Martí periodista*

Por Alfredo Reyes Trejo / 18-03-2015

EL siglo XIX marca, en la marcha ascendente del saber humano, un apreciable salto en la ciencia y la tecnología; es un siglo de descubrimientos, de inventas que asombraron al hombre y que sirvieron de punto de partida en la carrera de los fabulosos logros de nuestros días. La electricidad, el teléfono, la telegrafía por citar algunas conquistas, nacieron en este siglo; trayendo consigo, entre otras cosas una sustancial transformación de los medios de comunicación.

José Martí nace, vive y muere en la segunda mitad de este centenio y es en la penúltima década del siglo en la que se desarrolla más intensamente su actividad periodística iniciada desde la primera juventud.

A pesar de sus títulos de Doctor en Filosofía y en Leyes, Martí va a beber con avidez de cuantas fuentes ha creado el saber humano. La política, la filosofía, las letras, la economía, la arquitectura, la ingeniería, la pintura, la música, las bellas artes en general. Los últimos adelantos en la ciencia y la técnica, no les son ajenos. Vive al día con su tiempo, con su siglo, y cumple a plenitud, como periodista, la misión de informar y orientar a sus lectores respaldado en el conocimiento de los temas que trata, que por demás, son de los más diversos. Alcanza a ver más allá de las fronteras de su siglo y sobre todo, fundamentalmente, conoce al hombre, ha penetrado en el ser humano y hay en él una extraordinaria calidad humana, una marcada sensibilidad. Todos estos elementos reunidos en un temperamento como el de Martí, darían un periodista también extraordinario.

El periodismo es para él una ne¬cesidad. En sus comienzos, de este trabajo dependen el pan y el abri¬go, sin que deje de ser tribuna, sin que la remuneración de su trabajo llevara mancha alguna. Con ese periodismo logra el pan y la tribuna. Más tarde sería, en lo que podríamos llamar la madurez plena de este hombre singular, trinchera de combate, horno de fraguar voluntades y conciencias. Es donde el periodismo de Martí alcanza su mayor esplendor y se vuelca por entero al servicio de la causa que defiende. Porque no solo expresa el dolor por la Isla esclava y martirizada, donde como él mismo dijera, “qué árbol no ha sido una horca, que caballo no ha perdido a su jinete, qué casa no llora a un muerto”; no es solo la angustia por la Patria lo que bulle en su alma sensible –aunque es lo primario–, es la pena del hombre en general, y, en particular, el hombre de esta parte del mundo. Porque Martí ve lejos y profundo. Otea como un padre bueno el horizonte de las jóvenes repúblicas del Continente americano. Su pluma de periodista solidario aconseja y fustiga a los “petimetres”, por citar su propio calificativo, que por blandenguería y falta de voluntad y entereza pierden la fe en sus países y abandonan sus tierras para ir, “de casaca y bombín” a arrodillarse ante el gigante de las botas de siete leguas, a estos, y a los que medran del erario público, a los que no ponen las manos en el trabajo honrado y útil para el desarrollo del país, les llama “gusanos que le corroen las entrañas a la Patria”.

Su pluma no se detiene para es¬timular a las repúblicas donde los gobernantes y los pueblos entran con la manga al codo a sus propios problemas y a las empresas de bien público.

Ve descomunales fuerzas humanas adormiladas a lo largo del continente. Ve en ellas, junto a las grandes reservas naturales de estos países, el bienestar y la felicidad futura de estos pueblos. Y al ver esa gran reserva humana embrutecida y abandonada por los gobernantes, exclama convencido: “O se hace andar al indio, o su peso impedirá la marcha”.

El de Martí es un periodismo militante, comprometido como diríamos ahora; comprometido con los hombres, con su Patria, con América, con los humildes de la tierra, y puesto al lado de toda bandera de lucha, desde los tiempos del “Diablo Cojuelo”, hasta su última y más gloriosa trinchera, el “Patria” de Nueva York.

