Soldados de la frontera

Por teniente coronel (r) Pablo E. Valdés Pérez / 17-07-2014

A la memoria de Ramón López Peña, en el cincuenta aniversario de su asesinato el 19 de julio de 1964.

A todos los hombres que cuidan nuestras fronteras.

Transcurre 1964. Mayo es un mes lleno de tensiones. El 16, lanchas piratas atacan con cañones y ametralladoras al central azucarero Luis E. Carracero, en el puerto de Pilón. Como resultado, reciben heridas una mujer y una niña e incendian los depósitos del central; se pierden una cantidad considerable de sacos de azúcar.

Esto, unido al incremento de las violaciones del espacio aéreo por aviones espías y al despliegue de unidades navales norteamericanas cercanas al territorio nacional, provoca que el gobierno cubano decrete la movilización de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, como medida preventiva para enfrentar una posible agresión directa al país. También el personal yanqui de la base es puesto en alarma de combate.

A los miembros de las comisiones constructoras del Partido en las FAR nos distribuyen en diferentes unidades de Oriente. Fui designado a uno de los Destacamentos del Batallón Fronterizo.

Al llegar a la unidad, ya conocía por la prensa el valor y la integridad de los soldados; me preparo sicológicamente para morir con ellos, si era necesario.
Pero la imagen hecha sobre el desempeño de estos hombres fue débil en relación con la realidad allí vivida en el tiempo de la crisis.

Les inculcaron a los marines norteamericanos un odio visceral contra los cubanos. No había un minuto del día que no aprovecharan para tenernos en tensión. A cada rato se escuchaban acciones de combate del otro lado de la frontera. Cada vez que la posta nuestra informaba tales hechos, se daba la alarma de combate. Los que no cubríamos servicio en ese momento, corríamos a tomar posiciones.

Sus postas coincidían, frente a frente, con las nuestras; y ellos constantemente nos apuntaban con sus fusiles, proferían palabras ofensivas o mostraban los genitales. Los helicópteros y la aviación sobrevolaban nuestras posiciones.

En esta etapa, nos separaba de ellos una débil cerca de alambre. Las garitas, de ambos contrincantes, estaban situadas a unos 20 o 30 metros. Nuestros soldados, no solamente carecían de protección, sino que en la mayoría de las ocasiones hacían su guardia en la parte alta, lo que los convertía en fácil blanco de los disparos enemigos; si bien hasta ese momento no habían tirado a matar. La tensión acumulada era inmensa.

Al frente del personal estaba un sargento de apellido Zamora. Los jefes de pelotones eran nombrados por él entre los soldados que se distinguían. Mi llegada la vio como una ayuda inestimable. Juntos hicimos un recorrido por las postas, me dijo:

—No mires hacia ellos, hay que desconocerlos, hagan lo que hagan.

Bajo la mirada de sus lentes, fuimos recorriendo las tres posiciones que defendíamos en nuestro frente. Le pregunté:

—¿Sargento, qué armamento poseemos para la defensa?— me observó brevemente y respondió con resignación:

—Tenemos los fusiles, una ametralladora ligera, otra pesada y un lanza cohetes antitanque. Nuestra misión es avisar a tiempo a los superiores si traspasan la frontera y batirnos con lo que tenemos. Como verás, nuestra barraca y las posiciones que cubrimos están a unos metros de ellos, eso no da tiempo para mucho.

Pronto tuve la oportunidad de participar en una de esas “escaramuzas”, como los soldados, acostumbrados a la tensión, le decían. Sonó el teléfono de magneto; por la forma de llamar, sabían que pasaba algo. Efectivamente, nos avisaban de una ofensiva. El sargento mandó a cubrir posiciones y me dijo:

