Con las ideas en lo más alto

Por Hassan Pérez Casabona / 12-08-2016

Existen acontecimientos que reflejan el pensamiento de los seres humanos. No hablo de cualquier pasaje, sino de aquellos momentos singulares, marcados por circunstancias complejas e intensas, en que los involucrados proyectan su manera de actuar, en la misma medida en que emerge, con impresionante naturalidad y nitidez, el calado ético que vertebra dicho ideario.

La vida del Comandante en Jefe es paradigmática, por la forma en que se sobrepuso a avatares, escollos y desafíos surgidos en las distintas etapas de lucha, desde una inquebrantable vocación libertaria que hunde su raíz en José Martí.

Entre muchos ejemplos que revelan la extraordinaria capacidad de encontrar soluciones magistrales, ante el estremecimiento provocado por un hecho —siempre habrá que evocar la reflexión del Che, aludiendo a la hora cenital en que el mundo vivió una alarma nuclear, de que “Nunca brilló tan alto un estadista como en los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre”—, quiero detenerme en dos acontecimientos que, aunque separados en el tiempo, testimonian además la esencia humanista de Fidel.

El primero, ocurrido en noviembre de 1956, atestiguó ante sus compañeros de travesía en el yate Granma que el proyecto revolucionario, que entraba en una fase decisiva con la expedición —el legado de los caídos en el Moncada, que no estaban “ni olvidados ni muertos” acompañó a aquellos ochenta y dos hombres— pasaba ante todo por la disposición de preservar la vida de cada participante.

Cuando Fidel dirigió la búsqueda de Roque, luego de que este cayera al agua, tomó cuerpo uno de los pilares sobre los que se erigiría la construcción del socialismo insular desde sus albores, y que con renovados bríos y confianza en el futuro acaba de ratificar el General de Ejército Raúl Castro Ruz, en su Informe Central al VII Congreso del PCC.

Cuarenta y tres años después, exactamente el 6 de diciembre de 1999, el líder histórico de la Revolución Cubana escribió en la escuela Marcelo Salado, de Cárdenas: Por la libertad de Eliancito, ¡Patria o Muerte! Ese día, justo cuando el niño secuestrado por la mafia anticubana de Miami cumplía seis años, Fidel revalidó con marcado carácter simbólico, la coherencia de su accionar a través del tiempo.

Nacía así, en el reclamo por el regreso de un niño junto a su padre, una colosal batalla en el terreno de las ideas, cuya divisa suprema representó brindar la posibilidad de proseguir creciendo en el plano de los conocimientos.

Además, el combate para que Elián González Brotons, que con orgullo vemos convertido hoy en profesional universitario, pudiera recibir el cariño y la educación de Juan Miguel, devino lucha por el derecho de todos los progenitores tercermundistas a permanecer junto a sus hijos.

Esa gesta se fundó sobre sólidas bases culturales, reinterpretando la larga tradición que se remonta a la época en que en las calles el pueblo conocía que uno de los mandatos principales era fomentar hábitos de lectura, luego de la victoria en la campaña de alfabetización, y que se cimentó en documentos imperecederos como Palabras a los intelectuales, que fijaron desde entonces una plataforma extraordinariamente inclusiva para la defensa de nuestra obra.

Durante aquellas jornadas incesantes, cuya primera etapa se prolongó hasta el miércoles 28 de junio del 2000, en que el infante cardenense descendió en brazos de su padre del avión que lo trajo a Cuba, el pueblo se volcó a las calles, como un solo haz, con la certeza de que ese niño significaba, parafraseando a Cintio Vitier, un “Capitán de la alegría, que nos unió para siempre”.

Cada encomienda en lo adelante, ora en el campo educacional, ora en los escenarios internacionales exigiendo el cese del bloqueo genocida, ora participando con hidalguía —y sin retroceder un ápice en los principios que constituyen la génesis de nuestro devenir— en el proceso de restablecimiento y normalización de relaciones con nuestro enemigo histórico; o en la ardua tarea de actualizar el modelo económico, y ha sido asumida con la convicción inequívoca, que brota de las alertas del Apóstol, al plantear: De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace; ganémosla a pensamiento.

En esa dirección Fidel, y nuestro Héroe Nacional, son manantiales inagotables de los que se nutre la ideología revolucionaria. Beber de esos torrentes es una necesidad impostergable, fundamentalmente en el caso de las generaciones bisoñas que, desde la convergencia estratégica con sus predecesores, incorporan a la construcción de nuestra sociedad su mirada genuina.

Esa antorcha, que nuestro invencible Comandante en Jefe propulsó a dimensiones insospechadas, será custodiada con celo por el pueblo antillano, que aprecia en ella (las ideas en la cúspide), el escudo y la espada que nos resguardarán en cualquier circunstancia y el resorte, al mismo tiempo, desde el que debemos edificar el socialismo próspero y sostenible que nos hemos propuesto.

¡Feliz 90 cumpleaños!

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