Es el periodista de América, el que siente como en rostro propio la bofetada que se pegue a cualquiera de nuestros pueblos. Y nos atreveríamos a afirmar que no existió en su siglo, en su tiempo, una pluma más solidaria en América.
Solidario del indio vilipendiado en el que tuvo fe y vislumbró, como ya apuntamos, una fuerza tremenda que estaba por andar, porque creyó en el indio, en su calidad humana, en su poder creador entonces somnoliento; porque indio fue Juárez. “Juárez, el indio descalzo que aprendió latín de un compasivo cura, echó el cadáver de Maximiliano sobre la última conspiración clerical contra la libertad en el nuevo Continente”; el que, “con los treinta inmaculados, sin más que comer maíz durante tres años por los ranchos del norte, venció, en la hora inevitable del descrédito, al imperio que le trajeron los nobles del País”. Porque indio fue Tupac Amaru, como lo fueron en definitiva aquellas primeras poblaciones de nuestras tierras, que levantaron, sin más ayuda que la de su ingenio y voluntad, entre las selvas y rocas de América, asombrosas ciudades y templos, y una casi increíble civilización. Por eso sufrió al ver esparcidos por los sombríos rincones del continente, subestimados y olvidados a estos descendientes reyes, de guerreros, de constructores y forjadores de pueblos felices y espléndidos. Su pluma dejó sentada esa solidaridad: “Hasta que no se haga andar al indio, no comen¬zará a andar bien la América”.

Es solidario con cuanta voz se levanta en nuestras repúblicas, que trace rumbos, que abran brechas en la oscuridad casi perpetua de estos pueblos aletargados. Para él, la América de habla hispana es su Patria grande, y no hay en ella dolor, ni triunfo ni agonía que le sean ajenos. Su pluma de periodista mi-litante está atenta a cuando acontece, y orienta y aplaude, disiente y fustiga, como si todo estuviera ocurriendo en tierra propia.

A México, donde ya era conocido, y donde su pluma gozaba de renombre, se fue un día, y cuentan que el presidente de la República al tener conocimiento de su arribo a la capital azteca, hizo situar en el andén un pelotón de soldados engalanados para la bienvenida al ilustre visitante. El edecán preguntaba a todos los que descendían: “¿Es usted el Sr. Martí?”, hasta que vio bajar al último de los pasajeros, que por supuesto, tampoco lo era. El Apóstol de nuestra independencia en esos instantes, se desmontaba del tren, pero ignorado y humilde entre los viajeros del coche de tercera. El mandatario mexicano sabe que ha llegado y ordena averiguar su paradero. Y cuentan que al día siguiente, en las primeras horas de la mañana, Martí oye tocar a las puertas del cuartucho que ocupaba. Cuando abre ve ante él un anciano de aspecto venerable y patriarcal. "¿Es usted el Sr. José Martí?", le pregunta, y al contestarle el viajero afirmativamente, el visitante le tiende la mano, y afectuoso le dice: “Mucho gusto, yo soy el Presidente de México”. Cuentan que le reprobó el que viajara con pasaje de tercera y que se hospedara en tan humilde habitación, cuando tenía, abiertos para él, los aposentos de Palacio. Pero él no visitaría Palacio, ni aceptaría una sola dádiva de aquel gobernante, que si en su juventud fue heroico junto las rebeldes de Juárez contra Maximiliano, ahora se erguía fusta en mano sobre su pueblo, que era también el pueblo de Martí. El Presidente quería atraerse la pluma influyente del Apóstol pero él, según su propia expresión, no era de raza vendible. Sus amigos no estaban en los pasillos y despachos del Palacio presidencial sino en los círculos más progresistas en las modestas redacciones de periódicos y revistas, entre los intelectuales y pueblo que ya repudiaban al anciano presidente. Y al no transigir, al no claudicar, tiene el viajero que salir de México.