—¡Acompáñame! —lo seguí—. Fuimos hasta el punto de observación. Era una altura entre matorrales, desde donde se podía divisar la base. Tomé el binocular y miré la escena. Hacia nosotros venían, ya desplegados en orden precombativo, unidades blindadas, seguidas de transportadores. Se escuchaban voces de mando. Calculé un batallón de infantería motomecanizada y una compañía de tanques. A baja altura aparecieron los helicópteros, se escuchó una explosión que me hizo tirarme en el piso. Sentí la risa del sargento. Pensé que era una bomba. Realmente fue un avión a chorro que salió hacia nuestras posiciones y rompió la barrera del sonido sobre nosotros. Cuando estaban a unos 400 metros de la cerca bajaron los marines de los transportadores y se desplegaron en orden combativo, detrás de los tanques. Comenzaron a disparar con sus fusiles mientras avanzaban. Llegaron hasta la misma barrera perimetral. De tiempo en tiempo observaba al jefe del campamento para ver si ordenaba la retirada. No lo hizo y, por tanto, aguanté los impulsos de abandonar la avanzada. No podía volver a demostrar miedo. Era evidente que se ejercitaban para una operación “relámpago”. Después de aquello le sugerí al sargento utilizar parte del día de los hombres en excavar unas trincheras en la línea defensiva, ello permitiría, además, entretenerlos en algo. Me llevó a explorar el lugar, era un “diente de perro”. Solo con explosivos y equipos era posible abrir trincheras. No obstante, hizo gestiones para conseguir barretas, palas, picos y organizó la dura faena de hacer pozos de tiradores.

El resto de aquel día fue para preparar al pelotón que entraba de guardia a las 18:00 horas. Llegó la comida, traída en unos termos desde la unidad de aseguramiento.

El sargento aprovecha el vehículo para retirarse hacia Caimanera, poblado donde vivía, llevaba varios días sin visitar a su familia, yo lo estimulé a que fuera. Nos envolvió la noche. Un movimiento de cangrejos, perros jíbaros, gatos de montes y otros animales se empezó a escuchar por los alrededores. Según los soldados, hasta venado habían visto.

Decidí acompañar al jefe de pelotón en una de las rondas a las posiciones avanzadas. El trillo del camino estaba cubierto de cangrejos como una masa compacta. Se hacía difícil avanzar sin pisar algunos de aquellos invertebrados que amenazaban con sus tenazas, mientras veloces abrían paso. Ya próximo a la posta una voz pidió la contraseña. El jefe de pelotón dio la respuesta. Vi la silueta del soldado a través del resplandor de las luces de la base. Subí hasta su altura y divisé el panorama.

—¿Todo tranquilo? —le pregunté.

—Sí, todo en orden, por ahora.

Del otro lado de la cerca se acercaba un vehículo. Era la patrulla móvil yanqui.

De regreso al campamento, vi a los soldados reunidos alrededor de varias literas. Hacían cuentos, los menos leían algo. Un radio dejaba escuchar las notas de una canción romántica.

Las condiciones de vida no eran las adecuadas para hombres enfrentados a la muerte. Cerca de las diez y treinta de la noche decidí acostarme en la cama asignada, próxima a la del sargento, en ese momento vacía. Teníamos el “privilegio” de no tener otras camas arriba. Comencé a pensar en cómo buscar alguna recreación para aquellos jóvenes, la consideré imprescindible.

No me había dormido cuando se escuchó un grito y de un salto me incorporé. Alguien encendió la luz. Un soldado estaba de pie cerca de su cama, fusil en mano, con los ojos muy abiertos y una expresión perdida en el rostro. Amenazaba a un supuesto enemigo con batirlo si se acercaba.

Indeciso, miré al resto de los hombres, ellos me miraron también; me encaminé hacia él. El muchacho era objeto de una crisis nerviosa que le había hecho perder momentáneamente la razón. Era necesario desarmarlo porque podía empezar a disparar a sus propios compañeros. Todos me observaron avanzar. En eso uno de los que estaba más próximo le gritó:

—Dame acá eso, ¡co…! —y le quitó el fusil de las manos en una acción muy rápida.

Fue suficiente para que el soldado volviera en sí. Comenzó a llorar y se tiró en la cama.

Llegué hasta él, me senté a su lado y traté de hablarle, darle ánimo. El compañero que lo desarmó me dijo:

-Él padece de estos problemas, instructor, no es algo nuevo. Y todos aceptaron aquello como una señal de rutina. Me levanté sin lograr su atención y salí en busca de aire en las afueras del dormitorio.

El cielo estaba estrellado, sin luna. El centinela se me acercó.

