A Cienfuegos contra viento y mareo

Por teniente Sonia Regla Pérez Sosa / 30-03-2012

A pesar de la cercanía descrita en las cartas de navegación, el trayecto hasta Cienfuegos les pareció muy lejano a los guardiamarinas de la Academia Naval Granma que realizan el bojeo a Cuba como parte de sus prácticas de mando.

No fue cuestión de ir por el camino más largo, sino por uno difícil y mojado, sin poderlo cambiar. Al sur de Carapachibey, el mar comenzó a encresparse y lo que en la noche eran solo sacudidas, la madrugada y la mañana las convirtió en fuertes bandazos para los buques de instrucción Carlos Manuel de Céspedes, Tuxco y XIV Festival.

Como animales heridos, las naves arremetieron contra las olas, buscando el mejor lugar por donde enfrentárseles. Unas veces la proa y otras las bandas, aguantaron el empuje bravo de las aguas. Los barcos cabecearon, se balancearon, y el horizonte perdió su valor como punto medio y lo ganó como un punto fijo contra el vértigo.

En el puente, la guardiamarina Milibey Tudela Osorio cumplía su servicio de guardia como radarista.

Sentir el azote de los vientos, la lluvia matutina y la entrega y resistencia del buque escuela al movimiento de las olas, la hizo acomodarse y buscar a su alrededor una frase de apoyo.

Conocía que a partir de ese momento, su puesto de combate ganaría mayor significación. A medida que se deterioraban las condiciones del tiempo, el radar que manipulaba se ratificaría como “los ojos de la embarcación”.

La atención estaba bien justificada. Navegar por la costa sur cubana impone reconocer que el límite de esta área sumergida está bordeado de arrecifes coralinos.

Además, cruzábamos el acantilado archipiélago de los Canarreos. El cual, según el Derrotero de las costas de Cuba “presenta un mar somero que no permite la navegación de buques con calado superior a dos metros, fuera de los canales señalizados”.

Mas, de poco le valdría al mar alcanzar fuerza cuatro y armar grandes crestas saltarinas que trataran de engañar a Milibey y a sus compañeros de ingeniería. Ellos fueron más hábiles y lograron descartarlas, “solo hizo falta esperar las tres vueltas de antena para detectar los verdaderos objetivos”, especificó el teniente de corbeta guardiamarina Antonio Díaz Sosa.

En estos marinos y sus equipos se confiaba. Su capacidad de respuesta inmediata, tanto para descifrar los “blancos” aparecidos en la pantalla como para avisarlos al resto de la tripulación, estaba siendo probada.

“Aunque en la Academia controlamos el tráfico marítimo, mediante un sistema fijo, en el cual debemos simular objetivos con marcas y plotearlos, esto nos preparó para realizar el seguimiento en este viaje a medios en movimiento como los lambdas”, especificó la guardiamarina Yamilín Peña Almirall.

La vigilancia estaba en sus ojos y sus manos. Para el teniente de fragata Yordan Alba González, “el mal tiempo constituyó una prueba certera para los subordinados y permitió que pudieran practicar las habilidades y conocimientos teóricos adquiridos en las clases. Al mismo tiempo, son valorados como marinos en todos los sentidos”.

Entender el mareo individual y colectivo fue parte también del entrenamiento. “Sin embargo, nos mantuvimos frente a la pantalla o el radio”, afirma Díaz Sosa.

Atender la técnica, tenía también la significación de avizorar las costas cercanas, pues “nunca habíamos visto cómo se apreciaban en el radar, no sabíamos la forma en que se representaban y observamos que lo único que faltan son las casas, pues desde el agua lo vemos todo”, confiesa Milibey.

A medida que el día avanza la guardiamarina guarda un deseo secreto: encontrar las riberas del puerto de Cienfuegos lo más rápido posible. La añoranza de unas aguas quietas constituye su principal motivo.

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