Y cuando un periodista norteamericano, en algún infortunado artículo le roza u ofende a los pueblos de América, ahí está demoledora y definitiva la fuerza de su pluma, fustigando al extranjero insolente y diciéndole, como a dentelladas, las glorias y virtudes de nuestros pueblos, de nuestros próceres; de un Bolívar que no era más alto que su espada y libertó un manojo de repúblicas. Las virtudes y genio de un José Antonio Páez, el criado de la pulpería, el que llevaba y traía los camazas, el que en una carrera de caballos que duró 16 años, libertó a Venezuela.

Nadie como él en su tiempo, amó tanto a los héroes americanos que lo precedieron, nadie como él vertió tanto cariño y respeto hacia los próceres latinoamericanos. Y nadie como él conoció tan profundamente las raíces, formación y vida de nuestros pueblos en su conjunto. Era como si la lejana Colombia le quedara en el traspaso de su casa en New York, o si la Guatemala de entonces, aislada por salvajes e imponentes selvas, estuviera al alcance de sus ojos.

De los próceres de América, los más notables y los menos sobresalientes, nos dejó, como para que las generaciones venideras los amáramos con una visión tan humana y épica, tan honda y sentida, como nadie pudo hacer en su tiempo en tan breves páginas. Desde Bolívar a San Martín, desde Páez a Juárez, desde Ignacio Altamirano a Marcos Aurelio. Y no solo nos dice sus virtudes, sino que también nos deja sus errores y es entonces que habla del sol, porque estos hombres eran como soles que abrían brechas en la oscuridad de América y habla de los desagradecidos, que no ven la luz sino las manchas.

Martí es el periodista de siempre. Adolescente aún se inicia en esta disciplina con El Diablo Cojuelo, y no lo hace para dar riendas sueltas al torrente de su vocación literaria, sino para combatir injusticias, para tomar las puertas del camino de rebeldías y luchas que seguiría durante todo el intenso decursar de vida.

Hace periodismo activo y militante, aun en los momentos en que está abrumado por el peso del conductor de un pueblo que va a lanzar a la guerra necesaria. Sus artículos, sus crónicas seguirían apareciendo. Y esta profesión, esta disciplina tan profundamente arreglada en él, no la dejaría sino con la muerte. Porque cuando ya en los bosques orientales está dispuesto a dar la vida, “pegado al último tronco, al último peleador”, cuando ya es mayor general y director indiscutible de la guerra que comienza, el periodista está vivo e intacto en él. Esas apretados notas que va dejando en su cuaderno de campaña se habrían convertido, de no haber caído en bellas y brillantes crónicas, quizás las más brillantes de su larga carrera de periodista.

En sus trabajos periodísticos, Martí toca los más diversos temas en los que siempre aparece en toda su dimensión el hombre. Exalta virtudes, aplaude a los creadores en todas las ramas del saber dedica al trabajador, al obrero que suda la camisa y constituye, pensamientos que denuncian su honda militancia junto a los humildes, y de ellos dice, con sorprendente visión, que “se nos viene encima un universo nuevo amasado por los trabajadores”.

Su pluma va a la fábrica, a la obra de ingeniería portentosa, a los escombros de las antiguas civilizaciones americanas; hurga hondo en los problemas económicos de nuestras repúblicas. Prevé y alerta sobre los peligros que emanan del creciente poderío del vecino del norte, trata de llegar a los hogares de América través de los niños, se dirige a ellos con la aspiración de formarlos, de forjar un hombre de América, laborioso, patriota y virtuoso, afincado en las raíces de sus tierras.

Llega al salón engalanado y se deleita con la virtud de un artista, y su pluma recoge en fina crítica el evento. Elogia a un sabio, cuya “frente es como la ladera de una montaña”. Habla de electrónica y de máquinas, de medicina y técnica fotográfica, de los astros y de los gusanos que producen la seda. De caballos y de deportes, de pintura y arquitectura, de libros y de montañas, de la agricultura y de los héroes.