—¿No tiene sueño? ¿Quiere comprobar cómo hacemos para que los yanquis gasten combustible? —no entendí de momento la pregunta. Sacó de su bolsillo una caja de fósforo y encendió la mecha de una botella con queroseno, en forma de “chismosa”. Su luz se extendió por el espacio e iluminó el área.

—Usted verá lo que pasará dentro de unos minutos —me dijo, seguro de sí. Al poco rato se escuchó el ruido de un helicóptero que volaba a baja altura. Era evidente que observaban nuestros movimientos, tanto de día como de noche.

En la mañana, después de dar la información política, preparada con la prensa del día anterior, me fui hasta la jefatura del batallón.

Le pedí al instructor del mismo, libros, juegos de mesa como ajedrez, damas, dominó y le describí la situación existente. Me dijo con mucha tranquilidad tratando de persuadirme:

—Los tenemos solicitados al Ejército, pienso que deben llegar pronto. Cuando haya te los envío. En cuanto a la tensión, ellos están habituados.

No me di por vencido. Recordé que unos días antes en la división 62, una delegación cultural del Ejército chino nos presentó una obra teatral llamada Arroz para el 8vo Ejército. Tomé un lápiz y empecé a memorizar la obra que había seguido con atención. Después escribí una versión “a lo cubano”. Comencé a buscar voluntarios para montarla. No faltaron manos. Uno de ellos fue Ramón López Peña, un soldado de aquel Destacamento; quien prestando servicio en una de aquellas posiciones, cayó abatido por un disparo asesino, meses después, el 19 de julio.

Comencé a preparar a nuestros improvisados artistas en las horas libres de la noche. Me auxilié de personajes que había visto en mi andar por las granjas y cooperativas durante las tareas en lo civil. Ellos tomaron aquello con un interés y entusiasmo enormes. Enseguida se divulgó la noticia: “El instructor montará una obra de teatro con nosotros”. Con sacos de yute abiertos, unas cajas de madera y yagua preparamos el escenario. Dentro de las matas, limpiamos un área e hicimos un parque con asientos de troncos de árboles y tablas. Apareció una extensión y un bombillo, llevamos hasta allá la corriente. Así, entre abrir los pozos de tiradores, los preparativos del parque, el escenario, los ensayos de la obra y la presentación que realizamos aquel sábado, los días de crisis fueron pasando para aquellos soldados. Incluso, reinó otro ambiente entre ellos. Se hablaba de la actuación de los “artistas” ya sea criticándolos o riéndose; pero el tema de la guerra, aunque latente y presente por la acción de los yanquis (que al detectar la luz encendida entre los árboles no paraban de “gastar combustible”), había pasado a un segundo plano. Ganamos la batalla de los nervios, como el país ganó la de los “pantalones”, así me dijo uno de ellos, refiriéndose a las declaraciones del Comandante en Jefe ante las posibles agresiones yanquis el primero de mayo.

Cuando me despedí de estos jóvenes, lo hice con emoción. Valoré su labor como nunca y ante mí crecieron para siempre.

La vida me hizo regresar a ese lugar meses después. Fue ante otra crisis: cuando se produce el asesinato de López Peña. Nos designaron, para reforzar la labor política como instructores del Batallón de Zapadores, a Armando Saucedo y a mí, así como a otros tres instructores de compañía. En conferencia de prensa, Fidel denunció los hechos. El gobierno decidió levantar otra cerca y minar el espacio entre ambas. Además, se harían casamatas para las postas cubanas y un sistema de recorrido por detrás de los árboles que no permitía la observación o el disparo directo de un yanqui. […] hoy que preservar la vida de nuestros soldados”, planteó Fidel. En ese momento pensé: “Si mi información sobre la situación de estos hombres y el peligro latente hubiera llegado a él, tal vez López Peña estuviera vivo”.

Hacer la cerca y minar el área constituyó una obra difícil. El batallón de ingeniería y el de zapadores, reforzados con equipos modernos de excavación, debieron realizar esta labor. Para lograrlo, había que moverse al descubierto, con los fotógrafos y fílmicos; exponiendo estos últimos también sus vidas, pues constantemente, los yanquis hacían disparos y amenazas. Solo la posibilidad de tomar fotos o películas para una posible denuncia ante los organismos internacionales, los calmaba un poco.

¡Gloria eterna a Ramón López Peña!

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