Así son los cubanos

Por Isaura Diez Millán / 25-01-2013

Sin sonrisa parece una persona muy seria, un erudito de esos, casi insoportable; pero cuando ríe su rostro se transforma, es como si lloviera sobre un terreno árido. Así va la risa borrando de su cara, lo que elimina el agua cuando avanza por los surcos secos. ¡Ojalá siempre lloviera sobre su rostro!

Fotógrafo de nacionalidad. Roberto Salas nació entre lo químicos de una instantánea a punto de revelar. De su padre, Osvaldo, le llegó la ascendencia artística y cubana. Estados Unidos le vio crecer, mas la Isla lo consolidó como profesional.

Su lente adolescente inmortalizó al Che envuelto en la humareda del tabaco, alocuciones de Fidel Castro al pueblo y otros momentos históricos de la naciente Revolución. A nuestros días arriba con múltiples premios y exhibiciones, experiencias fotográficas del conflicto bélico en Vietnam, además de muestras con estéticas novedosas. Sin embargo, inconforme de espíritu, mantiene una premisa: Su mejor foto la va a hacer mañana.

¿Cómo ocurre el primer acercamiento al proceso revolucionario cubano?

–Yo me envuelvo en los problemas de la política cubana, en primerísimo lugar, porque mis padres son cubanos; aunque vivíamos en Nueva York. En 1955 el viejo trabajaba para varias revistas y otras publicaciones de América Latina y Cuba.

“Él recibe una solicitud de reportaje para la revista Bohemia sobre un grupo político opuesto a Fulgencio Batista. Ellos visitarían la ciudad. El escrito y las fotos debían desmentir los rumores acerca de si estaban escondidos, desaparecidos, o de que habían desistido de las ideas revolucionarias.

“El grupo apareció en el estudio de mi familia. Al frente de aquella delegación venía Fidel Castro. Yo tendría unos catorce años. Me preocupo por buscar el café, los bocaditos… Ellos se pusieron de acuerdo con mi padre para las fotografías.

“Por novedad me enrolo en aquella historia de conspiraciones, armas escondidas, marcha hacia México para después navegar a Cuba, guerrillas en las montañas.

“Fidel recogía fondos en Nueva York para la lucha. Nosotros comenzamos a ayudarlos. El grupo nos pide retratar las maniobras que el Movimiento 26 de Julio realizaría allí. Como todo aquello era gratis, me vinculo más a estas tareas, porque el viejo hacía encargos para mantener la economía familiar.

“Por eso, en 1957, hago la imagen de la estatua de la libertad y la bandera del movimiento. Esa es la fotografía más importante sobre el proceso revolucionario cubano tomada fuera de la Isla. También fotografío actos, mítines de protesta efectuados delante de los consulados, entre otras actividades.

“Claro, yo quiero venir para Cuba, tengo todos los contactos para hacerlo. Cuento con diecisiete años. Planteo irme sin el conocimiento de mi padre, pero me lo niegan debido a mi corta edad. Por tal motivo, me sorprende el triunfo de la Revolución en Nueva York”.

Usted llega el 2 de enero de ese año a la Isla…

–Vengo con un grupo de gente y armas. Trato de sacar algunas instantáneas en medio de alegría, confusión, entusiasmo. Voy para el Palacio Presidencial porque andaba con Manuel Urrutia, designado presidente provisional.

“Si algo lamento en mi vida es haberme quedado allí y no ir en busca de Fidel. Otro fotógrafo más profesional, quien también llegó con nosotros, Burt Gilnn de la agencia Magnun, decidió avanzar hasta Santa Clara y, por supuesto, tiró muchísimas fotos del recorrido hasta La Habana.

“Cuando me encontré por fin con el Comandante, él me encuesta sobre el viejo y sugiere traerlo. Me pregunta si me iba a quedar con ellos, yo le dije que sí. De esa forma, empecé a tirar imágenes para los periódicos.

“Regreso a Estados Unidos como corresponsal de Revolución y participo en la fundación de la oficina corresponsal de Prensa Latina. Posteriormente, acompaño a Fidel por esa nación, luego a Canadá, Argentina, Brasil, entre otros.

“Después del sesenta no pude ir más a mi país natal hasta el ochenta y pico. Allí me abren un expediente del FBI, a partir de 1959, por mi vinculación con el gobierno cubano. Por suerte, logré salir de allá con la ayuda de los revolucionarios y llegué a Cuba”.

Coméntenos sobre su labor durante el apogeo del periodismo gráfico de la década del sesenta y la oportunidad de estar junto a los principales líderes del país.

–Todos los fotógrafos trabajábamos en periódicos y revistas. Ni Liborio Noval, Raúl Corrales, Alberto Korda y los otros, teníamos conciencia de que grabábamos historia. Ninguno del grupo era profesional de prensa. Introdujimos dentro del trabajo del diario las cámaras de pequeño formato: 35 mm. Esas no se utilizaban, antes empleaban cámaras grandes y flash. Empezamos a realizar fotorreportajes temáticos. Iniciamos dentro de la prensa un estilo fresco, sin antecedentes en los rotativos cubanos, ni en América Latina.