Viaja, es un viajero de siempre, y con él va inseparable y constante el periodista que hay en él. Se puede decir que nada escapa a su fina sensibilidad, a su pupila escrutadora que a todo cuanto le rodea le concede importancia, desde la manera en que un arriero guatemalteco lleva el machete hasta los retoños gozosos de un pino en el claro del bosque. Sus crónicas de viaje, apretadas, pobladas de imágenes arrancadas al ambiente que lo rodea, es una de sus formas y estilo de hacer periodismo. Cada una de estas páginas, comenzando con su llegada a México y su breve paso por Jolbós, Islas de Mujeres, Livinston y Curazao, son ejemplo, de su fina percepción y su mirada escrutada y sensible. En estas crónicas especialmente cuando va camino de Guatemala, hay un elemento que rara vez se encuentra en la prosa martiana, que es el humorismo y que no se encontrará más hasta que escribe las impresiones sobre su llegada a New York en 1880.

El viajero llega a un pueblito, enclavado en las inmensas selvas guatemaltecas, y su arribo a esta pequeña localidad coincide con unas fiestas religiosas.

“[…] Iban en la procesión un San Pedro, parecidísimo a Antonio Sellen; un Jesús, que en formas ridículas inspira y merece respeto; una virgen María demasiado vestida del nuevo para ir con tan grande dolor; una raída y desvencijada Magdalena ¡ella, la dama de las camelias del cristianismo! y rematando el séquito una figura inmensa, candorosa, alta y de alba vestida, con rubia peluca, sujeta en la mano una ancha copa de oro y —dice que esta singular persona era el leal y poético San Juan—, a Dios que no, caros amigos zacapecos. Pero ellos iban muy regocijados de sus santos [...]”

Es estudioso y quiere abarcar los conocimientos humanos hasta entonces conocidos. Él mismo diría: leo todo cuanto me cae en la mano. Por eso, en sus crónicas, artículos y reportajes se ven los perfiles del conocedor del asunto que trata, desde unas impresiones sobre un libro de Teoría de Física Moderna, hasta la crónica sobre una exposición de flores en New York, en que además, por lo que deja sentado en ella, se denotan sus conocimientos en floricultura, y deja clara también en esta crónica, que domina la teoría de la polinización.

“[...] Pero los cipripedios —dice en su crónica— grandes y generosos son los que llevan todas las miradas. Los niños no quieren creer que sean flores de veras, sino pantuflas, pantuflas que han echado tres alas por el talón. Hay pie de mujer que cabe por supuesto, en el labio colgante con que el cipripedio lustroso ampara a los insectos ladrones su columna hermafrodita, con las antenas machos co¬mo dos orejas, pegadas a la len¬gua blanca del estigma, que echa tubos abajo, hasta que se juntan con el huevo, los granos de polen que le trae en el lomo la abeja buscamieles, enamorada de la fragancia y el color. ¡Qué insectos en aquella soledad divina para estas flores enormes! ¡Qué ir y venir de la vida del mundo, por el aire tórrido, entre las alas vibrantes de la abeja fecundadora!”

No es aventurado decir, que para nosotros sería harto difícil recoger impresiones sobre una exposición de flores Rozaríamos el tema y natu¬ralmente el lector amante de la floricultura, quedaría con deseos de saber más, de informarse más.

Martí toca el tema y llena, con conceptos interesantes y científicos, con amenidad y frescura, con dominio profesoral, glosando especie por especie, las distintas flores, para llenar unas quince cuartillas.

A veces nosotros, periodistas en formación, que no podemos decir que dominamos a cabalidad tema alguno, nos disponemos a hacer un reportaje o crónica en los cañave¬rales y nos las vemos negra, porque no hemos encontrado aún la forma nueva y amena de abordar temas tan cotidianos y es, a nuestro juicio, porque nos faltan recursos, porque no estamos formados aún como periodistas, porque no contamos con bagaje cultural, ese formidable aliado de toda persona que escribe para los demás. Martí, en su época, encontró la forma nueva y amena de comunicarse con sus lectores, lo logró brillantemente. Sería impresionante ver un trabajo de Martí, en estos momentos que vive nuestra Patria, leer una crónica s¬ya sobre los Turcios”, por ejemplo, o sobre los obreros que levantan una termoeléctrica, o sobre los días del secuestro de los once pescadores, o sobre la Crisis de Octubre.

