Huellas martianas

Por Analía Ferreira / 18-05-2012

La pasión por José Martí la descubrí justo el día que cumplía ocho años. A hurtadillas, como Nené Traviesa, entra mamá al cuarto a darme las felicitaciones y pone entre mis brazos el primer libro de mi insipiente existencia: La Edad de Oro.

Por semanas marché a la par de Meñique en sus andanzas y me enamoré de la bondad de Bebé. ¡Siempre, al ver una mariposa, la perseguía desenfrenadamente, con la esperanza de encontrar los zapaticos de Pilar!

A través de la pluma martiana conocí a tres héroes: José San Martín, Simón Bolívar y Miguel Hidalgo. Con Leonor comprendí que la belleza del hombre está en su interior y no en el color de la piel ¿Cuántas veces le pedí al camarón encantado hacer aparecer, con su magia, la perla de la mora?

En fin, descifré un mundo de ensueños y mensajes benévolos. La Edad de Oro fue escrita con la meta de enseñar valores morales a los niños de América, porque para Martí, ellos eran la esperanza del mundo.

Disfruté la adolescencia mediante los Versos Sencillos del Apóstol y la lectura de Abdala, obra teatral cargada de un profundo amor a la Patria. Y como si fuera María Mantilla, guardaba sus consejos cual tesoros invaluables: “Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas”. “No tengas nunca miedo a sufrir. Sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura”.

Los meses de sufrimiento y resistencia ante la crueldad humana de la colonia española, vividos durante su estancia en el presidio político, acrecentaba la devoción hacia aquel adolescente de dieciséis primaveras. Padecí su dolor, con mis lágrimas limpié las heridas corroídas por los grilletes, y junto a él, experimenté la impotencia de no poder ayudar a personas como Lino Figueredo, niño de doce años condenado a cumplir diez de presidio.

Un 27 de noviembre, frente al monumento de los ocho estudiantes de Medicina, asesinados en 1871, alcé la frente, enjugué el llanto y y con orgullo hice mía las palabras del Apóstol pronunciadas a los pinos nuevos: “¡Cesen ya, puesto que por ellos es la patria más pura y digna, las lamentaciones que sólo han de acompañar a los muertos inútiles! …cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida”.

Cuando por vez primera leí y analicé el ensayo Nuestra América, el discurso Con todos y para el bien de todos, así como la legendaria carta a Manuel Mercado, entendí definitivamente el significado de palabras miles de veces mencionadas en las lecciones de Historia: independentismo, latinoamericanismo, antianexionismo y antimperialismo.

Mediante artículos, ensayos y discursos, Martí proclamaba el peligro del continente americano ante el afán de poder desarrollado por los Estados Unidos. Crear el Partido Revolucionario Cubano representó la culminación de la ideología revolucionaria, al concretar, en las bases de la naciente organización, la meta martiana de libertar a Cuba.

No me considero en lo absoluto una especialista en el conocimiento de la vida y obra de nuestro Héroe Nacional, pero sí una ferviente admiradora de su pensamiento previsor, del Martí hijo, hermano, esposo, padre… hombre de carne y hueso.

La vida me cambió desde aquel regalo de cumpleaños, y trato de aplicar, en cada momento, las enseñanzas del Maestro aprehendidas en dos décadas.

Por ello, tras 117 años de su caída en combate y ante la pregunta: ¿Cuándo y dónde murió José Martí?, continuaré ofreciendo la misma contestación concedida a la maestra de sexto grado. Una respuesta cargada de frescura e ingenuidad, pero salida de lo más hondo del corazón:

“Cayó el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos; mas ese día, no murió. Lo sigo viendo en la alegría de mis compañeros, en esta Cuba libre con la cual él tanto soñó, en los hombres y mujeres defensores, a capa y espada, de las conquistas de la Revolución… Sus ideales persisten en cada cubano como un dibujo que embellece y distingue la piel, y cuyas huellas, mientras más se quieran borrar, más brillan”.

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