decretan a priori —y si se establecen, difícilmente perduren—, ellos germinan por voluntad soberana de las personas en sus diversas formas de ser y relacionarse.

Ningún país o civilización se limita a los instituidos, sino que promueve, relega, resignifica y crea otros a lo largo del tiempo, en correspondencia con los procesos históricos y sociales, las particularidades nacionales o plurinacionales de cada región o universo, así como la experiencia vital de sus ciudadanas y ciudadanos. Su permanente contextualización y reinterpretación, evidencia actualidad y eficacia comunicativa. No son postales en la memoria, están llenos de vitalidad y nuevos contenidos.

Si bien a los cubanos, a sus tradiciones y símbolos, los han caracterizado siempre una actitud de resistencia y lucha, hoy la gran batalla de Cuba se libra en el campo económico (que también es cultural) y sobre todo en el ámbito de lo que denominamos lo esencial simbólico.

Al enfrentar responsablemente la pretendida banalización, desnaturalización, la consiguiente tergiversación y anulación de nuestros paradigmas y valores, de los más preciados símbolos e historia, lo conquistado hasta aquí no desaparecerá por obra y gracia de las siempre engañosas políticas imperiales. Allí donde anidan la estupidez, el mimetismo y la complacencia con la seudocultura, florecerán las peores manifestaciones del colonialismo cultural, y será tierra abonada para la implantación de fórmulas y modelos de abierta sumisión.

El gusto y la ausencia de enfoques críticos ante los símbolos, que imponen los portavoces del capitalismo globalizado y su amplísimo repertorio de hegemonías en los escenarios mediático, tecnológico y cultural, devienen signos inequívocos de complacencia y sometimiento, independientemente del grado de ingenuidad o la supuesta indiferencia con que se actúe ante este fenómeno.

Debemos evitar excesos y estar alertas, pues no nos referimos solo a la conciencia particular, sino a la batalla que se libra en toda la sociedad y, sobremanera, en el subconsciente del individuo, un territorio no suficientemente explorado, que deviene hoy una suerte de Tierra Prometida para los ideólogos, propagandistas y publicistas del sistema capitalista mundial. No es fortuita, entonces, la utilización creciente de tecnologías y herramientas ultrasofisticadas —como el neuromarketing aplicado a la política y la renovada subliminalización e inducción de contenidos ideológicos—, para seducir y controlar a las masas, de modo tal que sociedades enteras puedan modelarse a imagen y semejanza de las matrices del pensamiento dominante.

Para impedir esto, debemos proponernos que la enseñanza de la Historia sea aún más atractiva y eficaz, como proceso en evolución permanente y no como sucesión tediosa e impersonal de hechos y lugares comunes. Por lo mismo, habría que contextualizarla siempre, como hizo Fidel al situar el pensamiento y la obra de José Martí en el fundamento y la acción de quienes asaltaron el Moncada y vinieron junto a él más tarde en el Granma. Al lograrlo, la hacemos nuestra; se torna viva y perdurable.

De igual modo, requerimos continuar planteándonos no solo la modernización de las tecnologías de la información y las comunicaciones —lo que constituye un imperativo para el desarrollo—, sino la alfabetización y adiestramiento masivos de la sociedad en lo concerniente a las aplicaciones de esas tecnologías en el plano de las ideas, la comunicación política y la cultura.

En el escenario audiovisual, por ejemplo, nunca estarán de más los esfuerzos que hagamos para dotar, en particular a los jóvenes, de las herramientas necesarias, capaces de permitirle no solo acceso, sino capacidad de discernimiento. En una película, un videoclip, un spot publicitario, una información noticiosa o una telenovela, hay que saber cómo se nos presentan las estrategias de manipulación, incluida la fetichización de los símbolos foráneos y distinguir entre la verdad y la mentira como parte del desarrollo del pensamiento crítico. Por su impacto y extensión en la sociedad contemporánea, los medios audiovisuales y los medios en general requieren de mayor y más intencionada atención, sobre todo en lo concerniente a la recepción y producción de contenidos propios.

Ambos aspectos —la enseñanza y asimilación de la Historia y la actualización tecnológica— constituyen zonas privilegiadas donde se asienta la guerra simbólica; de ahí la conveniencia de asumir el reto y tomar en cuenta las estrategias de la Revolución en este sentido.

Al analizar el fenómeno en su más amplio entorno, y no de manera aislada ni defensiva, acercamos y enriquecemos el significado de los símbolos, tanto de los heredados como de los de reciente creación. Conservar los sitios y monumentos históricos y lograr que los acontecimientos y el ejemplo de sus protagonistas palpiten en la cotidianidad, es mantener con vida y actuante su valor imperecedero y trascendente. De esta manera no los dejamos caer en el olvido, precisamente cuando más los necesitamos.

Solo los dogmas son asumidos a partir de una abstracción impuesta, incluso en su representación alegórica. La noción de Patria que asumimos los cubanos, nada tiene que ver con doctrinas ni con el concepto estrecho que proveen el nacionalismo o la xenofobia. Para nosotros, “Patria es Humanidad”, como señalara José Martí, y nuestros símbolos también son los de los pueblos latinoamericanos y caribeños, los de Asia, África y ese mundo precario y excluido que habita en el Norte industrializado y altanero que, dígase o no, siempre termina despreciándonos.

Patria es también ese remanso (o corriente tumultuosa) de espiritualidad, donde evocamos infancia, amistades, barrio, amores, maestros y desamores, donde te reencuentras con la familia y con la historia personal e íntima de tus seres queridos. Además, ella vive en el corazón de todo aquel que se reconoce en el prójimo, sin olvidarse de sí mismo ni de los suyos.

Si los símbolos encarnan nuestra capacidad de ser y resistir, asumámoslos, no como algo petrificado en la historia, sino como una de las mayores fortalezas. Ahora, cuando la guerra es más que nunca de pensamiento, se impone, como nos advirtiera el propio Martí, ganarla a pensamiento. Y nada mejor que la elocuencia de los símbolos para ilustrar las ideas.

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