“Nadie se propuso esa idea. Coincide con la intención de los periódicos de querer ilustrar mucho los cambios. Una serie de elementos confabularon a favor del protagonismo de la imagen por varias razones: existía alto grado de analfabetismo, permanecían en blanco páginas dedicadas a la publicidad de compañías que abandonaron la Patria.

“Nosotros no teníamos conciencia sobre la función política de nuestra labor. Cada uno hacía fotos a su manera, sin influencia del otro. Eran, por supuesto, tiempos donde todos los días había algo 'fotografiable', propio del momento histórico, de la efervescencia y los cambios revolucionarios.

“Creo que el viejo, Korda, Corrales, Liborio y yo teníamos más inclinación a la fotografía artística. Quizás por eso estas fotos trascienden la época, porque el punto de vista supera la imagen documental.

“En ese tiempo yo hice trabajos sobre las Fuerzas Armadas Revolucionarias para la revista Cuba. Esta era una publicación internacional, consignada a embajadas, para el exterior... Se determinó realizar un trabajo completo con el fin de mostrar lo que teníamos y podíamos hacer en cada especialidad. Hablamos de los años entre el sesenta y setenta.

“Antes de la invasión a Playa Girón, Carlos Franklin, director de Revolución nos despliega por toda la Isla, porque no sabíamos el lugar de ataque. Yo estaba en Granma con el viejo, Liborio en la base de Guantánamo, Korda en la costa norte de Oriente, Corrales estaba en La Habana… Ya habían pasado los bombardeos a los aeropuertos. Mi padre se queda en Santiago de Cuba y por eso puede hacer la fotografía del bombardeo. Nosotros estábamos desesperados porque ya sabíamos de la invasión, pero no nos dejaban ir hasta el día 19. Esas son las razones por las que no estábamos allí”.

Cuando habla, sus ojos se tornan claros y adquieren matices de oscuridad porque sobre ellos incide la proyección de los objetos en derredor. Nos encontramos en un local cerrado, pero resulta fácil advertir cómo avanza la noche tras las paredes. Las sombras se saturan, pesan más dentro del lugar…

¿Qué representó la experiencia en Vietnam para Salas fotógrafo?

–Me maduró profesionalmente. Tenía veinticinco años cuando fui en 1966. Debía hacer trabajos atemporales: cuando las imágenes llegaban a Cuba ya habían pasado dos semanas de los acontecimientos. Periódicos de esa nación también publicaron mis instantáneas.

“En el setenta y dos volví a trabajar para los vietnamitas, pues les satisfizo mi obra. Sucede que mi concepto de la imagen de la guerra no consiste en retratar cadáveres. Ellos no querían lástima de nadie. Les interesaba representar en primer plano el crimen, la injusticia y la obligación de tomar medidas para terminarlo. Me di a la tarea de mostrar el terrorismo del conflicto a través de las expresiones de los ciudadanos o las situaciones vividas.

“El gobierno vietnamita me otorgó la medalla de la amistad por mi labor. Mi trabajo en ese país es el más completo y fuerte, el que más me ha gustado, lo mejor logrado.

“Al cabo del tiempo he pensado que no valoré correctamente todas mis posibilidades profesionales en ese momento. Lo comprendo gracias a las canas, cuando uno es joven no le da mucha importancia a lo cotidiano”.

En esa época usted trabajó también como fotógrafo en Minas de Matahambre, Pinar del Río…

–No solo como fotógrafo, porque para ganarme la confianza de los mineros tuve que lidiar con su faena diaria. Me pareció muy interesante, yo sabía lo que quería alcanzar. Cuando uno va a ser una fotografía debe tener la idea del objetivo final, visualizarlo. Luego formar en su mente una estructura: me hace falta tal detalle o tal plano…

En una entrevista usted afirmó que existían dos tipos de fotos: la buena y la mala, ¿qué debe tener una instantánea para ser buena?

– Una imagen para ser buena debe transmitir un mensaje explícito o subliminar, ya sea por el propio contenido, intención o composición. Resulta necesario provocar en el espectador un pensamiento positivo, negativo, de rechazo, admiración… Para mí esto constituye un principio de la fotografía artística, documental, conceptual…”.

Bajo la meta de tener siempre algo nuevo, llega a la década del noventa con los desnudos. Ceiba y Yagruma fue la primera serie. El autor ahonda en el cuerpo humano negro y las raíces afrocubanas, introduce sutilmente el tema religioso. Todo como expresión de cubanía, idea afianzada más tarde en la serie Tabaco.

Su necesidad de redescubrir lo nacional con cada imagen se evidencia en Así son los cubanos y Nostalgias, muestras más contemporáneas donde Salas experimenta la manipulación del color
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Un profesional que ha trabajado mayormente con el blanco y negro, ahora experimenta la manipulación del color como lo hace en la serie Nostalgia ¿Por qué?

