Añoranzas de un reencuentro

Sonia Regla Pérez Sosa / 25-08-2016

Cierto día, antes de que se me vaya de la cabeza, escribiré sobre el regreso de José Ramón Fernández al Museo de Australia, tras la reparación capital del inmueble, Monumento Nacional.

No será cuando este general de división (r) cumpla un aniversario de su destello vital en tierra santiaguera, ni cuando Girón recuerde el nombre de sus héroes muertos tras los disparos que bajaron de las nubes y desembarcaron por Bahía de Cochinos. Lo haré por escribir de los sentimientos y las gratitudes, como si le enviara una carta entrañable.

Le diría que hay seres insólitos, representantes de lo puro, capaces de integrarse a quienes rasgan las tinieblas de un manotazo. Y él es de esos, de los que apuestan por las causas de los humildes aunque estas estén en ciénagas, canales, playas y pistas, bajo ráfagas mercenarias y bombas de amistades traicionadas.

Insistiría en resaltar su persistencia de estirpe gallega y dibujaría sus afanes por rescatar la colapsada oficina del administrador del central Australia, desde donde el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz concibió líneas defensivas y dirigió todas las operaciones frente al ataque enemigo por Playa Girón.

Gallego, desde entonces has llegado sistemáticamente a esta parte de la naturaleza matancera y velado por las cosas interesantes que son de verdad.

Asimismo desearía recordarle la emoción de las guardianas de esa porción de Cuba ante su llegada y el regocijo por mostrarle cómo habían revivido los metros cuadrados que mostraban parte de la historia nacional. Tal vez por ello frente a cada pancarta u objeto organizaba sus pensamientos, verificaba cifras, evocaba libros, pues ningún comentario o sugerencia pasaban inadvertidos.

Contigo no hubo confusión. Porque desde las ocho y diez de la mañana de aquel 17 de abril de 1961, aceptaste sin dudar el reto de combatir bajo las órdenes de Fidel, ese que estuvo siempre a tu lado, aunque para oírlo a veces necesitaste un teléfono de magneto. Entonces fuiste un soplo bueno de la Escuela de Responsables de Milicias a Pálpite, Playa Larga, Soplillar, capaz de sobresalir por tus arrestos y al mismo tiempo, brindar cordialidad.

Desde entonces la Ciénaga te unió a los nuevos y los veteranos, a la gente sensible que redactaba versos con alguna falta de ortografía, pero los recitaba con la mejor caligrafía del alma.

¡Disfrutaría tanto garabatearte unos trazos para comentarte la dicha de los cenagueros y jagüeyenses presentes la mañana de tu visita! Así sabrías que la sala se extendió al portal porque todos querían demostrarte con cifras y ejemplos sus logros en este museo modernizado. Entonces los diplomas de carpinteros, restauradores, museólogos, constructores, ingenieros, logísticos, albañiles, no se comparaban con la felicidad de oírte y aprenderte.

No sé, Fernández, por qué siempre les supiste a confianza. Tal vez por tu seguridad ante lo indeterminado o la preocupación constante por el destino de esta zona. Y busco entre mis abuelos y sus amigos, al grupito armado desde 1961 para que nada pasase en el territorio sin que tú lo supieras. Ellos seguían tu voz.

Todo era eso: seguirte. En ti había conocimientos de academia militar y de vida, un afán letrado que se debatía con la intuición cultivada de quienes te acompañan siempre, comprendidos y comprometidos. Quizás por ello aprendiste de zapatas, basamentos y cubiertas, para asegurarte de precisar una buena restauración.

¡Qué manera de aprender y enseñar!, de empequeñecer la mano para apretar y extenderla para acariciar, de hacer enormes esos ojos inmensamente azules cuando se debía prestar más atención, cuando encontraste los partes militares de aquellas sesenta y cinco horas y media en las cuales la libertad de Cuba fue amenazada.

Algún día yo escribiré, pero ahora solo recordaré el agradecimiento y las lágrimas emocionadas de “sus muchachitas” por hacer realidad los anhelos inconcebibles y el reencuentro con un lugar querido.

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