Las redes sociales: un arma no convencional

Por capitán de fragata Abelardo Jaime Jiménez / 25-04-2014

Entre las analogías que caracterizan los actuales conflictos que, patrocinados por el imperialismo transnacional y sustentados en métodos de Guerra No Convencional tienen lugar en disímiles latitudes del mundo, destaca por sobre todas el empleo de las redes sociales, tanto en la movilización como en la manipulación de la información asociada a ellos.

Su capacidad para ejercer influencia en la opinión pública mundial, movilizar el apoyo internacional, así como la posibilidad de diseminar rápida y globalmente información y mensajes, son cualidades sin las que no se concibe hoy este tipo de enfrentamiento.

No obstante, se insiste en magnificar la capacidad de convocatoria “instintiva” del conglomerado de nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones, incluidas las redes sociales, más allá de ideologías y programas políticos.

La realidad es que el movimiento de protestas sociales que desde finales del año 2010 sacude diversos países del mundo, en varios de los cuales ha sido manipulado y reorientado por las fuerzas de la derecha, es el resultado de la confluencia de condiciones objetivas y subjetivas acumuladas durante decenios en cada uno de esos escenarios, que no pueden crearse –de manera artificial y en breves plazos– desde un teléfono móvil o tras un inerte ordenador.

Más allá de fronteras nacionales.

Un elemento común en los escenarios de “protestas de calle”; evaluado a partir de la experiencia en el empleo de las redes sociales en las manifestaciones del pasado año en Brasil y movimientos análogos en Europa, Medio Oriente y EE.UU.; es precisamente que no todos los comentarios –tanto respaldando las protestas como incitándolas– se originan en el país objeto de las protestas.

En Brasil –junio de 2013–, la mitad de los comentarios cursados en los días de mayor auge de las protestas fueron enviados por usuarios fuera del país; de modo particular, desde lugares con el mismo huso horario de las ciudades donde se convocaban las protestas o desde sitios donde en esos momentos se originaban situaciones similares, como por ejemplo, Turquía.

Ello ratifica, además, que estos movimientos de desobediencia civil operan con un nivel de coordinación que rebasa las fronteras nacionales, tratando de dificultar así el control y la intercepción de los mensajes por parte de las autoridades locales.

Ya un estudio sobre el empleo de la red social Twitter durante la llamada Revolución verde,en Irán –entre junio y julio de 2009– había alertado que, de los diez mil usuarios de esa plataforma que enviaron algún mensaje durante las revueltas, solo cien estaban ubicados en la nación persa.

Otro elemento que tienen en cuenta los grupos opositores a la hora de organizar estos movimientos de protestas apoyados en el empleo de las redes sociales, es justamente cuáles de ellas son las de mayor notoriedad y empleo en cada país, e incluso, cuál sería la más conveniente en uno u otro momento, dentro de un mismo escenario.

Al respecto, un activista egipcio expresó: “Usamos Facebook para programar las protestas, Twitter para coordinar y YouTube para decirle al mundo”.

De este lado del mundo

Por ejemplo, en Venezuela, a partir del 12 de febrero —fecha de comienzo de las manifestaciones violentas contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro— se ha puesto de manifiesto una peculiar secuencia en el uso de las redes sociales, en función de divulgar las informaciones relacionadas con las protestas.

En tal sentido, la oposición ha utilizado inicialmente la aplicación Zello para “alertar” sobre la presencia de los efectivos de la Guardia Nacional en los puntos neurálgicos de las manifestaciones; con posterioridad han utilizado Twitter para coordinar las acciones; luego han empleado Facebook para publicar mapas, croquis o diagramas del lugar de las protestas, y finalmente Youtube, Dropbox y Ustream para divulgar las imágenes que más les convengan de las protestas. Si las imágenes no aparecen, no importa: las inventan y las diseminan.

No se trata, en modo alguno, de estigmatizar las redes sociales o asociarlas únicamente a la posibilidad de su empleo por el enemigo. Como ocurre en otros ámbitos de la lucha armada, y la historia de nuestro país es prolija en ejemplos, no hay mejor armamento para enfrentar al adversario que el arrebatado a ese propio adversario en el terreno.

Las redes sociales no tienen por qué ser la excepción. Convirtámonos en una suerte de “mambises del ciberespacio”. Esperemos, pues, la avalancha mediática del enemigo, agazapados con nuestra verdad en un recodo seguro del camino. Traigámoslo –en su tropel desenfrenado de mentiras– al terreno que escojamos para saltar sobre él, derribarlo de la cabalgadura, y propinarle un soberano “plan de machete” cibernético.

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