–Nostalgia no se refiere a una situación psicológica, sino a una técnica que yo utilizo. Vamos a llamarle licencia artística. Combinar partes de color con blanco y negro, me permite ofrecer énfasis en partes de la imagen.

“Últimamente he experimentado con desnudos y flores. Altero los colores de las flores, no son los naturales, y entonces los cuerpos los dejo en blanco y negro o viceversa. La verdad… yo siempre tengo necesidad de producir algo”.

Conocemos de su amistad con Liborio Noval, ¿podría referirnos algunas de las características de ese gran fotógrafo cubano?

–Él era el hermano que no tenía, más de 50 años de conocernos. Desde el punto de vista profesional, Liborio llegó a la fotografía por casualidad.

“El gallego aprendió mucho junto al viejo. Trabajó más tiempo en el periódico, quizás eso no lo llevó a aprovechar todas las oportunidades a su alcance porque se acostumbró a la impronta del diario.

“En cierta ocasión el diario lo manda a un trabajo voluntario donde estaba el Che. Llega de cuello y corbata y el guerrillero le pregunta si no iba a trabajar, ¡a trabajar de verdad! Liborio se da cuenta y le dice, bueno, ¿qué tengo que hacer? Se quitó el saco y agarró una carretilla para trabajar con él.

“Después de un rato el Che le dijo, y ahora puedes tirar una foto si quieres… Al otro domingo lo mandó a buscar. Liborio iba con la cámara dentro de la mochila y un overol.

“Hasta el último momento se mantuvo trabajando. Era incansable, muy detallista en su composición. No quisiera que resuman su obra a la fotografía épica, porque esta es mucho más amplia.

“En sus momentos de ocio también le gustaba fotografiar. Hay trabajos realizados por él que ni yo mismo sabía, pues a todas las peticiones él respondía muy dispuesto.

“No quisiera que se olvidaran de Liborio como lo hicieron con otros. Ojalá sus obras perduraran en libros, publicaciones, videos…

Criterios sobre la fotografía cubana actual…

–Debo dar las gracias al desarrollo cultural de las artes plásticas. Es increíble la cantidad de personas que pasan por las escuelas de arte. Las técnicas modernas y la información ayudan a crear más conciencia sobre las últimas tendencias en el mundo sobre el tema.

“Sin embargo, en la actualidad existe poca utilización de la fotografía en los periódicos, además de una carencia de la imagen documental. Son mayores los profesionales que prefieren la fotografía conceptual, representativa del desarrollo intelectual. Existe un enorme deseo de producir obras en este sentido, de construir la imagen.

“En mi opinión la fotografía siempre resulta manipulable. Ello se evidencia cuando levantamos la cámara y escogemos un fragmento de la realidad, incluso al elegir el diafragma… El concepto de la objetividad a través de la imagen no existe.

“A ello sumemos que todos pueden tirar una fotografía. Los eventos más importantes se han registrado con camaritas personales. En las redes sociales hay tanta sobreabundancia de imágenes, a través de los celulares y otras tecnologías de comunicación, que cualquiera hace foto documental. Por tanto, la exclusividad del fotógrafo profesional se ha reducido enormemente.

“Además, el fenómeno comercial arrastra a la mayoría de los jóvenes hacia el consumismo. Lo esencial es dominar la máquina y no al revés. De tal forma se mantiene el status del creador. La originalidad radica en el mensaje, no en la tecnología empleada”.

¿Tiene alguna anécdota que desee compartir con el fotógrafo que se inicia en el mundo de la imagen fija?

Una vez, cuando tenía quince años y trabajaba para El Imparcial, en Nueva York, me publicaron una foto en primera plana. Estaba muy orgulloso, pensé que había llegado a la meca. El director del periódico me pasaba por el lado y no me decía nada, se limitaba a saludarme: ¿qué Robertico, cómo estás? Solo eso.

“Minutos después me llama a su oficina: Oye, ven acá, parece que tú querías que te felicitara por el trabajo… No recuerdo mi respuesta. Me explicó: Fíjate, te voy a decir algo y acuérdate siempre. Hoy, tú podrás haber hecho lo que hiciste, pero mañana van a estar envolviendo pescado con esa hoja. ¿Tú sabes lo que te quiero decir? Este es un trabajo de todos los días. Eso es ley, y todavía lo recuerdo.

Si tenemos en cuenta que su obra siempre ha estado vinculada al proceso revolucionario, a Cuba, sus raíces; para usted, ¿qué es ser cubano?

–Una actitud. Por sangre tengo la cubanía, mas no por certificado de nacimiento. Yo soy yo. Creo que a las personas se analizan como son en realidad. La tierra de origen está lejos de sentar unos parámetros determinados. La cubanía no pertenece solo a los nacidos en la Isla, mira el ejemplo del Che. La actitud ante la vida define sobre todo. Con Cuba existe afiliación, interés, curiosidad, las cuales me llegan a lo mejor, producto de no haber nacido en este país. Pero tengo setenta y dos años y estoy aquí desde los dieciocho, ¡¡algo se me debe haber pegado!!

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