Y de Martí tenemos mucho que aprender los periodistas cubanos. Hay compañeros que manifiestan que no lo leen con frecuencia porque se les pega el estilo, ¡pues bien venido el estilo de José Martí! aunque creo que nadie en esta época escribiría como él escribió en su tiempo, porque todo cambia y con ese todo evoluciona también la literatura y evolucionan los estilos. Tenemos que aprender de él la habilidad y amenidad para abordar un tema y sacar una copiosa, amena y útil crónica o reportaje sobre una temática que, a simple vista, nos luce árido y seco, sin motivaciones aparentes; y ha imitado en la búsqueda constante de cuanto nuevo escriba el hombre y nos interese para nuestra profesión.

Otro ejemplo de sus polifacéticos conocimientos y de la diversidad de temas que dominó, es su reportaje Gran Exposición de Ganado, en que sorprende a todos con sus insospechados conocimientos agropecuarios.

Dice un fragmento de este reportaje:

“[...] Allí ha sido también, en el Madison Square, la feria que contamos ahora, la feria del ganado y de las lecherías... De pronto rompen las músicas; puéblanse los alrededores del corral; resuenan los aplausos: es que pasean al toro triunfante, al lindo toro de Jersey, a Pedro. —Puerilidad será: pero acorralado de todas partes por la lengua inglesa, ¡daba goce que ese triunfador se llamase Pedro! Del narigón lo llevaba el zagal por una vara enganchada en las argollas, seguido de sus hembras. Él, corpulento, impetuoso, duro al palo, ellas pequeñas, adamadas, mansas, como traídas a tierra por el peso de las ubres. No se quiso junta en esta feria, como pudo ser, todas las catas nobles, ya se críen para la matanza, ya para la colodra, ya para el yugo sino reunir, en competencia la que presumen en riquezas de leche. Ni el Devon cerezo, breve, económico y sufrido, que presta dócilmente su ancho cuerpo de carne llena y fragante, a la servidumbre del arado, y acompaña bien al horrible en las tierras calurosas; —Ni el Hereford, de piel roja y careta, menos fino y pequeño que el Devon, pero tan leal como él en la faena buen, servidor de vacas de fatiga amigo de su yugo; —Ni el Longhonr, de astas caídas, de allá del Lancashire y de Irlanda, que en pocos años de mejora dio prueba de buena fibra, capacidad, para la labor, y normal orden, —Ni el Kloe Torva y peludo de los escoceses, afilado de cuerpo y de testa a atopada, pero de carne bien deparada sobre el hueso escueto, fuerte en la sangre y monta, acomodable y sobrio, y hecho a vivir con el pastor, y a dormir junto a él en la cabaña, —Ni los "Mochas" de Garlowav, gordas y humildes y de cabeza recia y ove¬juna, en cuya casta es manso el toro, por lo que el pastor tiene vergüenza que se las vean en su majada, —Ni el Durhan de pecho colgante y brazo en pera, sin más huesos que el necesario para tener en pie la carne, plano el dorso, espacioso el encuentro de los cuatro traseros, ancho y largo de ancas, el mejor para el cuchillo, —Ni aquel ganado suizo parco y huesudo que vive del aire aromoso más que del yerbón escaso en los desfiladeros de los Alpes, —Ni la vaca de casta americana, que es como no tener casta, angosta de ancas e hijares, cerrada de pecho, bolsuda, carnosa y dura de la urbe, chata y hundida de costilla, muerta la cola”.

