Pudiera llamarla con muchos nombres. Pero nos basta solamente uno: el que se grabó en los corazones de once millones de cubanos, para quienes fue, es y será. Eternamente Melba

Por: Héctor Arturo / 22-07-2014

Cuando hizo falta una mujer decidida. Allí estaba ella, junto a su inseparable amiga, compañera y hermana Haydée Santamaría, Yeyé, quien le presentó a su hermano Abel. Todos se extasiaban al escuchar a otro joven audaz, recién graduado de abogado, llamado simplemente Fidel.

Se juró serle fiel incondicionalmente, porque profesaban los mismos ideales. Entonces se necesitaba a alguien para conseguir uniformes del ejército de la tiranía batistiana, y allí estaba Melba.

Después fue preciso arreglarlos. Allí estaba ella: tijera, dedal, aguja e hilo en sus finas manos de abogada graduada en 1943, ahora como costurera para algo trascendental: que la Patria fuera libre como soñaron sus abuelos mambises.

Se requería de alguien para trasladar armas, municiones… y dio el paso al frente. Transportó esa riesgosa carga desde La Habana hacia Santiago de Cuba, subió a aquel tren, llena de pertrechos, con la mayor naturalidad del mundo.

Ya en Santiago había que acondicionar locales en la estrechez de la pequeña vivienda de la Granjita Siboney, cocinar para más de cien personas. Melba preparó camas, sábanas, almohadas, elaboró un exquisito arroz con pollo. No durmió en espera del amanecer de la Santa Ana, cuando la alegría carnavalesca serviría para enmascarar el movimiento de tantos jóvenes del occidente del país hacia la cálida, hospitalaria y rebelde Santiago de Cuba, cuna de patriotas como Guillermón Moncada, nombre que llevaba el cuartel que atacarían esa mañana del 26 de julio de 1953, para no dejar morir al Apóstol en el Año de su Centenario.

Fidel, en aras de cuidarlas, decide su permanencia en la granjita, en espera de los resultados del asalto, pero Yeyé y ella insisten, reclaman, exigen. Fidel sabe valorar sus argumentos, y les ordena acompañar al doctor Mario Muñoz Monroy, como enfermeras en la acción de apoyo a realizarse en el Hospital Civil Saturnino Lora, encabezada por el segundo jefe de aquella gesta, Abel Santamaría.

Allí curaron a heridos de ambos bandos, fueron testigos de horribles torturas y asesinatos a sangre fría de sus más queridos compañeros.

En las mazmorras del Moncada, la orgía de carniceros del régimen pretendió doblegarlas. Solo lograron que Yeyé y ella se hicieran más fuertes. Más patriotas. Más revolucionarias. Más invencibles. Más fidelistas.

Logró presentar ante el tribunal un documento en el cual se denunciaban los planes de la tiranía para asesinar a Fidel en la cárcel de Boniato, y así salvar la vida del Jefe, a quien todos protegían sin nadie haberlo ordenado.

Condenada a presidio, cumplió condena en la cárcel de mujeres de Guanajay, actual provincia de Artemisa. Al ser liberada el 20 de febrero de 1954, se entrega de lleno a continuar la lucha en el clandestinaje, junto a Yeyé. Ambas logran publicar y distribuir el manifiesto A Cuba que sufre, redactado por Fidel.

Más tarde, con el apoyo de Lidia Castro, se las ingenian para sacar del Presidio Modelo de la Isla de Pinos los fragmentos de hojas en los cuales Fidel reconstruía su alegato ante los jueces, conocido como La historia me absolverá. Cumpliendo órdenes de Fidel, también lo editan y distribuyen por todo el país.

El 15 de mayo de 1955, a bordo del ferry El Pinero, participa en la reunión presidida por Fidel a la salida de prisión, en la cual se acuerda denominar a su grupo Movimiento 26 de Julio, cuya Dirección Nacional integra desde su creación.

Viaja a México con recursos recaudados centavo a centavo para iniciar los preparativos de la futura expedición del yate Granma. En el puerto de Tuxpan, en la madrugada del 25 de noviembre de 1956, a pesar del mal tiempo, está Melba despidiendo a sus compañeros de lucha, tras acatar a regañadientes la orden de Fidel de permanecer en México y no subir a bordo.

Tras el desembarco, calificado por Che Guevara como naufragio, continúa cumpliendo importantes misiones en el exilio, hasta que al fin logra su anhelo de sumarse al Ejército Rebelde, en las filas del Tercer Frente Mario Muñoz, a las órdenes del comandante Juan Almeida Bosque, quien la pone al mando de actividades civiles, administrativas y jurídicas y le manifiesta su absoluta confianza con la frase: “Todo lo que decidas y hagas, está bien hecho”.

Tras el triunfo de enero de 1959, Melba cumple tarea tras tarea, sin descansar un instante. Los yanquis arrecian su bárbara agresión contra el hermano pueblo de Vietnam, entonces Melba funda y preside el Comité de Solidaridad con Vietnam del Sur, primero, luego con Vietnam, Cambodia y Laos.

Integra la presidencia del Consejo Mundial por la Paz, es secretaria general de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina, la Ospaaal.

Después es designada embajadora de Cuba en la República Socialista de Vietnam y en Kampuchea, más tarde dirige el Centro de Estudios sobre Asia y Oceanía.

Es elegida miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba –del cual es fundadora–, en el III Congreso, y diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular hasta su fallecimiento el domingo 9 de marzo de 2014, debido a complicaciones de la diabetes mellitus que padeció durante muchos años.

Condecorada en diversas oportunidades, ostentaba los títulos honoríficos de Heroína del Trabajo y Heroína de la República de Cuba.

Nacida el 28 de julio de 1921 en el poblado de Cruces, en la antigua provincia de Las Villas, Melba Hernández Rodríguez del Rey es de esas personas que se graban hondo en el recuerdo quienes tuvimos el privilegio de conocerla.

Prefiero recordarla durante las sesiones del II Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas, cuando en la Comisión Ideológica, en la cual ella participaba, declamé un poema que acababa de dedicarle.

No me dio tiempo a subir al escenario a entregárselo. Bajó aprisa, caminó hacia mí en aquella sala de la Escuela de Medicina donde sesionábamos. Me abrazó. Me dio un beso. Y me dijo: “¡Gracias, mi niño!”

Yo me limité a responderle, con la voz entrecortada: “¡Soy yo y todos nosotros los cubanos quienes tenemos que darte las gracias a ti, querida Melba…!”

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