La tumba más gloriosa

/ 13-07-2012

Era 30 de junio de 1951. A las diez de la mañana ondeó la bandera cubana y sonaron las notas del himno nacional. Luego de veintiún cañonazos, el toque de despedida del corneta emula con el dolor del vacío y unas palabras finales dan por inaugurado el mausoleo donde reposan los restos del Apóstol José Martí.
Los esfuerzos para hacer posible este día no fueron pocos. Un largo trayecto, por la avenida del tiempo, recorrieron amigos y seguidores martianos, quienes desafiaron constantes negativas con perseverantes voluntades. Con el sudor del sacrificio erigieron un monumento lleno de simbolismo.
Aquí, en la ciudad de Santiago de Cuba, al oriente del país, la concentración de edades se aprecia en cualquier estación del año, ya sea por graduaciones, actos políticos y culturales, círculos de interés, por la curiosidad de conocer sobre el nicho o de ver al Maestro inmortalizado en el mármol blanco de su estatua.


El mármol gris de la Senda de Honor y parte del sepulcro se trajo de la finca El Abra –actual municipio especial de la Isla de la Juventud– por lo significativo que fue este sitio para Martí. Allí sanaron sus heridas del presidio político, sufrido en plena juventud. Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes
Las caras del volumen principal poseen seis cruces latinas unidas por sus brazos más cortos, e igual cantidad de figuras escultóricas monumentales de seis metros de altura que, a modo de cariátides en posición hierática y con fisionomía de porte clásico, portan atributos típicos de las otroras provincias del país.
Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes

En el deambulatorio puede establecerse una estrecha relación con la escultura de Martí sedente, lápiz y papel en mano, en actitud meditativa. Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes
Recogen las gruesas columnas en su interior los escudos de las otroras provincias.
Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes

La pared curva de la cripta contiene los escudos de las veinte repúblicas americanas, realizados en bronce al relieve y colocados en orden alfabético. En el centro, el Escudo Nacional. Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes
Gracias al lucernario existente en la cúspide se observa un rejuego de luces dentro del monumento.
Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes

Algunos, deseosos de presenciar la belleza del sitio en su totalidad, esperan al mediodía para ver incidir los rayos del sol sobre el túmulo. Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes
Una Guardia de Honor permanente, vela por los restos del héroe. Foto: Boris F. Atiénzar Viamontes
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