Como vemos, Martí, en esta reseña de casta y de razas, solo menciona las que a su juicio debían estar en la feria ya que los prospectos exhibidos eran Holstein, Hersey, etc.

Atento como estaba a todo adelanto de ciencia y la técnica, en cuanto significara progreso para el hombre, va a una exposición que sobre la electricidad tiene lugar en Filadelfia, y reporta el evento paro La América, de New York.

“[...] El sexto grupo, será el de la luz eléctrica, el modo de encerrar en una botella de cristal de reyo, todos los medios conocidos de mover la electricidad, almacenarlas y llevarla de un lado a otro. De cables, hilos y cuando haga relación a ellos. Se reunirán en división especial todas las aplicaciones de la electricidad a la química, a la metalurgia y a la galvano-plástica […] El departamento en que hemos de tener puesto con más cuidado los ojos los latinoamericanos, es el de las aplicaciones de la electricidad a las minas y a la agricultura. De un lado se verán los usos de la electricidad en la medicina y la cirugía, de otro, todos los modos de servir de la fuerza eléctrica a la meteorología, a la astronomía y a la geodesia”.

Y sentencia, en este, entonces tan masivo tema, que “entre los sueños del hombre hay uno hermoso, suprimir la noche”.
Su espíritu acucioso de periodista inquieto, lo lleva a cuantos eventos científicos, artísticos, tecnológicos, etcétera, de trascendencia se celebren en la nación donde vive.

Chicago es sede, en 1803, de una exposición de maquinarias. Allá va curioso y ávido el periodista y reporta para La América de Nueva York: “Junto a los productos de cada fábrica un comentador diestro y activo que hacía resaltar sus ventajas, y las ponía en juego a los ojos de los visitantes, menos numerosos, sin embargo, que los que atrae un circo, o un certamen de extravagantes perros. ¡Y sin embargo, que hermoso misterio es una máquina! Se adivina con ver cada una de ellas, que es una presa nueva que el hombre hace a cielo, y una estrella más que clava a la tierra. Ver una máquina llena de orgullo, orgullo de ser igual en forma a quien la hizo. Se busca instintivamente con los ojos a los trabajadores, para estrecharles las manos. ¡Qué hermosos conquistadores estos de manos callosas, tez bronceada y espaldas fornidas! Tienen los contornos, la manera de mirar, y la de reposar, de los antiguos héroes […]”

Escribe para criticar un libro y afirma: “El mundo está en tránsito violento, de un estado social a otro”.

Su pluma trata el tema forestal: “He aquí una cuestión vital para la prosperidad de nuestra tierra y el mantenimiento de nuestra riquezas agrícolas. Muchos no se fijan en ella, porque no ven el daño inmediato. Pero quien piensa para el público, tiene el deber de ver al público, tiene el deber de ver el futuro, de señalar peligros. Mejor es evitar la enfermedad que curarla. La medicina verdadera es la que precave. La cuestión vital de que hablamos es ésta: la conservación de los bosques, donde existen, el mejoramiento de ellos donde existen mal, su creación, donde no existen. Comarca sin árboles, es pobre. Ciudad sin árboles malsana. Terrenos sin árboles llama poca lluvia y da frutos violentos. Y cuando se tiene buenas maderas, no hay que hacer como los herederos locos de grandes fortuna… Hay que cuidar de reponer las maderas que se cortan, para que la herencia quede siempre en flor […]”

La obra de Martí, ahora recopilada y publicada, está contenida en 26 tomos, en unas doce mil páginas que contienen no menos de cuatro millones de palabras. Eso nos da una idea de la intensa labor de este hombre extraordinario, si tenemos en cuenta que no es viejo cuando desaparece, sino que es relativamente joven, pues apenas ha cumplido los cuarenta y dos años cuando cae en Dos Ríos. Y aprecíamos que la mayor fluidez de su obra está enmarcada en el corto período de 14 años.

Nota

*Este artículo se publicó en la revista Verde Olivo, edición No. 2, 1971, pág. 4-8.

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